martes, 8 de marzo de 2011

El nudo en la red

Me cabrea esta mentira de las redes sociales que nos amarran sin haberlas tejido. Estamos tan contundentemente juntos que jamás nos vemos las caras ni juntamos las manos,  aunque pinchen por miles amigos sin rostro y sigan por miles seguidores sin rastro.

Vayan mis mensajes casi fichados, mis llamadas de pescador pescado: yo permuto todo Facebook por los labios de ella, yo negocio todo Twitter por el gesto de él. Estamos tan huérfanos de abrazos, tan áridos de palmadas, tan analfabetos de besos... que industrializamos a clickazo limpio los brazos mancos, las palmas sin manos, las bocas sin su rubor.

Estamos más cercados que cerca. El internauta es un rehén en el internado rectorado por la máquina.Tan solos estamos que nos inventamos nubes de alivio para sentirnos próximos como gotas, pero hay un pequeño detalle meteorológico: aquí también, amigos míos, cada vez llueve menos.

lunes, 7 de marzo de 2011

Espías

Siempre he sentido que los libros me leen, por eso decido con mucho cuidado cuál comprar sin que ello amenace el anonimato que a pie de firma suele acompañarme. Resulta que mientras los repaso, entretenido, los escritores, curiosos como son, aprovechan para enterarse de mis cosas.

Tan discreto y taciturno como parece, Rulfo es el que más me sabe: el compadre jalisciense domina al dedillo vida y milagros de este cubano desconocido que después de leer El llano en llamas y Pedro Páramo hubiera jubilado a unos cuantos miles de escribientes mal disfrazados de escritores.

Claro, uno de los que yo siempre libraría del paro es García Márquez, apto ya —por mis lecturas suyas— para escribir mi biografía monótonamente impublicable. Kafka está al tanto de que en mis días malos suelo volverme Gregorio Samsa; Onelio Jorge a veces me pide prestada mi Candela para narrar, junto a la hoguera, las mentiras de su cuentero Juan; Galeano me lee, agudo y criticón, desde mil ventanas abiertas como venas y Monterroso siempre ha estado seguro de que cuando el dinosaurio despertó ya yo no estaba ahí para esperarlo.

Ciego solo en apariencia, Borges condena en prosa y versos mi cerebro poco memorioso; Martí me recluta para riesgosas expediciones por sus dos ríos de diarios y Dostoievski me ofrece a cada rato una plaza vacante de Raskolnikov que yo aceptaría si antes no me hubiera ido a ensartar molinos como copiloto de El Quijote, mandado por el gran manco.  

No es paranoia: otros me espían desde su falsa identidad de artistas de la letra, pero estos son los que más cerca pisan mis talones. Créanme, pese a su supuesta pose distraída, sus adormecidos músculos y metáforas de la paz, los escritores son gente bastante peligrosa y aunque yo no sea uno de ellos les recomiendo, por si las moscas, que no lean nada de lo que escribo.

viernes, 4 de marzo de 2011

Los 7 pecados capitales del cubano

Algo hay de cierto en que la soberbia nos ha llevado a creernos campeones de la lujuria, en que ciertas gulas de avaricia son culpables inconfesadas del impío retrato de nosotros que circula por el mundo y en que la envidia —que no mata, pero mortifica bastante, según acuñamos en célebre frase— nos provoca mucha ira mientras a la pereza nos encanta tomarle su gustico.

Pero aquí esas son faltas veniales, indisciplinas permisibles ante el sagrado Reglamento. Lo que ni el mismísimo Dios pudiera perdonarnos a los cubanos es que, dueños de una isla casi tan bella como su santísimo Reino, incurramos en estos pecados mortales:   

No querer nadar, contando con cinco extremidades: dos fuertes brazos, dos firmes piernas y un infinito brazo de mar.

No saber remar, a pesar de que el Creador nos puso enfrente una costa suave donde los peces están más a la mano que los panes.

No comer pescado —falta emparentada en línea directa con la anterior—, cuando nos sobra apetito y contamos con ofertas que serían plato de lujo en París.

No pasear en barco, ignorando las ventajas que para el cuerpo y el alma ofrece el primer vehículo de esta humanidad que muy temprano dijo ¡Basta! y empezó a navegar.

¡No ir a las playas, señores...! como si no supiéramos lo cerca que puede estarse en ellas de esas nietas de Eva que por algún lugar de la evolución redujeron el órgano que menos usan: la ropa.

No tener en casa suficiente sal, pese a que salación nos sobra y a que las olas pudieran traernos los paquetes hasta la despensa misma.

No aprender a zambullirnos, un pecado de veras curioso, porque en ocasiones alguno de los otros seis, o todos juntos, hacen pensar a un cubano casi penitente: ¿qué tal será tirarse de cabeza contra esa pared tan azul como las olas? 

jueves, 3 de marzo de 2011

Yo, Hannibal Lecter

Si llenara mi vaso con un jugo sacado en ayunas a la primera sonrisa de lunes de esa mujer…
 
Si sirviera en mi plato la ensalada de azúcar de sus pechos milimétricamente rebanados con el filo de fuego de vistazos oblicuos…
 
Si lograra que sus ojos me miraran, ciegamente propicios, oculares turistas —alojados con todos mis gustos pagados— en la copa ubicada como Norte magnético al centro de mi mesa…
 
Si pudiera catar con calma y con colmos esos muslos crujientes, al seguro trincados con tridente de dedos…
 
Si consiguiera que su voz hecha música concluyera mi cena con un:
 
—¿(Me) quieres más…?
 
Entonces, lo juro, yo diría que en este jodido mundo la comida ha mejorado. ¡Sustancialmente!

martes, 1 de marzo de 2011

Retrato

El reportero, llegado desde algún sitio del mundo donde muy bien debió haberse quedado, sacó en seguida sus aparatos de tortura y atacó al ermitaño:
 
—Descríbame la soledad…
 
—No puedo, no la conozco… por esta casa nunca ha pasado nadie.