Como ciertos héroes de Homero, Leydi Torres parece llevar la marca de la tardanza.
Debimos tenerla en la guerra de independencia del siglo XIX para limar diferencias entre camagüeyanos y villareños. Sin mucho esfuerzo, hubiera cambiado la Historia de Cuba. Pero no importa; aquí está un siglo y pico después y nadie dude que ella, que ha alojado en su blog santaclareño todo un enjambre de páginas camagüeyanas, podría haber puesto de acuerdo a los más tercos mambises.
Al evento de cronistas en Cienfuegos también llegó tiempo después de que los asistentes habituales marcasen sus camas y cucharas con créditos “intimidantes”. Les juro que, juntos, Pepe, Michel, José Aurelio, los Jesuses, Juan, Francisco, Yamil… im/presionan a cualquiera, sin embargo la pequeñita se construyó, con artes de abeja y fuerza de hormiga, un espacio respetado.
Ahí donde ustedes la ven, con su cara de angelito, Leydi pudo terminar en la cárcel. Resulta que al final de la carrera se empeñó en hacer su Trabajo de Diploma sobre el maestro Luis Sexto y alguien adujo que eso no era posible… porque el estudiado (solo “estudiable” en ese instante) estaba vivo. Y conociéndola, sé que ella tuvo que haber pensado en matar a uno de los hombres que más quiere, con tal de poderlo honrar. Por suerte para todos, triunfó la crónica transparente (sin rojo y sin amarillo) y del incidente quedaron una tesis brillante y el gran periodista intacto, por los libros de los libros.
El colmo de la morosidad Leydiana fue una carta que me mandó. Quiso escribirme una carta de verdad, en papel, de las que ya no venden ni en las shoppings, para enviármela dentro de una botella. No se atrevió a usar ese envase con tal de no sobrecargar a la improvisada cartera, sin embargo no cejó.
En un sobre amarillo, la epístola de Leydi rompió todos los récords de tiempo y burocratismo de Correos de Cuba, que según dicen los gentlemen de Guinnes son cosa de otra galaxia: llegó a Camagüey, se acomodó en el maletín de la portadora, echó una larga siesta, días después regresó a Santa Clara, se tomó una licencia sin sueldo e hizo reposo de voz para partir a La Habana (que también a las cartas guajiras les gusta pasear por la capital) desde donde hizo el viaje Camino a Camagüey, tal vez tarareando la canción de Silvio.
¿Ustedes piensan que ya, así tan fácil, recibí la esquela…? ¡Oh, ingenuos destinatarios de este post…! La misiva (que a esas alturas yo ignoraba si era realmente mía o era la susiva de alguien más) venía convoyada con otros envíos. Y aquí en Camagüey, aquellos viajeros escritos, muy encariñados después de tan larga convivencia, tomaron, llorosos, caminos diferentes: uno fue a encontrar a Alejandro, otros a las dos María (Antonieta y Teresa), otro a Carmen Luisa y otro preguntó por el inquieto Rogelio.
Es verdad que, lanzada al mar en una botella, la carta hubiera llegado antes a la playa que no tiene Camagüey. Pero al fin siempre hay un fin: un día recibí su delicada grafía villareña; juro que ya no recuerdo ni cómo ni de manos de quién. De lo que sí estoy seguro es que cada letra tejida por la amiga le dio valor a la espera.
miércoles, 29 de febrero de 2012
martes, 28 de febrero de 2012
Una muy rara enfermedad
Se acaba el mes, pero su fin tiene tintes especiales.
Este ha sido uno de esos meses que nacen con enfermedad congénita, tal vez hasta hereditaria: el más reciente hijo de Don Noviembre y la Señora Diciembre nació con cierta prolongación, una especie de cola que siempre despierta, calendario afuera, los malos augurios.
Este ha sido uno de esos meses que nacen con enfermedad congénita, tal vez hasta hereditaria: el más reciente hijo de Don Noviembre y la Señora Diciembre nació con cierta prolongación, una especie de cola que siempre despierta, calendario afuera, los malos augurios.
El muchacho parecía bastante normal, se le vio de vez en cuando algo abrigadito, recogido en casa, aunque la maledicencia, que a menudo tiene 366 lenguas, solía comentar sus repentinas calenturas, sus sorprendentes lloviznazos, su temperamento cambiante de la noche al día.
Así y todo creció, amó a su manera y ahora está listo para dejarnos con el niño Marzo su descendencia primaveral.
Lo leí en su historia clínica: cuando sus padres le llevaron al médico, los exámenes fueron concluyentes: padecía una enfermedad llamada bisiestismo crónico. No puede operarse porque, si se la cortan, no solo pierde toda opción de placer; también fallece antes de tiempo.
Dicen que estos pacientes suelen multiplicar los decesos. Yo creo que no; el compadre Febrero, por el contrario, amó tanto la vida que nos costó un día más convencerlo de que se fuera de este mundo.
sábado, 25 de febrero de 2012
Rectificación
Nunca me gustó la Química hasta el día en que, leyendo su cuerpo, me enteré que también esa mujer está formada por átomos.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Suite Cuba
Señor Dios del celuloide: Juro solemnemente que también vivo en esta Isla. Puedo probarlo: tengo documentos y un par de testigos dispuestos a declarar.
