En los '90, cuando en Cuba la luz era
casi un privilegio diurno, Dios o alguno de sus funcionarios se
acordó de mí: me otorgó un mechón de canas para que conjurara en
las noches aquellos apagones que, cual agujeros negros, tragaban para
siempre la menor claridad.
Pelo a pelo, aquella estrellita fue
consolidándose en la alambrada de mi cabeza hasta formar esta isla
con franja de arena que, a falta de méritos, me distingue entre los
siete Milanés León.
Las canas me dicen que voy llegando a
viejo sin pasar por Diablo, pero de vez en cuando, en una estación
del camino, me regalan alguna vivencia curiosa. Yulennis, una
vecinita de diez u once años, me comentó el otro día que su
maestra tiene un cayo de canas igualito al mío; luego se me quedó
mirando, presa de una duda inmensa que amenazaba explotar su delgado
cuerpecito:
—¿Y
eso... no te pica?, -preguntó.
A
esa hora traté de explicarle que no, que era cosa apenas del color
del pelo y no afectaba la piel. Pero ya se sabe: nada hay tan temible
como la pregunta de un niño. Desde esa tarde, siento tremendos
deseos de rascar mi mechón.