viernes, 20 de diciembre de 2013

Palabras de bronce


Bueno, periodista, yo creo que ya es hora de que cambiemos los papeles: por aquí pasa todo el mundo y Subirat les habla de mí; gente que viene quién sabe de dónde y el Subi les cuenta maravillas mías. Con usted vamos a hacer una excepción: yo le voy a comentar cosas de él, de Norberto Subirat Betancourt, porque él no será una escultura, como yo, pero tiene una historia muy interesante.

Ahora lo retratan al lado mío, con un periódico en las manos, pero en buena parte de sus 80 años él tuvo muy poco tiempo para leer en un banco. Ya se ha hecho un símbolo de Camagüey, sin embargo nació en Bacallao, en la finca La Redonda, cerca de La Vallita. Vino para la ciudad en 1952 y, según me ha confesado en esas tardes en que vienen pocos turistas y podemos hablar más, en sus tiempos tuvo que comer mucha harina de maíz seco.

En fin, que había leído muy poco periódico, pero imagínese usted que una importante creadora vaya a su casa y le proponga que pose para ella, que quiere hacerle una escultura en la Plaza de El Carmen. ¿Quién va a decirle que no? Y si es Martha Jiménez, la gran artista ceramista, mucho menos. Eso cambió la vida del Subi, y también le embelleció la existencia a miles de personas que se quedan admirados con lo que encuentran en esta plaza. Seguro que usted también, ¿verdad?

Martha quedó satisfecha, y a Subirat nunca se le achica la alegría; si por él fuera, le daba un Premio Unesco todos los días a esta mujer que lo invitó a leer para siempre un periódico de bronce. Dice la artista que lo escogió por sus rasgos; es que él es nieto de canarios. Resulta que ella se propuso mostrar en estas esculturas costumbristas nuestra riqueza cultural. Y así se ven cerca de mí tres negras gordas, las únicas chismosas que caen bien en un barrio, se ven los enamorados que no se pelean y Mata'o, el aguador que aunque murió con 96 años todo el mundo cree que sigue vivo. ¡Es que el arte hace milagros!

Sigamos con Subirat. Nunca lo he visto pedir, pero ningún dinerito que puedan regalarle lo marea. Sin ser el vigilante de la plaza está arriba de los muchachos para que no rieguen ni se suban en las esculturas. ¿Qué otra cosa puede hacer, si está enamorado de Camagüey? “La Habana será la capital, pero Camagüey... Camagüey es una belleza”, me comenta a cada rato, mirando las dos torres de la iglesia.

A Subirat han querido conocerlo turistas rusos, norteamericanos, españoles, canadienses... y a todos les cuenta cosas de la ciudad y de Martha, la mujer artista que lo parió dos veces en la misma plaza: primero en marmolina, y ahora en bronce. Él está seguro de que va a ser eterno en este rinconcito, “la plaza me insiste que mejor representa al pueblo. Subi confía en que los camagüeyanos del futuro sabrán el nombre del viejito que leía el periódico en El Carmen.

Ese es, periodista, Norberto Subirat Betancourt, el modelo que inspiró lo que soy. Publíquelo así, porque él los quiere a ustedes; dice que en una ciudad vieja como esta los periódicos son los que anotan el acontecer. Se pasa la vida deseándoles salud y bendiciones porque, para él, todo el que defienda a Camagüey se merece una escultura.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Crónica policial

Veintiocho años después, los expedientes se empeñan en repetirlo. En todas partes, el hombre pensaba en una mujer imaginaria que ya (aunque él no lo sabía) era mujer pero había dejado de ser imaginaria. La mujer, la no imaginaria imaginada, se acercaba, hecho a hecho, al destino seguro de aquel galán jamás cruzado en su camino.

Él la soñaba (ella era) hermosa, delicada, deliciosamente fragante… Apenas podía reprochársele una leve inclinación, a estribor, de su sonrisa, en cambio el detalle daba a sus labios un toque marinero. Solo faltaba que la vida juntara los pedazos; era cuestión de esperar el día X.

Y casi llega, solo que un poco antes (el día W, para ser policialmente exacto) un conductor soñador, con la cabeza perdida del volante, atropelló a una desconocida en la avenida. Dicen que era una mujer increíblemente hermosa, que ni el olor de la muerte pudo robarle la fragancia.

Los médicos forenses no la han identificado todavía. Al examinarla, les llamó la atención aquella boca sensualmente escorada, como mecida en un velero. Por más que buscaron, solo encontraron en su cuerpo una sonrisa inclinada a estribor por unos pocos grados.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Hipocresía y perdón

Hasta el primer día de su muerte, Nelson Mandela recordó el profundo daño que le hicieron. “No puedo olvidar, pero sí perdonar”, escribió alguna vez esta estrella que se apagó tempranamente, apenas con 95 años luz de cercanía a la galaxia mejor que nos alista.

