Que el folclor está lleno de atractivos. Los turistas desembarcan en cualquier punto de mi Isla sin previo aviso y, casi siempre, casi todos, vacíos de humildad. Lo primero que desempacan es la cámara de video. Porque un turista puede no tener pasaporte y no llevar puesta camisa, pero siempre llevará, adosada a su cuerpo, una cámara de video con que mostrar a su vuelta unos cuantos nativos captados en Las Indias.
Con su cámara nos graban en exóticas escenas: pedaleando pesados triciclos que llamamos bicitaxis, a bordo de rústicos camiones (in)adaptados al transporte público, calentando un aromático cáncer con la magia de un habano que no acaba o haciendo, para comprar cualquier cosa que quizás sirva para algo, luengas colas que a menudo terminan en el trámite complejo de la muerte.
Algunos cazadores de estampas más afortunados logran grabarnos para su posteridad en esas escenas irrepetibles en que perdemos la calma y gritamos más de lo debido y hasta manoteamos frente a la cara de un “enemigo” circunstancial que en 24 horas habremos abrazado.
O son testigos de un piropo desafortunado ante el paso de una mulata descomunal, o tienen la gran oportunidad de reportar para Discovery Channel que también en Cuba la gente sabe llorar. Es por eso que más de un mister, más de un don y algún que otro monsieur resultan tan humildes que prefieren alojarse en nuestras incómodas viviendas para ver la forma deliciosa en que vivimos.
Con justicia lo reconocen: somos nosotros el producto más valioso de esta Isla en extremo singular. Es tan bello el panorama mestizo de mi Isla que yo quisiera proponerles a los misteres dones monsieurísticos se queden con los bicitaxis y los camiones, se muden de veras a mi casa, hagan mis colas por mí y dejen que esos ómnibus inmensos de cristales oscuros que no saben del calor recojan en las mañanas mi relajado cuerpo de huésped en un hotel que alumbre cinco estrellas... para entonces inspirarme y escribir mi crónica del folclor.




