Hay polémica en Cuba acerca de los textos y las imágenes que acompañan no pocos reguetones. Llegan como por arte de birbirloque a los grandes medios y seducen rápidamente a las grandes masas, que por motivos mayores tienen caderas sensibles al insulto.
Con los músicos no... yo siempre digo. Por dinero que hagan (y que hacen), por patéticos epítetos que se pongan y se crean creerse, por los giros extraños y las lejanas giras, por las mansiones sin pasiones y los gigantes que guardan sus espaldas de nadie sabe qué amenaza, por los autos de lujo que atropellan mil honras, por el oro abundante que encadene sus vidas desde el cuello, por las muchas “jevitas” y “jevitos” y los ambos inclusive (si existieran)... los groseros cantantes no dejan de ser simples mulas de carga de esta droga.
Hay también mucha música buena, mucho verso entonado en esta Isla para halar el asunto por los pelos. Igual que pasa y pesa con la marihuana y otras hierbas, vale aquí lo que siempre Latinoamérica replica a los yanquis: si no hubiera consumo se paraba la droga.
A mí, de veras, lo que más me preocupa es el público. Es por eso que digo —y hasta canto si es que alguien perdona mi aburrida pobreza en groserías—, que esta guerra es pamplina si no la comienzan en casa y en la escuela padres y maestros bien almados que enseñen a los niños los acordes exactos del respeto, la cadencia precisa del amor.