Conozco a un montón de personas como yo: seres comunes que, respetando al prójimo y al distante, no quieren irse del país ni viven secando el mar del malecón con el calor de par de ojos hambrientos.
Bueno, haciendo uso de la franqueza que me inspiras, he de decirte que soy de los tantos que no tenemos malecón ni vivimos al mediodía el milagroso florecimiento de ropas en los balcones. Mi madre es vieja y negra, mas no fuma tabaco, y mi barrio, algo ruidoso, no es sin embargo una rumba perenne.
Soy de los bichos aburridos que no trafican con sexo: no vendo carne de boca ni rento mi mulatez; no pasé nunca porque mi hembra hiciera en las noches jornada extra con un turista extranjero.
“Turista extranjero”... perdona, Señor, la redundancia de esta gris oveja que no aprende.
Soy de los locos que piensa todavía que ser heterosexual no es un defecto genético ni repulsiva aberración. Vivo en apartamento viejo, feo, pequeño e incómodo, pero ―¡nada es perfecto en la vida!― que no se decide al derrumbe.
Hablando de derrumbes, soy de los que se interesan no en que se caiga el Gobierno sino en que se yerga el país.
¿Problemas....? Tengo millones; tantos que no cabrían en tu Reino. Juro no voy a agobiarte con mis cuitas de personaje secundario o hasta extra.
Altísimo, ¿estás ahí? ¿No te has quedado dormido? Perdóname tantos pecados y perdona mi pedido: yo te ruego que premies la nulidad de los míos. Filmado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu producción. Hágase tu película en esta tierra como en este Cielo. Amén.
Conozco a un montón de personas como yo: seres comunes que, respetando al prójimo y al distante, no quieren irse del país ni viven secando el mar del malecón con el calor de par de ojos hambrientos.
Bueno, haciendo uso de la franqueza que me inspiras, he de decirte que soy de los tantos que no tenemos malecón ni vivimos al mediodía el milagroso florecimiento de ropas en los balcones. Mi madre es vieja y negra, mas no fuma tabaco, y mi barrio, algo ruidoso, no es sin embargo una rumba perenne.
Soy de los bichos aburridos que no trafican con sexo: no vendo carne de boca ni rento mi mulatez; no pasé nunca porque mi hembra hiciera en las noches jornada extra con un turista extranjero.
“Turista extranjero”... perdona, Señor, la redundancia de esta gris oveja que no aprende.
Soy de los locos que piensa todavía que ser heterosexual no es un defecto genético ni repulsiva aberración. Vivo en apartamento viejo, feo, pequeño e incómodo, pero ―¡nada es perfecto en la vida!― que no se decide al derrumbe.
Hablando de derrumbes, soy de los que se interesan no en que se caiga el Gobierno sino en que se yerga el país.
¿Problemas....? Tengo millones; tantos que no cabrían en tu Reino. Juro no voy a agobiarte con mis cuitas de personaje secundario o hasta extra.
Altísimo, ¿estás ahí? ¿No te has quedado dormido? Perdóname tantos pecados y perdona mi pedido: yo te ruego que premies la nulidad de los míos. Filmado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu producción. Hágase tu película en esta tierra como en este Cielo. Amén.
martes, 21 de febrero de 2012
Una saga rulfiana
Ni modo... que a mi manera, he sido un poco mexicano. Desde niño me atrajo la paz de los cementerios.
Muy temprano descubrí que los muertos tienen mucho que callar, y ese me pareció el primer testimonio de su sabiduría.
En los cementerios siempre vi asomarse el lado bueno (amable, por dejarse amar) de los seres humanos; incluso a aquellos a los que les hicieron la vida imposible, después sus matadores ―físicos o intelectuales― les compensaban con una muerte llevadera.
Muy temprano descubrí que los muertos tienen mucho que callar, y ese me pareció el primer testimonio de su sabiduría.
En los cementerios siempre vi asomarse el lado bueno (amable, por dejarse amar) de los seres humanos; incluso a aquellos a los que les hicieron la vida imposible, después sus matadores ―físicos o intelectuales― les compensaban con una muerte llevadera.
Pero ya he cruzado, cual espalda mojada, la frontera: me voy desmexicanizando y dejo de ser un cuate, porque me han cambiado aquel paisaje.
Desde que veo que aun en los camposantos se trafica con flores recicladas de una tumba a otra hasta que ellas mismas mueren de cansancio, sin afiliarse a un muerto; desde que sé que las lápidas desaparecen físicamente aunque no vayan al Cielo; desde que oí que respetables difuntos son irrespetados al despojárseles de las obras de arte con que otros los despidieron de este mundo; desde que concluí que en aquellos predios el amor es un finado a menudo mendigando paz, tan solo un poco de paz para descansar... veo los cementerios con ojos cementados.
Parece que en ellos resucita Comala, la caótica Comala. Sin la magia de Rulfo, muchos vivos hoy juegan a ser Pedro Páramo. Poco a poco les robamos ese reino. Lo conquistamos y colonizamos ―si hace falta, quitándoles la muerte a los rebeldes―, extendemos hasta allá nuestra algarabía mientras los espíritus preguntan si habrán de iniciar, de vuelta, el viaje de Juan Preciado. Los muertos más suspicaces sospechan que, quién sabe, a lo mejor esta es la hora de regresar a El llano en llamas.
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