Pareciera que todos le hubiesen querido. Cuando su dura cabellera ya era escarcha comenzó el desfile de doctorados Honoris Causa y hasta el Nobel de la Paz fue a su vitrina, pero no le hacían mucha falta: ya él tenía el apodo de Madiba, título honorífico otorgado sin ningún papeleo por los viejos del clan con el que la gente le obsequiaba. Mandela portaba, además, la condición de Nobleza natural ganada en su tierra.

El mundo simuló regalarle mucho cuando había dejado que los racistas le quitaran 27 años de su vida tan solo por ser pueblo. Su excarcelación fue una demanda de activistas de aquí y de allá que mantuvo indiferente a la mayoría de los gobernantes de las potencias mundiales.

Esa Casa Blanca que ahora dice lamentar su partida lo mantuvo registrado como terrorista hasta julio del año 2008. Y antes, la CIA había dado las señas de cómo capturarlo. Londres, que tampoco quería saber de él, lo vigilaba.

Madiba no se rindió. Salió de la cárcel en 1990 levantando esas manos que no recordaban cómo acordonar zapatos. Es que fue todo el tiempo un reo descalzo.  Salió y apenas puso un pie en la calle ya era presidente: nadie tenía más autoridad que él, de modo que su proclamación en 1994, que tampoco le hacía falta alguna, fue mero formalismo. Ejerció un período como jefe de Estado y, en gesto muy suyo, dejó el poder pese a que todos sabían que podría continuar.

Los que le mintieron abrazándole, los que le premiaron sin cariño, los que le “editaron” en noticias los amigos que tenía y usaron sus frases solo a media lengua, los que se fotografiaron con él para bañarse gratuitamente con su blanquísimo halo, los que, en fin, requirieron 27 años infinitos para “enterarse” de su altura, no tienen qué temer. Hace mucho Nelson Mandela les advirtió que no olvida, pero les anunció que sabe perdonar. ¡Cómo no iba a saberlo un hombre que antes de dejar la cárcel abrazó a quienes le habían encerrado! 

martes, 26 de noviembre de 2013

El zumbido de una J.


Imagino que a Finlay su célebre J. ya lo tenga bien jodido. Casi nadie sabe nombrar al sabio. Casi todos adulteran sin permiso la decisión de nuestro ilustre coterráneo cuando, ya adulto, por los tiempos en que su hijo Carlos Eduardo también se hizo doctor, optó por añadir a su firma de Carlos la letra inicial de su primer nombre y aprobar obras y papeles con el muy conocido Carlos J. Finlay. Pero ver la rúbrica estampada no nos da derecho a leer “Carlos Juan”.

Su nombre era Juan Carlos, Juan Carlos Finlay Barrés, aunque muy pocos parecen hacerle caso. Bueno... no puede decirse que él fuera un hombre afortunado en eso de ser escuchado. Pese a sus estudios en Europa y Estados Unidos, pese a su título del Jefferson Medical College, de Filadelfia, pese a su práctica consagrada, sus contemporáneos padecían con respecto a él una terrible hipoacusia: no le oían en absoluto.

En 1868 propuso medidas sanitarias ante una epidemia de cólera en Cuba. No le hicieron caso. Y en otro "frente" acumuló por veinte años pruebas contra el Aedes aegypti. No le hicieron caso. Más de uno se refería a él como “el loco de los mosquitos”.

Miles de muertos después fue escuchado finalmente y sus recomendaciones resultaron vitales en la erradicación del azote de fiebre amarilla tanto en Cuba como en Panamá. Sin su aporte, el vapor Ancón (que el 15 de agosto de 1914 cruzó primero que ningún otro barco el socorrido Canal) estaría aun fondeado del lado del Atlántico, porque en la época de los trabajos de construcción Panamá era un febril enjambre amarillo.

Algunos norteamericanos le hicieron la guerra del despojo de su descubrimiento, por fortuna conjurada, pero no se equivoquen: la aceptación de su teoría y el otorgamiento de ciertos cargos y agasajos no cambió del todo su sino de hombre “descreíble”. Más de una vez su nombre fue recomendado para el Premio Nobel de Fisiología o Medicina y los responsables se hicieron los suecos ante su candidatura, privándolo de una condición más que merecida.

Yo supongo que en el nivel de los sabios donde le habrán ubicado tras su muerte en 1915 para mantener la inefable sanidad celestial, el científico sufra con desconcierto este último tropiezo comunicacional, derivado de una pésima inferencia entre su firma y su nombre. Porque, desde encumbrados especialistas hasta grandes comunicadores, muchos se empeñan en hablar de “Carlos Juan Finlay”, a menudo con el tono de quien dice las cosas de modo fino y correcto.

—El genio Carlos Juan Finlay... —insisten y, creo yo, el genio alisará sus abundantes patillas preocupado, pensando que otra vez un fulano, ahora, para colmo, de nombre muy parecido al suyo, le quiere escamotear sus méritos.

