A veces miro el parte del tiempo y algún meteorólogo que
jamás me ha visto se me planta en frente y se pone a hablar de tardes nubladas,
de depresiones, de truenos perdidos y aisladas tormentas eléctricas… entonces,
no puedo dejar de preguntarme cómo es que sabe tanto de mí.
lunes, 20 de octubre de 2014
lunes, 13 de octubre de 2014
Malvinos
Ella me discute que sea yo Malvino Fortuna, le cambia el sexo al mote y sostiene que, sin duda alguna, Malvina Fortuna es su nombre y no el mío. Me relata, como argumento, un pasaje de su sábado demasiado largo, que la ha cansado hasta un bostezo lleno de aromas.
Su ternura me hace ceder y pasar por alto la identidad del
personaje a que aludimos en otro pacto con el teléfono. Aquel desventurado
muchacho (delgado, mestizo, escandalosamente irrespetuoso de sí mismo, por más
coincidencia) que en una serie de los ‘80
se convirtió en la estampa del infortunio, se sigue pareciendo más a mí,
en hechura y hechos.
Porque ella, con ese rostro de arco iris y un alma limpia
como caricia, no podrá convencer a nadie de que tiene mala suerte.
Colgamos. Me quedo pensando/la (perdonen la redundancia). ¿De
cuántas suertes se hará la
Suerte? Llega mi madre a mi cabeza y recuerdo los muchos
diálogos sobre la estrella oscura que nos orbita.
—No nos suelta, mima -le comento a cada rato.
Y, si no el nombre, también mi madre me ha disputado la
condición. Pero esa noche, mientras cerraba un día en que había hablado con
ellas dos, entendí que a veces Malvino Fortuna puede ir a la cama con la cobija de una
sonrisa.
lunes, 6 de octubre de 2014
Orfeo
Evidentemente, todavía, todos le
piden autógrafo a Ulises. Todos mantienen la fascinación homérica por el hombre
que armó el caballo del engaño para galopar sobre los muros de Troya y
mató y venció y se fue de vuelta de vuelta a casa sobre la marea más larga que
se haya conocido.
Todos se inclinan ante el macho que desafió a Poseidón y navegó seguro, en medio de las angustias, porque sabía que una reina esperaba por él trenzando los rarísimos hilos del amor (escasos ya en esa época).
Todos quisieran tocar su barba marinera y hacerle una interview de cuatro páginas ahí mismo, al pie del muelle de Ítaca, para preguntarle al hombre qué significó el viaje para él, atleta tan cercano del podio de los dioses.
Reconozcámoslo: ni usted, ni el otro, ni aquella… ni yo, nos apartamos del coro. Alabamos sin fin el clásico ardid del guerrero que para evadir los cantos de sirenas se amarró al mástil y taponó con cera sus oídos.
—¡Qué maravilla, Uli! –repetimos por siglos, en pose de íntimos.
Entre las infinitas reimpresiones de La Ilíada, nadie parece acordarse de Orfeo, un griego de otra historia, que solo con su lira enamoró a la bella Eurícide y, cuando fue al mismísimo inframundo a rescatarla, adormeció a Cerbero con pura melodía. Gracias a Orfeo los argonautas de Jasón pasaron ilesos por entre las sirenas, no porque se taparan los oídos o se ataran con cuerdas sino, por el contrario, porque hicieron una fiesta de sensibilidad.
Orfeo venció el arrullo de las sirenas tocando una música más hermosa que la de ellas. Aunque no le persigan paparazzis, Orfeo tiene mucho que enseñarnos. El mero melodrama no parece rendirse, el público se derrite con la hazaña bélica y ama la espada y la sangre y la lágrima de artificio, pero lo esencial casi nunca está ahí. A menudo, lo que más hace falta es una lira.
jueves, 2 de octubre de 2014
París era otra fiesta
¿A qué negarlo? Es uno de los
traumas de mi vida. Hace muchos años soñé que estuve seis días en París. La
nitidez de las imágenes era asombrosa —se supone que si sueñas con la Ciudad Luz, tu sueño
esté más que iluminado— y la gente parecía auténtica. Estuvimos, porque no
anduve solo en mi aventura y otros estarán ahora rumiando ensoñaciones
parecidas, en esos lugares que casi todos los terrícolas desean visitar pero
que los más pobres de este mundo cabeza abajo apenas pueden tocar en postales
estrujadas o fotos digitales pixeladas de tanto replicarse.
