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martes, 28 de octubre de 2014

Selección natural



Charles Darwin no hubiera podido aplicarlo tan eficazmente. Desde su puesto supremo en la cadena alimenticia, el sabio de ahora observa el panorama de todas las especies, ve aquellas infelices, de pobre adaptación —que trastabillan en la jungla de estos días y fallarán, sin dudas fallarán— y sigue de largo, parando su estampida más allá de la marca.

La parte de la muestra con características mejor adaptadas correrá por su vida. Llegarán velozmente y, en férrea competencia, harán valer su condición de machos dominantes: individuos alfa llamados a perpetuar sus rasgos mejorados, por los siglos de los siglos. El chillido tambórico será parte importante de la prueba.

Son esos, los seres vigorosos, los que pueden soñar con fértil descendencia. Su dominio les permite total acercamiento, consentido o no, a las hembras presentes en el reino del sabio. Ellas, a su vez, habrán lidiado con múltiples congéneres para demostrar en combate la mejor condición. Y juntos, darán esos hijos fuertes que desde edad temprana consiguen cazar a la vera del sabio mientras los críos débiles de parejas infautas estarán obligados a andar lejos de la manada.

¡Oh, misterios de la gloria! ¡Oh, injusticia en los libros! ¡Oh, la maledicencia! ¡Oh, los pies en las nubes! Todos hablan de Darwin, pero nadie repara en el ser que a diario nos da mil clases prácticas de la aguda teoría del inglés. ¿Dónde están los científicos que no han visto los valiosos aportes del guagüero?      

miércoles, 13 de marzo de 2013

La evolución y la obra


No hay en Cuba crítico más mordaz que el ingenio popular, ese vigilante anónimo, fuenteovejunesco pleno, que defiende la justeza de la obra incluso desde la burla rotunda de sus errores.

Los cubanos lo sabemos: aquí y allá, las obras en construcción informan en letreros visibles qué se hace, quién es el encargado y quién paga, además de dos detalles esenciales en un país a menudo dado a la calma: las fechas de inicio y conclusión.

Día por día, una céntrica fachada de Camagüey me saca una sonrisa. Es la gracia del pueblo, bendito humor. Resulta que nos propusimos un acuario. Dicen las letras que debió comenzar en octubre del 2010 y concluir ocho meses después, pero el tiempo ha pasado, así que algún buen jodedor de esos que abunda en la Isla rasgó la pared para rectificar un número en la fecha de terminación.

Gracias a él, ahora todos confiamos en que, en efecto, tendremos nuestro acuario... en junio del 3011.

Claro, según sugiere de lejos el terco Charles Darwin, es posible que para esa fecha, dada la constante evolución de las especies, los peces ornamentales se hayan convertido en anfibios y nos enteremos de que es tiempo de construirles un pantano.

jueves, 9 de junio de 2011

Daniel

Sin protocolos, sin firmar papel alguno, sin calentarnos bajo una misma nube hogareña, tenemos el mayor contrato de copropiedad: él es mi hijo y yo soy uno de sus exclusivos bienes patrimoniales, personal e intransferiblemente suyo. Los dos lo sabemos, pero no hacemos público alarde de ese título, refrendado por genes poco inclinados a la jurisprudencia.
 
Hasta ahora, Daniel es el único pedido que Dios (oído el enjundioso parecer de Charles Darwin) se dignó concederme. Con 12 años, mi hijo es más hombre que muchos hombres que conozco sin que por ello se niegue el lujo de la infancia ni renuncie al don de la sensibilidad.
 
Hace poco, cuando fui a hablar con su maestra de un asunto, aquella viejecita que en secreto adoro me confesaba cuánto lo admira. Y yo, que llevaba repleta de cansancios mi carpeta, me di cuenta silente de que la vida es bella pese a que no pocos le quieran desfigurar el rostro.
 
Dicen sus compañeros de aula que Daniel es un serio ocurrente. Y no les falta razón. Si lo sabré yo... Hace unos cuantos años, cuando él tendría unos cuatro, mi hermano Iván le preguntó cuál era su fruta preferida y él le respondió, con la rotunda convicción del inocente: “¡El bistec!”.
 
¿Será tan extraño? Mi niño lee libros regordetes, ve muñequitos todavía y prefiere los documentales a las telenovelas. Prefiere los juegos a las fiestas de adultos; los susurros a la algarabía; el consejo al regaño y la amistad al sexo. No es un genio; más bien, un genioso precoz, mas yo no quiero me regale otro prodigio. 
 
Daniel es malísimo dibujando cartulinas, pero a su manera pinta el mundo cada vez que rocía la vida con miradas. Cierta vez, después de reflexionar lo suficiente, me dijo:
 
―Papi, aquel hombre que vende frutas es negro, yo soy blanco... y tú eres carmelita.
 
Por como es yo siendo tan él, es que estamos unidos en el color indefinible del amor. No nos importa, para nada, que hayamos olvidado eternamente los contratos.

martes, 22 de febrero de 2011

Agujas

Yo era un enano, desarrapado, sí, pero disciplinado hasta la barba, en aquella primaria santacruceña que se llamaba nada menos que como el Viejo Generalísimo. Tal vez porque le temía a los famosos resabios de Máximo Gómez, me insubordinaba solo de vez en cuando: los días del curso en que iban a vacunar.

―¡Enfermera...! -avisaba alguna voz amiga, y con ella yo me daba una licencia y escapaba a toda marcha a un coppelita pequeño donde con apenas 40 quilos (no hay error: dije 40 y escribí quilos) compraba una copa de un frío "analgésico" contra el susto, de naranja piña, fresa o chocolate.

Más tarde regresaba avergonzado, con el rabo entre las piernas (¿dónde si no?, preguntaría aquí cierta presentadora de televisión) y las maestras, irresponsablemente cómplices, me perdonaban aquella repentina ausencia al examen de jeringuillas. Por puro milagro no morí en ese tiempo, de sarampión o de otra enfermedad vedada al resto de los muchachos de mi grupo.

El miedo a las agujas creció conmigo, un poco más veloz, porque creo que ya mide más de mis 5 pies con 10 pulgadas, pero al cabo de los años encontré, al fin, un antídoto eficaz. Charles Darwin o Dios, o ambos, saben muy bien lo que hacen y por eso dotaron a las verdugas que inyectan de esos cuerpos bellísimos que hacen uno olvide el dolor:

―Por favor seño... ¿no tendrá por ahí otra vacunita que ponerme?