Infinidad de publicaciones reiteran el error. Hasta la poderosa Wikipedia lo tiene registrado así: Carlos Juan Finlay. Pero no vayamos tan lejos, la mulatísima EcuRed, esa enciclopedia cubana que aspira, como es menester, a ser más cubana y más certera que otras fuentes si se trata de Cuba, abre su texto sobre la figura con el nombre trastocado antes de colocar en la semblanza esta perla que merece un ingreso hospitalario: “Nació en Villa Clara (actual ciudad de Camagüey, en la provincia del mismo nombre)”. Yo me quedo pasmado, pensando que ni en ese año de1833 en que ambos territorios eran parte del Departamento del Centro, ni nunca, Camagüey perteneció a Villa Clara. Lo dicho: Finlay no es lo que llamaríamos un suertudo, ni siquiera ahora que se le reconoce de veras.

Si no queremos decirle Juan Carlos, digámosle Carlos J., pero no innovemos en nombre ajeno. El zumbido de una J. mal leída puede provocar elevadas calenturas, por mucha sangre escocesa y francesa que se lleve en la raíz. Que un cubano es un cubano, por muy epidemiólogo que sea. El error se trasmite cual fiebre amarilla. Solo que esta vez no se puede culpar a los mosquitos.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Invasores

Veo el titular en un periódico: Mamíferos invasores, una amenaza a la biodiversidad, y comienzo a leer. Resulta que han entrado a Cuba, por debajo del telón, unas 30 especies de ilegales de ese orden biológico que se han establecido en los ecosistemas menos imaginables e impusieron su ley a ejemplares locales que a menudo resultan demasiado nobles para luchar (ya se sabe que los cubanos somos en extremo cordiales con los extranjeros).

En fin, la nota refiere casos de bruscas intromisiones y algunas de sus consecuencias, sin embargo me llamó la atención que no dedique una línea, ni siquiera una, al invasor más notorio, ese que por un lado comienza a afectar nuestra típica biodiversidad porque rompe la clásica armonía corporal de las mujeres de la Isla y, por otro, causa ahogos irreversibles en más de un hombre criollo. Lo cierto es que en los países donde ha atacado, este mamífero aniquiló la variedad del paisaje.

Dicen fuentes no oficiales que el intruso a veces llega de China, a veces entra de Europa, yo no sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que, instalado en el pecho de las criollitas, el siliconis eroticus podría desaparecer del mapa el frágil equilibrio ecológico que nos quede.

lunes, 18 de noviembre de 2013

El elogio destructivo


Supongo que hayamos sido los cubanos los inventores mundiales de eso que todos llamamos crítica constructiva. No se refiere a la exposición de criterios profundos sobre la construcción de edificios (que tendría mucha pared por donde cortar) sino a la manera, por ejemplo, en que se puede dar fustazos en la espalda de alguien esperando que dicho torso muestre artísticas rayitas dignas de figurar en un catálogo.

Yo pienso que la crítica es la crítica y -parafraseando cierta sentencia popular sobre la técnica- sin crítica no hay crítica. Porque cuando empezamos a buscarle apellidos, le pasa a esta señora lo mismo y lo contrario que a Doña materia: se transforma en otra cosa... pero se crea y se destruye. Casi siempre, donde se intenta una crítica constructiva quedan una crítica destruida y un chapucero ileso.

Hablando de destrucción, también en este campo podemos plantar patente. 
Con solo 15 años, mi hijo Daniel acaba de incursionar en el elogio destructivo, una especie de contrafigura de la dama a que aludía. Resulta que el sábado él fue a mi casa, a vernos, a conversar y a buscar, en mis no muy poderosos “archivos”, datos para estudiar sus muy poderosas tareas.

Estaba en casa mi hijo, la visita más importante que puedo recibir, así que previamente tuve que ir al mercado a dejar que los verduleros me hicieran sin jeringuillas otra severa extracción de sangre. Mientras Daniel estudiaba preparé el almuerzo lo mejor que pude y al mediodía, sentados juntos a la mesa, le comenté en un ataque de autocrítica constructiva:

Dany, no quedó muy rico, ya sabes que Papá no aprende a cocinar. Eso sí, está hecho con amor.

A esa hora, por supuesto, yo esperaba una palmada a mi esfuerzo y un diploma a mi cariño, pero los muchachos siempre nos dejan chiquitos.

No te preocupes, Papi, está sabroso -respondió mi hijo llenando mi autoestima, para en un instante rematar-... ¡comparado con el que dan en la escuela...!

domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi madre al teléfono

Hoy hubiera llamado a mi madre. Pero ella no está en su casa y allá donde ha ido no tiene un teléfono desde el cual escucharme. A una madre se le llama en cualquier fecha, pero hay días en que me urge cambiar la mano con que cargo el planeta y requiero que su voz me inyecte fuerzas supermánicas.

—¿Cómo estás mi’jo? –dirá ella invariablemente, mas el lugar común a mí me sabrá invariablemente a palabra florecida.

Bienaventurados los aceros humanos, los hijos sin nervio. Lo que soy yo, cuando siento que el encargo que tengo sobrepasa mis fuerzas hablo con ella de las cosas más nimias y resuelvo en la charla dos problemas: por un lado fortalezco mi espíritu con su limpia corriente y por otro le regalo exigencias que saben a caricia:

—¡Cuídese mucho, Mima…!

