sábado, 17 de enero de 2015

Educación superior



A saber, hay ahora mismo dos carreras muy caras: ser pobre y ser bueno. Quien emprende las dos juntas obtiene automáticamente una beca para la más costosa de todas: ser loco.

lunes, 12 de enero de 2015

Irma


Irma Trujillo ha muerto. Seguramente muy pocos, más allá de sus allegados, sepan qué significa esa oración que escribo justamente así, como un rezo. Es que ella era uno de esos tesoros ocultos que existen en el algún lugar para demostrarnos a los incrédulos que siempre le cabe un color a la vida. A mí nunca me engañó: jamás me pareció casualidad que naciera en un pueblo llamado Esmeralda.

Para ser su primera muerte, hay que decir que le ha quedado como un acto típico en ella, que siempre hacía sus cosas calladamente, sin alardes ni avisos que lo parecieran.

Yo, que me traje a La Habana, entre otros amuletos de sobrevivencia, el cariño de esa amiga que pasaba los 80, llamo como un día cualquiera, para saber de ella, y me dicen que no, que esta vez no puede tomar el teléfono. Me dicen y entiendo que ya el día no es cualquiera. Me dicen y yo, que la conozco bien, sé que tiene que ser muy fuerte la razón para que esta vez no quiera hablar conmigo.

Con su inocencia característica, Irma se llevó a otra parte cosas mías. Ya sé que cuando vuelva a Camagüey no me esperará su beso de anciana venerada; ya sé que no pondrá en su mesa un dulce casero que ella, viéndome comerlo, disfrutaría aun más que yo, que es mucho decir. Ya sé que a mi despedida no podré estrechar con mucho cuidado sus manos delgadísimas ni oírle decir, por millonésima vez, que yo era parte de su familia y aquella era mi casa. La muerte es cruel: me doy cuenta que tal vez sea ahora que le creo.

Como solía hacer a cada rato, Irma puso el punto burlándose rotundamente de sus caderas fracturadas, de su columna en huelga, de su piel de orquídea y su apetito de pajarillo y emprendió a solas, sin andador, el viaje más empinado. Esté donde esté, sé que me mirará (como a otros muchos) diciéndome: «Esta es tu casa, Milanés…». Tal vez un día vaya a visitarla. Y cuando tenga a la fuerza que mudarme para allá, sería un alivio tener vecinos semejantes.

No es cosa de ahora: Irma Trujillo siempre fue un espíritu de bondad, pero no hagan mucho caso de esa condición. Nunca vayan a tomarle lástima porque ella lleva sus filos. Yo estoy seguro de que en el sitio donde se encuentra ya tiene graves problemas: aun sin convencerme de su muerte, no tengo, sin embargo, la menor duda de que los ángeles se dieron cuenta de que ahora sí tienen competencia.

martes, 23 de diciembre de 2014

La manzana en la cabeza



Generosa como es, me regaló una manzana. Conociendo su paladar de cristal, su apetito milimétrico, su afición al misterio gastronómico y al detalle natural, yo debería saber que se ha quitado un tesoro y estar más que agradecido. Pero no, no agradezco ni un poquito.

Horas después, mientras camino y devoro esa maravilla que un ignoto campesino sembró, nunca para mí, yo reboso ingratitud.

De a poquitos, la fruta perece en mi boca y solo pienso en que quiero que ella me obsequie un campo infinito —en el que se pierda la vista y hasta se pierda la vida— donde me invite a legalizar, una por una, toda  manzana prohibida del mundo.

martes, 9 de diciembre de 2014

Colores del invento



A inventar no hay quien nos gane. ¿La efectividad del invento? Bueno, eso es otra cosa. «Vengo de allá de la ciénaga», les confieso parodiando al poeta, y en mi tierra de origen, que quiero tanto y que a veces también me corresponde, descubrieron un día que los CVPs —miembros del Cuerpo de Vigilancia y Protección de empresas y establecimientos diversos— no hacían del todo bien su trabajo.

Resulta que los insomnes guardianes cerraban las puertas y se acostaban a dormir a pierna suela en el sofá más cómodo que encontraban. Y los ladrones, delicados como son los ladrones cubanos, tenían el cuidado de no despertarlos mientras hacían su incomprendida labor.

Bueno, para no aburrirlos, les cuento el final: alguien tuvo la genial idea de crear un equipo de guardia que chequeara al CVP, o sea, una guardia que le hiciera guardia a la guardia. Esta guardia también podía quedarse dormida o algo así, de manera que yo, que ya no estoy cerca, tampoco estoy seguro de que no hayan inventado otro mecanismo para controlar la segunda línea de combate.

Una amiga mía tuvo una experiencia más directa. A la vista de una construcción que se levantaba, ella quiso, en broma, probar a un CVP.

—¿Cómo consigo una de esas tejas? –preguntó en un susurro la mujer.

—Yo quisiera «ayudarte», pero ya no se puede. Aquí resolvíamos hasta que pusieron a los azules y nos trancaron la jugada.

En efecto, mi amiga conversaba con un CVP «carmelita» —por el tono de su uniforme—, sin embargo, como la probidad de ese color se puso en tela de juicio, otro sesudo decidió colocar allí un cuerpo de CVPs «azules» cuya misión esencial era vigilar a los «carmelitas». ¿Quién sabe si a esta altura hayan incorporado otro color?

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿Pequeña?

El tiempo, que parece haberla colocado en medio de sus poderosas prensas, encoge a mi madre. Cada vez que la veo la encuentro más pequeña.

Sin cesar,  mi madre me recuerda a la suya, una abuela que siempre creí de juguete. Casi una Pulgarcita, abuela Cacha tenía, sin embargo, la autoridad del amor: aconsejaba y sumaba; pedía y conquistaba; besaba y simplemente había que rendirse. Abuela, siempre tierna, hablando siempre de un Dios que solo sentí creíble cuando salía de su boca.

Mima no tiene menos jerarquía. Y si su talla pierde centímetros, esas estrellas que solo los buenos llevan dentro y nadie más que los buenos alcanzan a ver en el firmamento de un pecho ajeno sugieren que, con todo y su escasa cultura, sus larguísimos silencios y su absoluto desinterés por las órdenes, mi madre puede mandar a un ejército.

Yo la veo, cada vez menos alta, y me preocupo a medias: por un lado temo que llegue el día en que se agote la longitud de su vida y se lleve con ella todas mis medidas, pero también pienso que, en este mundo tan deficitario, puede que alguien esté traficando a muy buen precio esos centímetros de bondad que, como de todo manantial verdadero, brotan sin pausa de mi madre.