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martes, 18 de marzo de 2014

Juan Preciado


Con no pocos malabares logro subir y sentarme en el alto sillón del limpiabotas. Es un viejo de carnes secas y rostro imperturbable, que nunca habla. Más de una vez tuve la impresión de que visitarlo era como hacer un viaje a Comala y que un muerto (¿de la tumba de al lado?) le hallaba el último brillo a mis zapatos en lo que recitaba escuetos murmullos pueblerinos sobre las correrías de Don Pedro Páramo.

Esta vez es distinto. Por alguna razón, el hombre se decide a conversar.

—Están terribles los zapatos -saluda irrespetuoso.

—Están... -le admito antes de explicarle que me los regalaron pero nunca me dijeron qué piel difícil es esa que no retiene el color ni acata las órdenes del cepillo.

“Juan Preciado” cambia el tema:

—¿Usted se imagina que por esta latica de betún me cobran 18 pesos? Es chino. Yo no creo que los chinos sean tan careros.

Tampoco yo, le comento, y él me cuenta que nació lejos, en una finca plantada entre Cienfuegos y Palmira (¿quién sabe si se llamara La media luna?), y que los chinos que vio en su infancia eran muy trabajadores:

—En un peladero hicieron un pozo... ¡y después a cosechar! Por eso los chinos avanzan, porque son trabajadores.

—Son inteligentes -le acoto.

—¡Que si lo son...! Pero a nosotros nos falta mucho. ¡Es complica'o; hay que pensar demasiado! A veces me acuesto y me desvelo largo, pensando. Menos mal que me doy cuenta y ahí mismo paro el reloj de pensar, porque si no, me fundo. Uno se entera de mucha gente con infartos de to's tipos. La pelona no entiende.

—No entiende -concuerdo bajando, con cuidado de espeleólogo, de su trono de rústica madera.

Yo, que a veces tengo problemas para apagar mi propia máquina de pensar, añado otra anécdota a mi cavilación rulfiana. Vuelvo al trabajo con la mente en China y en Comala. Llego, me siento y miro el resultado: estampado en los zapatos tengo el brillo de un hombre solitario de dedos manchados que antes de regresar a su silencio habitual tuvo el valor de desearme un buen día, aunque a él no se le veía muy convencido de tenerlo.

martes, 21 de febrero de 2012

Una saga rulfiana

Ni modo... que a mi manera, he sido un poco mexicano. Desde niño me atrajo la paz de los cementerios.

Muy temprano descubrí que los muertos tienen mucho que callar, y ese me pareció el primer testimonio de su sabiduría.

En los cementerios siempre vi asomarse el lado bueno (amable, por dejarse amar) de los seres humanos; incluso a aquellos a los que les hicieron la vida imposible, después sus matadores ―físicos o intelectuales― les compensaban con una muerte llevadera.

Pero ya he cruzado, cual espalda mojada, la frontera: me voy desmexicanizando y dejo de ser un cuate, porque me han cambiado aquel paisaje.

Desde que veo que aun en los camposantos se trafica con flores recicladas de una tumba a otra hasta que ellas mismas mueren de cansancio, sin afiliarse a un muerto; desde que sé que las lápidas desaparecen físicamente aunque no vayan al Cielo; desde que oí que respetables difuntos son irrespetados al despojárseles de las obras de arte con que otros los despidieron de este mundo; desde que concluí que en aquellos predios el amor es un finado a menudo mendigando paz, tan solo un poco de paz para descansar... veo los cementerios con ojos cementados.

Parece que en ellos resucita Comala, la caótica Comala. Sin la magia de Rulfo, muchos vivos hoy juegan a ser Pedro Páramo. Poco a poco les robamos ese reino. Lo conquistamos y colonizamos ―si hace falta, quitándoles la muerte a los rebeldes―, extendemos hasta allá nuestra algarabía mientras los espíritus preguntan si habrán de iniciar, de vuelta, el viaje de Juan Preciado. Los muertos más suspicaces sospechan que, quién sabe, a lo mejor esta es la hora de regresar a El llano en llamas.

lunes, 7 de marzo de 2011

Espías

Siempre he sentido que los libros me leen, por eso decido con mucho cuidado cuál comprar sin que ello amenace el anonimato que a pie de firma suele acompañarme. Resulta que mientras los repaso, entretenido, los escritores, curiosos como son, aprovechan para enterarse de mis cosas.

Tan discreto y taciturno como parece, Rulfo es el que más me sabe: el compadre jalisciense domina al dedillo vida y milagros de este cubano desconocido que después de leer El llano en llamas y Pedro Páramo hubiera jubilado a unos cuantos miles de escribientes mal disfrazados de escritores.

Claro, uno de los que yo siempre libraría del paro es García Márquez, apto ya —por mis lecturas suyas— para escribir mi biografía monótonamente impublicable. Kafka está al tanto de que en mis días malos suelo volverme Gregorio Samsa; Onelio Jorge a veces me pide prestada mi Candela para narrar, junto a la hoguera, las mentiras de su cuentero Juan; Galeano me lee, agudo y criticón, desde mil ventanas abiertas como venas y Monterroso siempre ha estado seguro de que cuando el dinosaurio despertó ya yo no estaba ahí para esperarlo.

Ciego solo en apariencia, Borges condena en prosa y versos mi cerebro poco memorioso; Martí me recluta para riesgosas expediciones por sus dos ríos de diarios y Dostoievski me ofrece a cada rato una plaza vacante de Raskolnikov que yo aceptaría si antes no me hubiera ido a ensartar molinos como copiloto de El Quijote, mandado por el gran manco.  

No es paranoia: otros me espían desde su falsa identidad de artistas de la letra, pero estos son los que más cerca pisan mis talones. Créanme, pese a su supuesta pose distraída, sus adormecidos músculos y metáforas de la paz, los escritores son gente bastante peligrosa y aunque yo no sea uno de ellos les recomiendo, por si las moscas, que no lean nada de lo que escribo.