Yo la trato de usted; soy un hijo jurásico… lo ha pensado de mí más de un contemporáneo. Muy temprano en mi casa invertimos las sílabas, y allí donde casi todo cubano dice Mami, democráticamente optamos por el Mima. Nosotros, siete “tús” diferentes cual urgentes brochazos de arco iris, también nos pusimos de acuerdo para honrar su estatura diciéndole “usted”.

Tan certeros anduvimos que ahora que está así, demasiado viejita para mi susto, ahora que se reduce por la extraña fuerza de gravedad que parece podar a los ancianos, ahora que nos sentimos persuadidos de que la vida le escamoteó el premio que merece, ella se ve más alta y más grande a los ojos de nuestros corazones.

Tanta charla no resuelve el problema, ya lo sé. Este tiempo de texto debió ser otro diálogo telefónico porque hay días sin brújula, sin velas y sin viento en que de poco valdría tener el mejor barco. Hoy la hubiera llamado. ..

No tengo remedio; la engaño porque soy un ser cuidadosamente imperfecto: casi siempre mi madre cree que llamo para saber de ella, cuando en realidad llamo para saber de mí. Sin su guía naif no sé por dónde ando. Tal vez ella se asombre de la simple llanura de mi conversación, de mis temas sin cresta y mi tono tranquilo que linda en el bostezo.

A menudo la llamo para oírme en su voz. Casi nunca le planto dolores en el auricular y de vez en cuando me doy incluso el lujo de la broma para que Mima no sepa que alguna vez su hijo, tan hombre, tan serio, tan sobrio y tan crecido, cuando cuelga se acuerda de llorar.    

jueves, 14 de noviembre de 2013

Dictamen forense



Nunca mostró apuro; mucho menos interés por el asunto, sin embargo acaban de enterrar, a sus 97 años, a Pastora Yuani Sayús. Ya sin vista, pero con intactas ganas de bailar, esta guantanamera singular se llevó su música a la muerte, tal vez con la idea de poner a la Parca —tan aburrida que es esa abrigada señora— a bailar changüí.

Allá por los años '70, cuando muchos de nosotros aprendíamos a leer, una letra todo música inundaba la Isla: “Pastorita tiene guararey conmigo, yo no sé por qué será...” Eran Los Van Van, de Juan Formell, que se llevaron el texto de las lomas orientales y lo regaron por el mundo, convirtiéndolo en el changüí más escuchado.

Roberto Baute lo había compuesto; no para seducir a la mujer, como suele creerse. En realidad él se había enamorado de Petronila, la hija de Pastorita, y parece que a su suegra aquel enlace, marcado por 20 años de “ventaja” del novio, no le gustaba ni un poquito. De manera que tal vez la esquela musical fue hecha para la madre pensando en la hija. En todo caso resultó, porque la propia Pastorita dijo en su momento: “Él compuso la canción para hacerme sentir bien, y con el tiempo me gustó tanto que la bailé muchísimo”.

Música más, palabras menos, Baute era, según la Pastora, un negro alto que halaba una guitarra endemoniada y podía conquistar a cualquier hembra.

El changüí es cosa seria. Como en las grandes historias, un litigio de autoría se dirimió en la Ley, que finalmente, en 1976, proclamó los derechos de Baute.

Soy Pastorita, la del guararey -dicen que dijo la mujer mientras entraba al tribunal, a testificar o a bailar, que para el caso era lo mismo. Y Cuba siguió de fiesta.

Pastorita había nacido en 1916, pero solo en el año 2003 los cubanos nos enteramos de que habíamos estado bailando una mujer real y no una abstracción de autor. Tal fue su vida sumergida, a pesar de la risa y la cintura. La enterraron el martes mientras todos cantaban su himno personal. ¿De qué murió? Es sencillo imaginarlo: seguramente sufrió un ataque irreversible de guararey.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La lágrima y las vacunas

Hasta finales de los ‘70 yo iba a aquella tienda una vez al año: siempre a inicios de julio, cuando después de un democratísimo sorteo en la bodega a la vista de todos los vecinos, mi madre nos llevaba, por fin nos llevaba, a comprar juguetes según el número que nos había tocado en suerte. Nunca alcanzamos un turno “bajito” que nos permitiera llevar a casa una de las tres o cuatro bicicletas que vendían por año, pero jamás nos faltó un juguete atractivo: chinos, japoneses, soviéticos… el mundo cabía en una vidriera. Y después era cosa de ponerse a jugar, todos los fiñes juntos, sin exclusiones.

El tiempo, que me regaló unas canas que jamás le pedí, hizo lo suyo. Los niños de hoy nacen con 13 vacunas aseguradas que les evitan enfermedades ya desterradas y ahorran a las familias lágrimas incalculables que nunca hacen falta, mas los peques, que siempre son sinceros, no pueden decir que alguien les garantice un juguete barato, de manera que el sorteo actual es de otro tipo: quien tenga más, comprará aparatos de fantasía a sus muchachos; quien lleve  menos, tendrá que enseñarles temprano a cantar la ronda de la resignación.

