viernes, 14 de octubre de 2011

"Labana"

Labana es un monstruo hembra, tan bravo que vive trepado en la mismísima cola del caimán y no cae al agua, aunque sean fuertes los zarandeos. Y acá lejos, en el interior de un país donde se suele creer que el "exterior" está en su propia capital, la gente de tierra adentro interroga al paisano que tuvo la suerte de visitarla: ¿Cómo está Labana? ¡Cuéntame de Labana! ¿Verdad que en Labana…? ¡Labana es tremenda!

Sí… al que más y al que menos le interesa el estado de ese bicho cerrero y seductor que los seres de provincia debemos tranquilizar con las ofrendas más disímiles: lo mismo plátanos verdes que maestros primarios, da igual si es el queso gouda o jóvenes policías… valen todos los tributos, porque los pide Labana.

Que no cesa su apetito: como si no bastara con ese par de millones de cubanos que dormitan insomnes en su panza, día a día la fiera sigue succionando gente. Hace poco me ha robado un hermano: “Se lo tragó Labana”, es lo que respondo a los amigos cuando preguntan por él. No hace falta más detalle; ellos entienden.

Sé que mientras pasen los años  ella le matará las eres de su boca, le secuestrará articulaciones del habla, le alterará su tiempo y mudará los acentos de sus comidas, lo enamorará con su láctea ubre de erótica urbe, le azulejará el equipo de pelota, le despojará de esa calma calmosamente camagüeyana y tal vez hasta le atraque en pleno día alguna que otra bondad...

Pero voy a resignarme ante su marcha. Sé que, en el fondo, se ha llevado uno mío porque Labana, el monstruo invencible, anda reclutando hermanos.

jueves, 13 de octubre de 2011

El explorador

Estaba solo, huérfano hasta de cielo, en aquella inmensidad. Bajó del estribo, comprobó en su mochila la lista de aditamentos y empezó a caminar. Anduvo durante horas arenosas en el circular laberinto del caracol hasta salir de su concha, cansado y temeroso.
 
No quiso darse el lujo de un receso. Como señalaba en perfecta descaligrafía el mapa de su amigo médico, a unas millas encontró una trompa que, en efecto, resultó pertenecer al ermitaño, un tal Eustaquio, condenado por siempre a la soledad de los ecos.
 
Ya en la choza del hombre, atravesó el vestíbulo, se asomó por la ventana oval y divisó un paisaje sordo, surrealista: una hélice, un hueso temporal, un martillo...
 
El martillo... No tuvo que pensarlo. Tomó en sus manos el pesado martillo y, reuniendo alientos, golpeó con fuerza los robustos tímpanos. Había cumplido su misión: viajó hasta allí para gritarle en su oído a aquella mujer cuánto la amaba.

martes, 11 de octubre de 2011

Sal en el bolsillo

Aunque no soy el clásico amanuense de la RAE, el mío es un salario etimológico: abundante de sal y seco de monedas.
 
Mi vida es un columpio: a veces me creo millonario y a veces me siento un indigente. Puedo obtener a precio de sonrisa carísimos servicios de este mundo, en cambio mi bolsillo se derrumba cuando mi hijo me pide algún juguete.
 
Tengo tanto seguro… pero si lo traduzco a otras carteras mi salario no llega a pobre diablo. Sépanlo todos: esta modesta Cuba salva gratis las vidas que llenó de luces sin cobrarles, solo que a la hora de celebrarlo hay un problema colosal y barato, digno de interrogar enciclopedias.
 
Es una paradoja extraña —como todas— que el país que más se da pague tan poco.  También sépanlo todos, por si acaso: mientras hacemos mil cuentas de familia y ajustamos una balanza de ingresos mitad tan loca, medianamente cuerda, yo seguiré soñando que dono a gusto una porción enorme de mis sales para que un día llegue el día en que por fin me suban el salario.

viernes, 7 de octubre de 2011

Otoño

Se supone que debiéramos estar en otoño. Pero en Cuba no hay otoños. No es que se los llevaran; es que jamás los trajeron. Los españoles no nos mostraron el suyo, los yanquis nunca nos introdujeron las hojas de esa estación y la difunta soviética ―algo tosca, pero siempre dadivosa con la Isla―, no se percató de que un poco de su oceHb no nos vendría nada mal. Bien que lo admito: fabricar un otoño es algo que excede las fuerzas de un cubano.
 
Claro que entiendo. El otoño es un trozo de tiempo de nariz respingada que usa espejuelos y reloj de bolsillo y convoca a un buen té de horas exactas. Vaya, lo que se dice un tío muy fino él. ¿Qué haría un país tercermundista con un otoño de esos, tan plástico, tan bien vestido,  tan elegante...? ¿Para qué más ramas al viento en pueblos donde tanto más ya está cayendo?
 
Solo que en esta caliente parodia de tiempo de seca y lluvia, de lluvia seca y quizás viceversa, a menudo uno se pone exigente y pretende que la nieve se atreva de una buena vez a invadirnos, precedida por ese comando de hojas paracaidistas que los que viajan el mundo llaman otoño.

martes, 4 de octubre de 2011

Error

Una semana después de verlo partir rumbo al mar, los dos niños vieron la silueta a contraluz y salieron corriendo a recibir a su padre. Llegaron sofocados y alegres y, a cada flanco, se hicieron dueños de un punto cardinal del viejo: uno, capitán del Este; el otro, almirante del Oeste. Sin embargo, algo andaba mal. Los muchachos se miraron nerviosos y, sin previo acuerdo, salieron en estampida.  Aquellas manos no eran ni la sombra de las manos de su padre; les faltaban muchas llagas para eso.