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martes, 29 de octubre de 2013

Periodista AAA


Conocí a Luis Hernández Serrano hace muy poco, allá en Cienfuegos. Como los salmones con sus huevos, los cronistas cubanos remontan cada año los caminos sin ríos de la Isla para depositar en Cienfuegos sueños que un día eclosionan en nuevas estampas.

Los cronistas debían mudarse definitivamente a Cienfuegos; debían cargar sus anotaciones de nervio y acuartelarse en esa ciudad, en franco amotinamiento contra la abulia y la grosería que tanto entretienen a tantos en estos tiempos de cóleras. Luis pudiera ser allí nuestro vigía, un Rodrigo de Triana, porque nadie toparía primero con los hechos.

Luis es el periodista más pequeño de Cuba. Pocas veces he visto a alguien proclamar con tal vehemencia su estatura. “Tengo apenas cinco pies”, aclara el colega sugiriendo altitudes y uno, que le ha leído unas cuantas revelaciones, entiende claramente: solo cuatro pies de avance y uno de repuesto pueden explicar la velocidad de búsqueda, hallazgo y presentación que este reportero tiene para las historias novedosas.

Frente al vasto museo de la noticia, pocos como él pueden decir que han visto y cazado ejemplares vivos. Luis lo consigue, en efecto, porque tiene cinco pies mientras el resto de sus colegas no tenemos más que dos.

En Cienfuegos, les decía, se hizo pasar por menudo, pero llevó sus libros, cantó y contó, nos dejó enterarnos de sucesos de asombro, regaló décimas, mostró (en una época de ocultamientos que sugieren filmes de espionaje) parte de las claves de su éxito como detective de esencias y entonces muchos, que para colmo le conocíamos la firma, dudamos de su pretendido pulgarcismo.

Yo tengo que agradecerle más. Que pasados sus 70 aquel maestro de la información en Cuba soltara su maleta y me saludara con mi nombre (¿de dónde lo sacaría?), que me obsequiara uno de los cinco libros que llevó y hasta me revelara en primicia fraterna el notición de interés mundial que va a publicar solo en unos días, al final de la primera semana de noviembre, es mucho para quien solo viajó a reencontrar amigos.

Yo tengo que agradecerle que de los bolsillos minúsculos de su clara guayabera brotara tanto afecto gratuito y que se detuviera a conversar con el invitado presuntamente mudo del encuentro. Hablamos de periodismo, de Cuba, de su paso por mi tierra y de mi hijo, de modo que mi interés estaba garantizado.

No sé por qué, en algún momento el maestro insistió en regalarme dos pilas para mi grabadora. En principio le dije que no, pero él (recuerden que tiene cinco pies) impuso su fuerza de titán. Y volví a mi Camagüey con pilas que semejan fotos suyas, pilas que son el símbolo de quien me las obsequió: un periodista lapicero, un colega triple A, un vulvo que en poco espacio carga la poderosa energía que solo lleva el amigo que se encuentra en el camino. Un grande, he de decirlo, aunque a Luis esa palabra no le sea familiar.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Memorias

Muchos mares después, en el norte de África, cuando sentados alrededor del héroe reconvertido al Islam sus admiradores le preguntaron qué fortuna había hecho en el muy promisorio Nuevo Mundo, Rodrigo de Triana dio una respuesta desconcertante.
 
—¡Tierra!