Pero esa es otra historia. Voy a seguir con mi tienda, aquel local desvencijado, que jamás nadie se ocupó de pintar, era para muchos de nosotros el más hermoso del planeta Juego. Mis carros de cuerda, mis barcos, mis pequeñas granjas y mis pistolas salieron indefectiblemente de aquella vetusta casona de dos pisos plantada al borde del mar.

Solo cuando crecí alguien me contó los detalles. En su juventud, mi tienda había sido una dama heroica. Así, con su estampa modesta, con su piel quebrada y su vocación de anciana dadivosa con los niños, ella fue el único inmueble que quedó en pie cuando el terrible ciclón de 1932 marcó en Santa Cruz del Sur la peor tragedia natural de toda Cuba.

Fue una mañana como la de hoy, 9 de noviembre. La tradición hace que los santacruceños desfilen ese día hasta el cementerio del pueblo en continuado homenaje a los más de 3 000 muertos. Yo no he marchado; nunca he estado allá para esta fecha. Generalmente, como hoy, ando en asuntos menos luctuosos en la muy mediterránea ciudad de Camagüey, pero aun aquí, a 80 kilómetros de mi mar, pienso en la tragedia.

En días como este rememoro, tanto como a las víctimas de carne y sueño, a esa otra mártir de madera que cayó muchos años después, fulminada por los vientos del abandono: mi tienda de juguetes, la casona curtida que olvidó sus dolores de solitaria sobreviviente para vacunar a los muchachos de mi época con 13 ámpulas de alegrías que duran toda la vida.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Crímenes de la belleza


Tanto se le ha cantado a la belleza que acabamos por no ver el arma blanca que porta bajo su alma colorida. 

Sus técnicas de ejecución no son novedad: arponea las miradas, reduce a cero la voz, adormece toda fuerza, anula la voluntad y obliga a su víctima de turno, por los días de los días, a perenne reverencia. Más acá de la suerte, más allá de la muerte.

Yo la vi de frente una única vez. Yo, un soldado sin nombre de Troya, intenté alejarme de esa luz, o mirarla de soslayo, como dicen los sabios deben mirarse los eclipses, mas al cabo terminé como tantos condenados: buscando su imagen cegadora y tierna.

—Pero tú no eres Paris -me dijo con su silencio la dueña de la belleza.

Tal fue el fin. Esas son las señas de mi muerte. Los aedas no mostraron interés en ella. Nadie va a recrearla en versos eternos. Ningún guerrero de vuelta la contará a una reina que bajo asedio teje los hilos de la paciencia. Recuerden que no soy Paris.

No obstante, quiero alertar a otros ingenuos impresionados: en este planeta de fieles adoradores, la belleza ha matado más que todas las guerras juntas. Aun en humeantes trincheras, la foto de una distante Ella supera el calibre del misil más contundente. ¿Por qué nadie la ha denunciado todavía? Porque a su paso, la belleza no hace prisioneros ni deja sobrevivientes.

miércoles, 30 de octubre de 2013

El examen de Dios


Tal vez ocurrió porque caminaba por la Avenida de La Caridad, pero el asunto es que, la tarde del martes, una anciana pequeña asaltó mi mano diciéndome:

Me engancho del primero que pase.

Así, sin más ni más, enganchada su izquierda a mi derecha, seguimos andando y los pasos alentaron sus palabras:

No sé por qué Dios me pone esta prueba. ¿Tú crees en Dios?

No –le respondí-, pero no lo tome a agravio; realmente no nos vendría nada mal un Dios por estos lares.

Yo sí creo, pero a veces flaqueo. A veces no me siento capaz de pasar su prueba.

El camino avanzaba. Además de afirmarle el paso, yo quería aliviar la angustia de aquella antigua mujer de porcelana, mas no sabía cuál era su pena.

Usted tiene una fuerza que a mí me falta; tiene su fe –le dije para animarla.

Es cierto, mi’jo. ¿Cuántos años tienes?

Cuarenta y seis.

Ah, naciste la otra tarde –acotó sonriendo.

Pero yo la veo fuerte todavía –le dije mitad sincero, mitad optimista.

Ya son 87. Esta fuerza es solo física, porque en lo espiritual…

Su voz se fue quebrando. Habíamos andado unas tres cuadras y sorteado un par de vehículos al paso demorado de sus piernas. Ella iba a visitar a un hermano. Al llegar a una casona vetusta y señorial lo llamó:

Orlando, ven acá. Este joven me trajo.

Orlando tenía cara de haber enterrado tantos diciembres como ella. Me preguntó de dónde conocía a su hermana y le contesté que apenas de 10 o 15 minutos de caminata. Nos intercambiamos los nombres y los muchos gustos y él, que viajó desde algún país del más allá para visitar a los suyos, me comentó que actos como el mío le confirmaban que Dios existe (en esa parte no pude dejar de preguntarme si él estaba al tanto de los cálculos dificilísimos que el Creador le pone a su hermana en los cuadernos).

