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lunes, 21 de mayo de 2012
Alivio
Cuando Van Gogh perdió una oreja se dio cuenta, de repente, que media humanidad ya no hablaba mal de él.
miércoles, 18 de abril de 2012
Comando operativo
Mis héroes no son tipos muy afortunados que digamos. No son de la clase del chico que al final termina besando a la chica más jugosa. Los músculos no les van y sus destrezas son más cerebrales que físicas.
Mas no los cambio: me quedo con el Martí angustiado que en su lección más alta dijo un día: “Sé desaparecer”… y desaparecido sigue apareciendo. Me quedo con El Quijote, hidalgo cascarrabias tan repetido ahora por los mismos molinos que enfrentara.
Quiero conmigo a Rulfo, fatal farandulero, un escritor amargo, sin “onda”, sin poses, sin camas múltiples y casi hasta sin libros. Me llevo en mis afectos al Ghandi que me lleva, ni una piedra en su mano, ni llena la barriga ni el corazón contento.
Admiro sin cesares a Van Gogh, el gran cuerdo holandés que aseguró que en este ingrato mundo nunca nos falten girasoles. Me quedo con Mandela, tan negro en un país que pretendió blanquearlo en negra celda.
Otros héroes mayúsculos son para mí el hombre que murió no se sabe cómo y está enterrado nadie sabe dónde, sin más flor que una gota emigrada de una nube; el padre anónimo que sabe besar a su hijo macho y camino a sus canas no olvida la receta de cómo se cocina lágrima en cazuela, y el maestro que solo aspira a ser una letra pequeña en el abecedario loco de cualquier muchachada.
Esos son algunos; hay más. Mis héroes se conocen entre sí y a menudo se sientan a una mesa a decidir calladamente cómo seguir salvando el mundo, aunque muy pocos lo agradezcan.
Mas no los cambio: me quedo con el Martí angustiado que en su lección más alta dijo un día: “Sé desaparecer”… y desaparecido sigue apareciendo. Me quedo con El Quijote, hidalgo cascarrabias tan repetido ahora por los mismos molinos que enfrentara.
Quiero conmigo a Rulfo, fatal farandulero, un escritor amargo, sin “onda”, sin poses, sin camas múltiples y casi hasta sin libros. Me llevo en mis afectos al Ghandi que me lleva, ni una piedra en su mano, ni llena la barriga ni el corazón contento.
Admiro sin cesares a Van Gogh, el gran cuerdo holandés que aseguró que en este ingrato mundo nunca nos falten girasoles. Me quedo con Mandela, tan negro en un país que pretendió blanquearlo en negra celda.
Otros héroes mayúsculos son para mí el hombre que murió no se sabe cómo y está enterrado nadie sabe dónde, sin más flor que una gota emigrada de una nube; el padre anónimo que sabe besar a su hijo macho y camino a sus canas no olvida la receta de cómo se cocina lágrima en cazuela, y el maestro que solo aspira a ser una letra pequeña en el abecedario loco de cualquier muchachada.
Esos son algunos; hay más. Mis héroes se conocen entre sí y a menudo se sientan a una mesa a decidir calladamente cómo seguir salvando el mundo, aunque muy pocos lo agradezcan.
martes, 9 de noviembre de 2010
Van Gogh
Esta mañana, en mi áspero tránsito al trabajo, se despertó con mis huesos un deseo: quisiera tener la locura brillante de Van Gogh para pintar a algunas mujeres de estos días.
Cosecharía girasoles de sus cabellos y sembraría en ellos —para aprovechar esa fertilidad que el Cielo les manda por decreto— el trigo que da mi estricto pan o la vid roja (¿acaso podré venderla antes de irme al campo con un revólver en la mano de crear?) que suda el vino que nunca llega a mi mesa.
Le cambiaría el nombre a uno de mis hermanos (Iván, “terrible” cubano, con piel y pelo y risas que nada saben de Rusia) y en adelante le llamaría Theo, para encargarle la promoción de mis cuadros y conseguir que en el siempre caótico mercado del arte nadie los compre hasta tiempo después de mis cenizas.
Quisiera hallar a una Clasina María cualquiera y alojarla conmigo; no importaría su pasado de prostituta ni su embarazoso embarazo, épico poema de versos crecientes y autor anónimo. Aunque su vida haya sido tristemente suya, alegremente de otros, nulamente mía, al menos frente a mi lienzo podría hacer de modelo.
Quisiera invitar a esta casa lejos de Arles, que ni en verano se tiñe de amarillo, a un amigo difícil como Gauguin, que retara mi alma y mis pinceles y de vez en cuando cortara con su daga un pedazo a mi oreja para librarme de escuchar esos pingudos cojones que con la mayor naturalidad del mundo dicen constantemente las hermosas mujeres que yo pinto.
Cosecharía girasoles de sus cabellos y sembraría en ellos —para aprovechar esa fertilidad que el Cielo les manda por decreto— el trigo que da mi estricto pan o la vid roja (¿acaso podré venderla antes de irme al campo con un revólver en la mano de crear?) que suda el vino que nunca llega a mi mesa.
Le cambiaría el nombre a uno de mis hermanos (Iván, “terrible” cubano, con piel y pelo y risas que nada saben de Rusia) y en adelante le llamaría Theo, para encargarle la promoción de mis cuadros y conseguir que en el siempre caótico mercado del arte nadie los compre hasta tiempo después de mis cenizas.
Quisiera hallar a una Clasina María cualquiera y alojarla conmigo; no importaría su pasado de prostituta ni su embarazoso embarazo, épico poema de versos crecientes y autor anónimo. Aunque su vida haya sido tristemente suya, alegremente de otros, nulamente mía, al menos frente a mi lienzo podría hacer de modelo.
Quisiera invitar a esta casa lejos de Arles, que ni en verano se tiñe de amarillo, a un amigo difícil como Gauguin, que retara mi alma y mis pinceles y de vez en cuando cortara con su daga un pedazo a mi oreja para librarme de escuchar esos pingudos cojones que con la mayor naturalidad del mundo dicen constantemente las hermosas mujeres que yo pinto.
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