lunes, 24 de julio de 2017

La Otra

Tras un viaje intenso, más en el tiempo que en el kilometraje, volví hace poco a Santa Cruz del Sur y, a poco de llegar, salí a buscar a Marina. A la distancia, la saludé alegre y ella, que barría el portal de esa casa suya donde se esconden trazos de mi infancia, no parecía compartirme el entusiasmo.

Aunque breve, la sensación dolió, pero tal nube se fue del todo cuando entendí, en el abrazo que nos dimos, que solo fue un tropiezo de sus ojos, aquellos ojos pícaros de antaño que ya no dominan las distancias más largas.

«¿Cómo está “mi Otra” madre, la que me queda en Santa Cruz?», le pregunto mientras estrecho con cuidado de hijo un cuerpo que, en mi ausencia, el tiempo se ha atrevido a lastimar. Y ella sonríe —adolescente a los 77— y me relata cómo entre Dios y un montón de médicos la sacan del bache cada vez que un infarto la visita. Ahí le recuerdo que no puede enfermarse mientras recuerdo a Gera, su novio eterno que alguna vez se fue al cielo en barco dejándonos a muchos varados en un largo dolor.

«Usted y Gera…» intento decir lo que me callo y que ella entiende sin escuchar. Viuda de pescador, dueña ella misma del nombre más costero que pueda suponerse, Marina Díaz sabe arponear las emociones y empieza a recordar cómo crecí en su patio, entre los suyos, flaco diabillo en short, descamisado y a veces sin zapatos, escalador furtivo de esa misma mata de mango que 40 años después vuelve a tentarme, pródiga de amarillos.

Marina me pregunta por mi madre, la verdadera, que un día brincó la costa y se fue a vivir al norte… a Nuevitas, claro. Le cuento que la brisa de allá ha gastado el rostro meridional de mi vieja, pero que sigue en pie, dura espigona que ancla las naves de siete hijos.

«¿Cómo está ella?», repite, y le riposto reviviendo los dulces de grosella que Marina hacia en cazuelas enormes, en su cocina. Le recuerdo las almendras robadas de sus matas y, sobre todo, aquel patio milagroso flanqueado de caracoles donde paseaban en plena libertad iguanas y jutías, jicoteas y pájaros raros como un cao que se robaba lo inverosímil para «la causa» de su nido.

He llevado a su casa la marea de ayer. Marina escucha. Pese a su fragilidad, es la mejor copiloto en mi máquina del tiempo y por momentos anduvo en ella a tal velocidad que se veía, feliz, incluso más joven que yo.

De vez en cuando, hacía otra pausa: «¿Y cómo está tu mamá?», preguntaba por mi vieja «oficial» —con quien yo acababa de pasar el Día de las Madres— cual si ignorara que yo estaba allí, como el amante clásico, para ver a mi «Otra», que era ella misma.

Juntos barrimos las hojas de los años. Por momentos —¿sería el polvo?— alguna ola se nos trepó a los ojos hasta que sellamos la tarde con otro abrazo. Me despedí de ella y, en lo que yo comenzaba a andar, me llamó de nuevo: «Cucha, Enry… es un sinsonte…! Volví la cara: Marina Díaz barría con calma nuestro portal.  

martes, 2 de mayo de 2017

Entre Facebook y el cielo


Es muy probable que Facebook sea el cuarto gran océano del mundo. ¿O el primero…? Puede gustar o no, pero está ahí, bullente y vital, incluso para aquellos que viven en la mediterraneidad absoluta de la desconexión. Asomado con mayor o menor frecuencia, uno lo mismo tropieza con bolsones de plástica frivolidad que encuentra en una nota, una mínima nota, el poético oleaje de la existencia.

NolanStrong es el nombre de una página de Facebook en la que se hicieron a la mar del diálogo al menos un cuarto de millón de terrícolas, atentos a las fotos y a los textos, a los «stickers» y emoticones que ilustraron, con manos maternales, el diario de un terrícola pequeño, casi adicto —como tantos de su generación— a YouTube, a las animaciones de su tablet y hasta a una poderosa pistola Nerf de juguete con la que pudo matar a infinidad de malos. Menos a uno.

NIÑOS CON ALAS

Nacidos en una, los niños tienen todas las patrias. Son patrimonio del mundo, como los ángeles. Y su esperanza, como escribió una vez alguien que sabía todo de ellos. Nolan Scully vio la luz en Leonardtown, Maryland, pero en solo cuatro años supo saltar de un click amoroso todas las fronteras.

Viendo algunas fotos, cualquiera erraría: pudiera confundirse con simple malacrianza —un ataque de «mamitis», dirían en Cuba— la postura del muchacho que no quiere separarse de su madre, al punto de seguirla al baño y esperar, acurrucado en la alfombra, que ella acabe de ducharse. Pero no… al contrario, es un ejemplo supremo de apurada madurez. Un caso raro, como su enfermedad.

POLICÍA Y BAMBINO

Nolan no dormía bien, pero soñaba a gusto: quería ser policía o bombero, como su padre Jonathan, que apaga fuegos en Leonardtown. Facebook mostró al chicuelo en su sala de ingreso, con uniforme y placa: «Sargento Rollin Nolan», rezaba su chaqueta.

Desde entonces, no pocos le llamaban «Sargento Nolan». La policía y los bomberos lo nombraron oficial honorario. Así, sin más, un solo niño, cual las medallas, prendió en los pechos de medio mundo ese fuego hermoso que nadie quiere apagar.

OTRO SIGNO DE CÁNCER

No, no hay «anestésicos» periodísticos para el término. Desde sus tres años, Nolan Scully padeció cáncer, concretamente rabdomiosarcoma, un mal extraño que, atacando sus tejidos blandos, lastimaba los hilos sensibles de la parte de la especie humana que sabe que en los brazos de un niño siempre hay un par de alas que cuidar.

Frágil de cuerpo, el pequeño mostró audacia de policía y coraje de bombero: luchó por 15 meses, aunque al final, cuando los tumores comenzaron a oprimir su corazón y acosar sus bronquios, respirar doliera. ¿No es una trampa adulta que tomar aire se torne en juego doloroso?

DESPEDIDA Y JUEGO

Ruth, su mamá, estuvo todo el tiempo a su lado. Y también viceversa: muchos preguntan quién cuidó a quién; ellos sabrían. «No tienes que luchar más», dijo la madre cuando solo quedaba sufrir, y como un sabio el pequeñín dio la respuesta de su vida: «Pero lo haré por ti, mamá».

Nolan Scully murió al fin en una noche del pasado febrero. Fue un niño estadounidense. Pudo ser de China o Australia, de Panamá o Argelia, de Indonesia o de Cuba. Fue nuestro, porque todos los niños honran las arcas del mundo.

No era un chico cualquiera. Por un instante, Nolan se atrevió a revertir el coma irreversible para dar un «¡Te quiero!» a su madre. Poco antes, cuando esta le dijo que ya solo podría mantenerlo a salvo en el cielo, el muchacho la tranquilizó:

«¡Entonces me iré al cielo y jugaré hasta que llegues! Porque vendrás, ¿no?».