Me despedí: le dije a la viejita que cuando me viera de nuevo no dudara en secuestrar mi mano; es más, se la hubiera dejado de haber sido posible. Seguí camino a casa sin saber mucho del Cielo ni de sus aposentos. Llegué, pero no he podido quitar de mi cabeza la pregunta: ¿cuál será la prueba divina que inquieta a aquella anciana?

martes, 29 de octubre de 2013

Periodista AAA


Conocí a Luis Hernández Serrano hace muy poco, allá en Cienfuegos. Como los salmones con sus huevos, los cronistas cubanos remontan cada año los caminos sin ríos de la Isla para depositar en Cienfuegos sueños que un día eclosionan en nuevas estampas.

Los cronistas debían mudarse definitivamente a Cienfuegos; debían cargar sus anotaciones de nervio y acuartelarse en esa ciudad, en franco amotinamiento contra la abulia y la grosería que tanto entretienen a tantos en estos tiempos de cóleras. Luis pudiera ser allí nuestro vigía, un Rodrigo de Triana, porque nadie toparía primero con los hechos.

Luis es el periodista más pequeño de Cuba. Pocas veces he visto a alguien proclamar con tal vehemencia su estatura. “Tengo apenas cinco pies”, aclara el colega sugiriendo altitudes y uno, que le ha leído unas cuantas revelaciones, entiende claramente: solo cuatro pies de avance y uno de repuesto pueden explicar la velocidad de búsqueda, hallazgo y presentación que este reportero tiene para las historias novedosas.

Frente al vasto museo de la noticia, pocos como él pueden decir que han visto y cazado ejemplares vivos. Luis lo consigue, en efecto, porque tiene cinco pies mientras el resto de sus colegas no tenemos más que dos.

En Cienfuegos, les decía, se hizo pasar por menudo, pero llevó sus libros, cantó y contó, nos dejó enterarnos de sucesos de asombro, regaló décimas, mostró (en una época de ocultamientos que sugieren filmes de espionaje) parte de las claves de su éxito como detective de esencias y entonces muchos, que para colmo le conocíamos la firma, dudamos de su pretendido pulgarcismo.

Yo tengo que agradecerle más. Que pasados sus 70 aquel maestro de la información en Cuba soltara su maleta y me saludara con mi nombre (¿de dónde lo sacaría?), que me obsequiara uno de los cinco libros que llevó y hasta me revelara en primicia fraterna el notición de interés mundial que va a publicar solo en unos días, al final de la primera semana de noviembre, es mucho para quien solo viajó a reencontrar amigos.

Yo tengo que agradecerle que de los bolsillos minúsculos de su clara guayabera brotara tanto afecto gratuito y que se detuviera a conversar con el invitado presuntamente mudo del encuentro. Hablamos de periodismo, de Cuba, de su paso por mi tierra y de mi hijo, de modo que mi interés estaba garantizado.

No sé por qué, en algún momento el maestro insistió en regalarme dos pilas para mi grabadora. En principio le dije que no, pero él (recuerden que tiene cinco pies) impuso su fuerza de titán. Y volví a mi Camagüey con pilas que semejan fotos suyas, pilas que son el símbolo de quien me las obsequió: un periodista lapicero, un colega triple A, un vulvo que en poco espacio carga la poderosa energía que solo lleva el amigo que se encuentra en el camino. Un grande, he de decirlo, aunque a Luis esa palabra no le sea familiar.

sábado, 12 de octubre de 2013

¡Quién fuera…!

Siempre la emprendemos contra la infeliz: si queremos humillar a un cobarde, le decimos su nombre (humillándola a ella); si comprobamos que sus paticas anduvieron por la cocina, comenzamos a dudar de todo comestible; si a ella se le ocurre creerse la Carta de la ONU y salir a pasear por la casa, empuñamos en seguida una chancleta alqaída que, no más consumada su misión, nos provoca revolturas de estómago y hasta vómitos.

En fin… ha tenido millones de años para darse cuenta de su baja popularidad y de que se comenta que es lo peor, sin embargo no parece importarle. Sin ser valiente, sin ser hermosa ni mediática, de algún modo se hizo dueña de uno de los pocos chalecos de supervivencia para el día en que un gobierno de intrépidos mancebos y modelos fantásticas apriete el aséptico botón de la guerra nuclear. El día en que todos querremos ser cucarachas. 

martes, 8 de octubre de 2013

Expedientes Ch


No, la causa de la grandeza descomunal del Che Guevara no es genética ni biológica. Ni siquiera ideológica. Es un accidente meramente astronómico, totalmente estelar. 

Ahora que han pasado 46 años debe revelarse: ¿No recuerdan aquel abultamiento a la altura de sus cejas? Por ahí vino la cosa. 

Un día en que en el cielo, sin insignias, él soñaba hombres nuevos, una estrella le rompió su cañón y, atrapándolo, se le incrustó en la frente. 

Desde entonces, sometido a la incesante expansión del universo, el hombre astro no deja de crecer.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Tercas rodillas

Señores, seamos justos: a veces hay que reconocer la razón del contendiente. Pese a lo que decimos en Cuba, el Gobierno de Barack Obama tiene un sólido motivo para desatender las dolencias físicas de Ramón Labañino, uno de Los Cinco cubanos condenados en Estados Unidos por infiltrar grupos terroristas que son carne y uña de la Casa Blanca.

