Las playas, he ahí mi inconformidad (quizás la única seria, descontando el salario); las playas, mi apetito irresuelto. Debe ser porque nací de una de ellas, pero el caso es que no lo acepto: miles de kilómetros de abulia, incontables olas desperdiciadas, brisas sin desembocadura humana, millones de cuerpos sin insinuarse bajo el sol puesto a secar en el largo cordel del horizonte.
Por años, mi desconcierto se ha dorado la piel lejos del mar. Y ya pasa un trecho de mulato. Jamás voy a entender, por mucho que no expliquen, por qué no aceptamos en masa un regalo que Natura, triturando corales con paciencia milenaria, nos envolvió en blancos papeles de archipiélago.
Allí están los cayos, envejeciendo a solas como abuelos inútiles; allá, la arena, contando granos cual avara banquera; acullá, los cocoteros beben su propia agua en trago de amargura. Y tantos aquí, tantos así, soñando con ellos.
No sé de las serpientes. Yo sueño con playas transparentes en mi cama barco. Mis sábanas son velas. Yo sueño con playas y mientras sueño sé que una de ellas escribe en su arena:
—Los bañistas, he ahí mi inconformidad…
lunes, 18 de febrero de 2013
domingo, 17 de febrero de 2013
Cascorro
Por teléfono, una amiga que no conozco me habla de Cascorro. Yo no he vivido la experiencia todavía, pero se dice que en ese pueblito camagüeyano la gente acostumbra enamorarse lanzándose piedrecitas.
Desde niño escucho las historias. Y cada vez que veo a una mujer hermosa con una pequeña cicatriz, me alumbra la certeza: “Esa pasó por Cascorro”.
Aquí, en confianza, debo reconocer que tengo mis ansias de poder. Hubiera querido hacerme diputado en las recientes elecciones. Diputado por Cascorro, claro está. Mi primera propuesta sería una Ley que prohibiera barrer las calles de Cascorro: sería un crimen que se ponga a la vista una belleza y uno no encuentre cartuchos para conquistarla.
Desde niño escucho las historias. Y cada vez que veo a una mujer hermosa con una pequeña cicatriz, me alumbra la certeza: “Esa pasó por Cascorro”.
Aquí, en confianza, debo reconocer que tengo mis ansias de poder. Hubiera querido hacerme diputado en las recientes elecciones. Diputado por Cascorro, claro está. Mi primera propuesta sería una Ley que prohibiera barrer las calles de Cascorro: sería un crimen que se ponga a la vista una belleza y uno no encuentre cartuchos para conquistarla.
sábado, 9 de febrero de 2013
Alineación planetaria
Los premios verdaderos no son sino réplicas: cual orgasmos tardíos de un terremoto, llegan algo atrasados, cuando una saga de jurados comunes ya los han entregado sin ceremonia en plena calle, con elogios inéditos, estrechones silvestres, abrazos sin acta...
Tal es el caso del Premio José Martí por la Obra de la Vida que, al fin, José Alejandro Rodríguez puede mostrar en un diploma.
Infinidad de cubanos lo sabíamos, siempre lo supimos, y no podíamos dejar de preguntarnos cómo era posible que los jurados, que al fin y al cabo están para saber, tardaran tanto en enterarse.
Parece que alguno de nosotros (un soplón o un amigo, qué importa ahora el detalle) le pasó la seña al tribunal para que se pusiera al día de una buena vez.
Entonces, en este febrero se produjo la esperada conjunción entre lo que pensaba la gente del gremio periodístico, lo que nos dice la obra de Pepe y lo que estableció el jurado.
Resulta que pasada la “mayísima” fecha del 21 de diciembre del 2012 se produjo en efecto una alineación planetaria. Mercurio, Venus, Saturno, Marte, Júpiter y algunos más pasaron formados por el habanero reparto Bahía para felicitar a este hombre que a diario comete el error de creerse un tipo común pese a que sus letras le delatan en seguida la condición.
Pepe anda por la complicada galaxia nacional como el planeta errante Nibiru, chocando con arrojo y amor las naves con aspas que todavía abundan.
No es un santo inocente, Dios lo libre. Su Premio tiene consecuencias astronómicas. Si alguien quiere saber la causa de la acumulación gravitatoria de felicitaciones auténticas y satisfacción compartida, si alguien pregunta el origen de la comezón capilar de los manchadores de Sol, pues hállelas en el reconocimiento al cronista que pudo vender su pluma al elogio y decidió sacrificarla a la cuartilla, a menudo cortante, de la justicia.
A su modo, él es como el tocayo que nombra el Premio: una dosis poco común de belleza en el valor. Por eso su agasajo es una réplica que no cesará, aunque a decir verdad, a Pepe ya un montón de colegas le habíamos entregado el José Martí, así como es él… ¡a pepe…!
