viernes, 19 de octubre de 2012

Tamales

Los mejores tamales. Los soñados congrí. Las mariscos divinos... Martha la Gorda, mi vecina de al lado en el Santa Cruz de antiguos calendarios, conquistó mi alma de muchacho a puro sazón. Como en su casa eran unos milímetros menos pobres, de vez en cuando ella nos invitaba a mi hermano Iván y a mí, que crecíamos parejo con sus muchachos, a comer algún plato especial que yo discretamente traspasaba a mi madre mientras todos tenían el cuidado de fingir que no lo notaban.

Mi madre, su comadre... Mi madre, la misma que anoche no pudo ocultarme en el teléfono una honda congoja:

—Es que Martha murió... -respondió, apagada, a mis preguntas.

Entonces vinieron los detalles: un cáncer “en el interior”, como si acaso hubiesen cánceres externos. Y yo que no lo supe, que no pude pasar al hospital a verle. Y yo que no pude brindarle un "hasta luego". Y yo que no identifiqué en el aroma enrarecido de estos tiempos el olor del último tamal en la mesa de Martha la Gorda, mi vecina, que todavía marchando me invitaba.

viernes, 12 de octubre de 2012

Un mechón


En los '90, cuando en Cuba la luz era casi un privilegio diurno, Dios o alguno de sus funcionarios se acordó de mí: me otorgó un mechón de canas para que conjurara en las noches aquellos apagones que, cual agujeros negros, tragaban para siempre la menor claridad.

Pelo a pelo, aquella estrellita fue consolidándose en la alambrada de mi cabeza hasta formar esta isla con franja de arena que, a falta de méritos, me distingue entre los siete Milanés León.

Las canas me dicen que voy llegando a viejo sin pasar por Diablo, pero de vez en cuando, en una estación del camino, me regalan alguna vivencia curiosa. Yulennis, una vecinita de diez u once años, me comentó el otro día que su maestra tiene un cayo de canas igualito al mío; luego se me quedó mirando, presa de una duda inmensa que amenazaba explotar su delgado cuerpecito:

—¿Y eso... no te pica?, -preguntó.

A esa hora traté de explicarle que no, que era cosa apenas del color del pelo y no afectaba la piel. Pero ya se sabe: nada hay tan temible como la pregunta de un niño. Desde esa tarde, siento tremendos deseos de rascar mi mechón.

jueves, 11 de octubre de 2012

Mambisada

En toda la Historia de Cuba solo se reconoce un Generalísimo. Es Máximo Gómez, el dominicano que metió la Isla en su sangre, no solo por tener mujer e hijos cubanos, sino, sobre todo, por pelear por esta tierra con más ardor y altruismo que muchos nacidos aquí y a veces, también, por soportar con humildad nuestras malacrianzas.

No obstante, El Viejo —o el Chino, como también le decían— se las traía, y no era raro hallar en “el cepo” de su campamento mambí a alguno de los nuestros tomando un largo baño de sol por faltar a la disciplina. Que así como le temían los españoles, le respetaban los mismos cubanos.

Gómez fue el primer militar que utilizó el machete de trabajo para cargar contra el enemigo, descubrimiento que por alguna razón los españoles nunca le perdonaron.

Todavía hoy, cuando alguien en Cuba ve un machete largo y pesado, se acuerda del General en Jefe del Ejército Libertador, un hombre enjuto que sin embargo empuñaba su arma con muñecas de jonronero. A algunos centros de trabajo se les entrega su réplica como gran estímulo; el mío, por ejemplo, la recibió.

Por ahí escuché algo que parece leyenda urbana. Resulta que un custodio descubrió en la madrugada que un delincuente rondaba los tejados. Sin pensarlo, el vigilante echó mano en el mural al recio machete plateado de funda de cuero que recuerda la gesta mambisa y se fue a por el bandido, cual si este fuera miembro del Batallón Cazadores de San Quintín.

Ocurrió hace meses, dicen, pero estoy seguro de que, viviendo la hispánica angustia de sentirse perseguido por el mismísimo Máximo Gómez, el malhechor todavía no ha parado de correr.

miércoles, 10 de octubre de 2012

NTIC

Se conocieron en Internet, chatearon un poco, y cuando se dieron cuenta de que eran el uno para la otra, y también viceversa, se casaron en vivo y en directo. Tuvieron un matrimonio de punta, con múltiples hipervínculos, hasta que a ella le apareció un virus de una máquina ajena…  ¿o también viceversa?

sábado, 29 de septiembre de 2012

Un piojito

A quienes no la conocen se las presento: con 11 años, mi sobrina Chanel es el ser más adorable de la familia.

Cuando vivía en Nuevitas y era más pequeña, Chanel era amiga de todo el barrio y no había maestro o chiquillo de escuela que quedara indiferente a su carisma.

Tampoco ahora que contra su voluntad vive en La Habana ha perdido el toque de los seres especiales. Hace tan solo unos días la visité y recordábamos la anécdota del piojo.

Porque por muy especial que ella sea, no puede librarse de esa eventual visita a su cabeza. Y, un día, Chanel atrapó entre sus uñitas aquel turista sin visa:

—¡Mira mami, un piojito...!

Sin embargo, inmediatamente lo devolvió a sus cabellos.

—¿¡Por qué hiciste eso, Chanel!? –le preguntó molesta la mamá.

—Es que, pobrecito, si lo dejo solo, seguro se muere por ahí.