Ramón padece una artrosis degenerativa que deforma sus rodillas y les hace cada vez más difícil mover un cuerpo de seis pies y doscientas y tantas libras. Lo ha denunciado Elizabeth, su mujer, y también Laura, una de sus tres hijas, quien en reciente declaración sobre el tema conmovió todo una Isla.

Obama pudiera tomar nota: dicen los familiares del reo que a este fortachón cubano que algunos llaman El Oso la enfermedad le ha robado casi ocho centímetros de altura y, como si los barrotes no fueran obstáculo suficiente, caminar se le ha vuelto un tránsito de dolor.

Pero en honor a la verdad hay que reconocer que el diagnóstico está rodeado de “peros” y de objeciones: a este hombre, que como Martí llevará por siempre las huellas de la prisión, se le recuerda entrando al tribunal con las manos en alto en símbolo de victoria y se le ve sumergido en el yoga o haciendo ejercicios físicos. En pleno encierro, Ramón suma amigos, lee un libro, busca la escucha de noticias cubanas y pelea sus únicas reyertas: las de ajedrez.

Contra lo que sugiere su encarcelamiento injustificado, Ramón Labañino mantiene al Norte de sus rodillas el sueño de abrazar a cada cubano, un esfuerzo millonario. Entre las muchas suspicacias, sin embargo, la que más pudiera desconcertar a Obama y a sus doctores es que, con todo el peso que cargan, la artrosis degenerativa no haya podido doblegar esas rodillas. 

Ramón es muy terco: no ha querido enseñar a arrodillarse a sus rodillas. ¿Habráse visto incultura mayor de unas rodillas? En Cuba, la rectitud de rodillas parece enfermedad nacional, rara epidemia. Un cubano arrodillado sería otra cosa; por un cubano arrodillado, seguramente hasta el señor presidente hubiera buscado ayuda.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ciudad en pantalones

Ya lo sintió en carne propia el filoso Pedro Navaja: la vida nos da sorpresas. Acabo de enterarme, por la nota de un amigo, de una disposición interesante que rige en nuestro Camagüey, la bella ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Miren ustedes: resulta que en el centro histórico de nuestra apacible urbita de casi 500 años y poco más de 300 mil inquilinos no se puede uno pasear en short porque corre el riesgo de ser multado. 

Quien no me crea debe saber que puedo demostrarlo: un bicitaxista, que no por gusto se llama Cándido, fue cogido in fraganti pedaleando por la ciudad con las piernas desnudas como si tal cosa. En su defensa debo agregar que, por muy cándido que pudiera ser Cándido, el hombre indagó lo suyo, porque no entendía la medida.

No se alarmen; yo no pienso exhibir a plena luz este par de canillas que Dios me dio con generosidad y un poco de lástima y que, de tan flacas, integran el patrimonio intangible de la ciudad, pero he ideado un proyecto para auxiliar a quienes pretendan infiltrar sus extremidades peludas en tierra de pantalones.

Algo que pueden hacer es conseguirse un GPS que les avise el momento exacto del paseo en que se aproximan a esa zona de 55 hectáreas declaradas Patrimonio  por expertos de la Unesco muy dados a los shorcitos. ¿Qué hacer cuando a mitad de una cuadra el aparato comience a pitar? Fácil: en ese momento abren la mochila que prepararon para el cambio y allí, en plena calle, se ponen el largo esmoquin antimulta hecho a base de cuero de vaca, vinil, lona velera y hule petrolero.

Lo otro son los turoperadores extranjeros: hará falta sugerirles que informen a los potenciales viajeros a Camagüey que no coloquen en sus maletas nada de piezas de patas cortas. ¿Por qué? Porque si a un mulato oriundo de la ciudad se le sanciona el atrevimiento, yo supongo que al pálido visitante que muestre sus pantorrillas entre el Tínima y el Hatibonico la insolencia le cueste unos cuantos euros.

Pese al plan tengo mis dudas: ¿pueden o no los niños? Porque un niño privado de short es apenas un enano. Entonces, ¿se permitirá el short hasta una edad o hasta una altura? Quizás una cinta métrica ubicada en la antigua Plaza Mayor pudiera marcar el salvoconducto de aquellos menores de 1.60 metros, por ejemplo. ¿Que su muchacho es joven, pero espigado? ¡Pues que madure… póngale unos pantalones!

Está también lo de la igualdad de género. Me imagino que, si Cándido fue multado, cualquier día empiecen a llover las multas para esa legión de Cándidas que, con toda inocencia, colocan la línea de flotación de sus shores cada vez más alto, en franca zona de pesca.

De todos modos, puede que buena parte de este proyecto sea innecesario. Si a fin de cuentas no se permite usarlos, lo más pragmático sería avisarles a los gerentes de las tiendas de la zona más céntrica de la ciudad que no pierdan tiempo mercadeando piezas cuyos compradores están de antemano impedidos de ponérselas.   

