lunes, 4 de julio de 2011

Un trueque

Hace solo unas horas, en  algún lugar de Cuba, me regalaron un premio. Como suele pasar, envié el trabajo a concurso con más ilusión que esperanza, y ya se sabe el abismo que media entre esas dos estaciones.

Por supuesto, la anécdota tiene cola. A pocos días del cierre de la admisión, el trabajo estaba varado en Camagüey, víctima de las viejas tecnologías de la incomunicación, más eficientes todavía de lo que la mayoría de la gente quiere creer.

Pero como siempre hay un pero, y no todos los peros tienen que ser villanos, pasó por mi ciudad nuestra un viejo amigo que honra con firma clara y firme verbo el periódico más querido de Cuba. Y amigo como es, de los que no necesita publicármelo cada día, aceptó llevar a La Habana el sobre en el cual, apretado con otros, viajaba escondido del sol, como emigrante ilegal, mi personal “competidor”.

Él lo tomó en sus manos, lo llevó consigo por más de 500 kilómetros y lo entregó a tiempo como se deja un hijo propio a la puerta de la escuela. Según declaró el jurado, mi hijo ganó. Me dio algunas alegrías y me hizo dudar unas cuantas cosas más de mí.

Pero de nuevo hay un pero que contarles. Cuando leí la noticia final en  su mismo periódico rebeldísimo, me enteré de que mi amigo Ricardo Ronquillo Bello fue Mención en la categoría de mi premio. Y pensé de nuevo en su siempre creciente lumbre de alma, esa que le conocí en los tiempos oscuros de una beca santiaguiera. 

Por eso sé, contra lo que dijo el jurado y publicara la prensa, que en el acta final le cambiaron el nombre a nuestros hijos.

lunes, 27 de junio de 2011

Objeción

Aquel picapleitos de mucha espuela no tardó en ripostar:
 
―¡Protesto, señor juez! Desde que comenzó este juicio, la Fiscalía plantea la pregunta en un orden completamente perjudicial para mi defendida porque  pudiera redundar en una predisposición subliminal de los miembros del jurado a favor del otro querellante. Yo exijo que en adelante el conflicto se discuta así: ¿Quién fue primero, la gallina o el huevo?   

viernes, 24 de junio de 2011

Paréntesis

(                                         ). Todo eso que está dentro del paréntesis definía a mi abuelo Carmelo. Murió muy joven, cuando mi padre era apenas un adolescente, de modo que yo no tuve el privilegio de su cariño. Parece una maldición familiar: así como no le conocí a él, mi hijo no conoció a mi padre, de modo que en días de cielos vangoghnianos me pregunto si la vida me dejará acariciar un nieto con estas manos que hoy tocan el teclado.

Carmelo era zapatero remendón y solía (                               ); así impresionó a María, esa abuela mía que, pese a su nombre de virgen, le dio 16 hijos… y le hubiera dado más. Dicen que una vez, su última vez, él sufría una gripe severísima y le pidió a ella le preparara el baño, que se dio el lujo de recordarle la camisa nueva que debía hacerle y a poco se acostó a su lado.

Como hacía miles de mañanas, en la del otro día también amanecieron juntos, pero formalmente separados por la muerte. El tiempo pasó y pasó, y se llevó en varios tajos a mi abuela, a mi padre y a casi todos mis tíos, pero no puede borrar este creciente paréntesis donde yo siembro las abortadas caricias de Carmelo (                                     ).  

miércoles, 22 de junio de 2011

La estatua y el busto

Una madre pasea con su hijo por el Parque Agramonte. Se detienen frente a la estatua magnífica en que el caballo, ajeno a la muerte instantánea, en combate, del jinete, olvidó levantar su otra pata delantera incumpliendo los cerrados códigos de la posteridad.

Conversan tranquilos. El niño hace bien su papel de niño y pregunta, pregunta, pregunta.... sin pausas y hasta sin signos. Quiere saber quién es esa mujer que, aun delante de El Mayor, parece convocarlo a espolear el pesado corcel y a seguir peleando por Cuba sin mirar qué enemigo se le plante en frente.

Casi todo el que pasa por allí sabe que la dama de bronce es la Patria, con angustia y bravura, con escudo y bandera, con ternura y fiereza, pero la madre del muchacho le contó esa tarde una historia inédita, deslumbrante... y hasta erótica:

―Esa es Amalia Simoni, la esposa de Ignacio. Pero no la mires mucho, que tiene las tetas afuera. 

viernes, 17 de junio de 2011

El viaje

Llegó muy atrasada, como casi todo, como casi siempre, pero lo que importa es que por fin está. Se entretuvo lejos, mojando otras tierras, llenando paisajes, madurando frutas de formas exóticas que seguro nunca yo voy a probar.

A veces, incluso, manchó en roja sangre sus manos de espejo por llevar distante, demasiado lejos, la vida de alguien a seco lugar. Pero de repente, al fin, reparó en nosotros y hasta nuestra casa ya quiso volar.

Inició su viaje en nubes de segunda que en las concurridas calles que cruzan los aires cedían el paso a nubes de ricos que suelen pasar. “En aquella limosina cúmulo tan nimba viaja tal magnate ―reportaba un ángel en Tele Celestial― y en el cirro yate que a la izquierda flota una movie star con su nueva chica comenzó a flirtear”.

Así, pasajera única de tren miserable, sin línea y sin prisa, varada tan alto, nuestra nube pobre solía esperar. Pero ya ha llegado, pero ya la trajo, con truenos chispeantes nos hace mirar que esto que nos moja un árido junio no es sueño y sí lluvia, la lluvia que abril dejó para mayo y mayo, sediento, negó regalar.