Luis Posada Carriles es un hombre floridamente libre. Lo acaba de decidir un jurado que parece haber botado sus votos a la cloaca. Sin embargo hay algo que no saben en El Paso: cada acusado incuba su propio tribunal, el verdadero, el que no precisa juramentos para vestir la verdad. Del gemido de sus muertos, del estruendo de sus obras, del dolor que ha producido, de las rejas de su odio… no hay veredicto comprado que lo pueda exonerar.
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lunes, 11 de abril de 2011
miércoles, 12 de enero de 2011
Desacato
¡Estos cubanos, siempre tan informales! Yo debo disculparme, Señoría, porque no llegan mis testigos principales. Dicen que vienen en un DC-8, viejo aparato que no sabe volar.
Regados y pachangueros, dados al sexo y al amor —y también viceversa—, son sin embargo los mejores testigos, los que podrían contar con pelos y con señas cómo muerde el chacal, los que han visto de cerca su luz cegadora, los que habrán de recordarle más allá de su suerte.
¡Estos cubanos, no toman nada en serio! Pese a que volaban en un DC-8 al fin no van a presentarse. Tuvieron un leve impedimento, pequeño tropiezo celestial: allá por Barbados, dizque por hijos de barbudos, Posada los mató.
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