Tal es el caso del Premio José Martí por la Obra de la Vida que, al fin, José Alejandro Rodríguez puede mostrar en un diploma.
Infinidad de cubanos lo sabíamos, siempre lo supimos, y no podíamos dejar de preguntarnos cómo era posible que los jurados, que al fin y al cabo están para saber, tardaran tanto en enterarse.
Parece que alguno de nosotros (un soplón o un amigo, qué importa ahora el detalle) le pasó la seña al tribunal para que se pusiera al día de una buena vez.
Entonces, en este febrero se produjo la esperada conjunción entre lo que pensaba la gente del gremio periodístico, lo que nos dice la obra de Pepe y lo que estableció el jurado.
Resulta que pasada la “mayísima” fecha del 21 de diciembre del 2012 se produjo en efecto una alineación planetaria. Mercurio, Venus, Saturno, Marte, Júpiter y algunos más pasaron formados por el habanero reparto Bahía para felicitar a este hombre que a diario comete el error de creerse un tipo común pese a que sus letras le delatan en seguida la condición.
Pepe anda por la complicada galaxia nacional como el planeta errante Nibiru, chocando con arrojo y amor las naves con aspas que todavía abundan.
No es un santo inocente, Dios lo libre. Su Premio tiene consecuencias astronómicas. Si alguien quiere saber la causa de la acumulación gravitatoria de felicitaciones auténticas y satisfacción compartida, si alguien pregunta el origen de la comezón capilar de los manchadores de Sol, pues hállelas en el reconocimiento al cronista que pudo vender su pluma al elogio y decidió sacrificarla a la cuartilla, a menudo cortante, de la justicia.
A su modo, él es como el tocayo que nombra el Premio: una dosis poco común de belleza en el valor. Por eso su agasajo es una réplica que no cesará, aunque a decir verdad, a Pepe ya un montón de colegas le habíamos entregado el José Martí, así como es él… ¡a pepe…!
domingo, 3 de febrero de 2013
Altruismo
Dicen
que Patrice Motsepe, el empresario sudafricano que tiene unos
2.650 millones de
dólares en la cartera,
donará la mitad de su riqueza a los pobres. Ante noticias como esa,
realmente gratificantes, uno se sensibiliza sobremanera. Leyéndola,
yo he decidido hacer lo mío: ofrezco donar la mitad de mi pobreza a
los ricos.
viernes, 25 de enero de 2013
¿Un sueño?
Por
cortas horas he vuelto a mi pueblo, dizque a trabajar. Algo “me
suena”, como decimos los cubanos: el bronce de las pieles, el sol
tomando el sol en los cabellos, los verbos escuetos y afilados con
que cualquiera refiere los asuntos que en otra parte requerirían
largos simposios de académicos.
Me bajo del carro que me lleva y dice al pie un desconocido:
—Oiga, ¿usted no sabe que somos familia?
Al rato me cuenta: él es nieto de Alba, y como yo lo soy de María, resulta que somos frutos paralelos de dos hermanas que ya hace mucho no están para saberlo. Entonces, con mi primo nieto, o mi primo de sexta generación, o mi primo nuevo, hallé parte de los datos que buscaba.
Otra cosa me resulta conocida: el sopor, aquel sopor peculiar que no yo dudo sea mayor que el santiaguero. Y reencuentro la sal que por libras se palpa en el ambiente. A un segundo rato, un vendedor destapa los frascos olorosos de mi infancia:
—¡Liceta, liceta...! -pregona calle abajo, con su cajón a cuestas. Aún me arrepiento de no haberle comprado ese manjar que en el Olimpo los dioses nunca tuvieron cerca. ¡Pobre Zeus, con su imperio tan férreo y su tan débil carta de pescados!
Sigo mirando el pueblo. Algo me “suena”, insistía: mujeres hermosas, niños “bellacos”, tipos rudísimos con shores de muchachos y el tiempo caminando, no corriendo: el tiempo que no corre porque en mi pueblo no tiene nunca apuros.
A poco del regreso veo a mi hermana Marta. La encuentro sudorosa, con una jaba cargada de humildades. Mi hermana tiene la más bella sonrisa de los siete que somos, así que no le cuesta regalarme una nueva. Ella lamenta no tener ni un refresco que darme y yo la calmo: la he visto y me basta, y su abrazo me llena.
Entonces me fui, me vine o ambas inclusive. Por el espejo miré alejarse los cocos de la entrada y navegué en zoom back por fuertes corrientes de recuerdos. Fue así que reparé en cierta carencia, azul detalle, encrespado elemento: no había visto el mar, no había visitado la pobrísima playa de mi infancia, no había curado mi cara con la brisa.
Entonces, de repente, todas las cosas dejaron de sonarme y empecé a preguntarme si de verdad yo había estado en Santa Cruz... o si fue un sueño.
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