En fin que a veces, como si
recibiera un golpe en la cabeza, me regresa el sueño francés y me veo de nuevo en
el Museo de Orly, trepado en la Torre Eiffel,
sumergido en la paz de Notre Dame o interrogando de cerca la sonrisa de una
Mona Lisa que, si no ocultara bastante con la anécdota que dio paso a la más
célebre sonrisa del arte, sigue negada a revelar del todo —con el mayor respeto
a sus derechos de género— su identidad sexual.
El otro día, repentinamente, retornó
mi crisis: creía yo que estaba trabajando en La Habana, en una cobertura de
mucho ringo rango y, de momento, regresó París. Soñé que un importante
científico cubano ofrecía en perfecto francés —en mi sueño yo sentía orgullo de
tener compatriotas así— la información requerida por un visitante ilustre.
Todo estaba muy bonito, en colores
y hasta en la esquivísima 3D, pero había un problema. Siempre hay un problema:
los periodistas que cubríamos el asunto éramos
cubanos y, evidentemente, no estábamos al tanto del idioma de Víctor
Hugo. Al principio nos miramos un tanto desconcertados, como preguntando en lenguaje
sin señas: «¿no es un chiste?», pero muy pronto dimos al asunto la respuesta
mambisa: «hay que meterle el pecho al problema».
Confieso que en mi sueño dudé.
Primero cerré la agenda, pero como entendí que no habría concesiones a
Cervantes y que mi periódico no perdona la falta de iniciativa, me dispuse a
pellizcar, de sílaba a numerito, algunas ideas de una presentación digital
también escrita en la culinaria lengua de Doña Galia.
Pasó el tiempo, terminó la charla y
me fui al trabajo con una curiosidad: ¿cómo se verían, al otro día, las notas
escritas por nosotros, simples hispanorreporteros? Pensé que la resultante de
un periódico a otro, de un canal a la radio, sería un cadáver exquisito —cadavre
exquis, aclararía en seguida el ponente de esa tarde—, con frases inconexas
de este y aquel y secuelas hilarantes, pero también pensé que si metía la pata
más de la cuenta, el muerto, como decimos en buen «cubano», lo pondría yo sin muchas exquisiteces.
Por fortuna, la sangre no llegó al
Sena. Cuando vi la nota impresa y esperé un tiempo prudencial eventuales
protestas que no se produjeron, me di cuenta de que los periodistas cubanos
tenemos, entre muchos otros potenciales que el mundo no atina a ver, enormes aptitudes
plurilingües. ¡Ni qué decir para el francés...! También me di cuenta, como en
el otoño de 1995, de que el de ahora no había sido un sueño. Había vivido otra
estampa francesa, aunque esta vez, más allá de la gracia de la anécdota, París
fuera una fiesta peligrosa.
martes, 23 de septiembre de 2014
Las dos flores
Caminaban. En algún sitio con
hierba silvestre y encantada, ella la vio:
—Quiero esa flor, tan sola y
amarilla –pidió.
Tuvo en la mano la flor que siempre
tiene dentro. Alumbró su cabeza, que ya llevaba toda la luz que pueda
concebirse, y siguieron andando.
Horas después, él pensaba en las
dos y sonreía a solas, seguro de que ella jamás conocería lo que la flor —que
estaba allí emboscada, esperando aquel paso de huella cristalina— suplicó al
viento que siseaba, a cambio de su polen:
—Quiero ser bella. Quiero que pongas
encima de este pétalo a esa muchacha que con su rostro opaca mi hermosura.
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