Un sencillo bicitaxista de Camagüey se quedó sin entender, pero seamos optimistas. Tal vez los expertos en artes y ciencias de la Unesco se reúnan por nosotros en un gran cónclave y alcancen a ver las sublimes razones de esta normativa. O quizás un día nos den el premio del estoicismo por renunciar al short justo aquí, donde el trópico no puede más de calor. Nunca se sabe.     

jueves, 12 de septiembre de 2013

Ojo vago

Por fin fui a graduarme la vista. Mi vista no parece una chica muy lista que digamos: se ha graduado cuando estoy a días de cumplir 46. Reconozco que llegué un poquito tarde, pero al menos puedo decir que ya tengo dos títulos: el que me dio la universidad y el que certificó un hospital.

–Su problema -explica amablemente la oftalmóloga- pudo haberse corregido hasta que tuvo ocho años, más o menos.

Así que, más o menos, me retrasé unos 38 años en llegar, pero ustedes saben que el transporte no anda muy bien por estos lares. 

La doctora me revela el nombre de mi mal (ambliopia anisometrópica) y, quizás por delicadeza, evita aludir al apelativo más conocido: ojo vago. Bueno, si es mi ojo tiene que parecérseme, y yo no soy lo que se dice un vanguardia nacional del sindicato; por el contrario, más bien estoy intrigado por saber de dónde sacó su espíritu mi ojo izquierdo, el trabajador.

Les cuento. La ambliopia anisometrópica es la disminución visual de un ojo sin que alteraciones orgánicas lo justifiquen, lo que impide una correcta visión binocular. El cerebro, que casi siempre se las da de inteligente y casi nunca es imparcial, privilegia a su “bombillo” sano y relega al otro, sumiéndolo en progresivo desempleo.

Mientras la especialista me hablaba yo entendía mejor por qué en antiguas sesiones de práctica de los domingos de la defensa me destaqué como el peor tirador y cierta vez hasta fui expulsado de la línea de disparos (imaginen que justo a la pupila derecha confiaba el alza y la mira) con los muy pocos honores del caso.

Leí algo. Resulta que, en efecto, si hubiéramos descubierto el asunto en mi niñez, tal vez tapándome el ojo “bueno”, el izquierdo, entonces el diestro holgazán hubiera tenido que mirarse por sí mismo los frijoles y aportar algo a mi paso por el mundo. A mí, que muy temprano me sentí atraído por las historias de piratas y barcos y de tesoros que jamás encontré, un parche en un ojo no me hubiera caído nada mal.

Ahora es absolutamente tarde. De hecho, los pronósticos para mi faro de estribor pudieran no ser graciosos. Espero los espejuelos que me indicaron con la certeza de que Don Izquierdo es el Lazarillo de su hermano gemelo, el zurdo es el tipo materialista que lee los anuncios y cuenta mi salario exiguo, pero prefiero entenderme con el derecho, ese ojo callado que aun tropezando jamás renuncia a soñar.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El maestro y la pregunta

Un viejito, me avisan, pregunta por mí a la entrada del periódico. Voy a verlo: es Tomás. Acabo de publicar un trabajo sobre la Escuela Vocacional de Camagüey mezclando recuerdos de mi paso por allí con orgullos por la entrada de mi niño, y Tomás va a verme, encorvadito y altivo, porque dice tener una duda.
 
Tomás fue el segundo en la lista de profesores de la Vocacional de inicios de los ‘80 que mencioné en mi crónica. Delante del suyo, solo escribí un nombre: Erlinda. Erlinda y Tomás, los profesores más veteranos de entonces, siempre honrados, siempre honrosos, siempre sencillos y humanos. En las fechas hondas, ambos vestían impecable dignidad florecida en sus medallas.
 
—Erlinda murió, y también Mariano, pero los otros están vivos –me explica en lo que añade detalles de algunos de ellos.
 
Antes de que la pena se pose en el sofá, aquel anciano que nunca me dio clases pero que jamás me negó ejemplo, me pregunta con cara de niño de dónde saqué los datos: “Es la vida en mi cabeza; no hizo falta preguntar”, le explico.
 
Entonces, a sus ojos vuelve la chispa del maestro y sonríe, por un instante sonríe y su rostro adquiere esa luz que no debiera faltar nunca en las personas que han enseñado, pero que en su cara no sugiere permanencia.
 
Parece que mi estampa alumbró pedazos entrañables en biografías ligadas a nuestra escuela. Como si ejecutara el regreso del padre pródigo, Tomás me revela que el 18 de septiembre cumplirá 88 años, que vive en la calle San Esteban, que allí tengo mi casa...
 
Al ratico el anciano anuncia su marcha: Le acompaño a la puerta y sostengo con celo de cirujano su espalda arqueada bajo la camisa ya no del todo limpia y ya del nada impecable.
 
El viejo Tomás me contagió su soplo de emoción y por puro milagro escapé al mimetismo de dos lágrimas que quisieron asomar de sus ojos solo para conocerme. Le di un abrazo de fortísima mesura y lo vi marcharse calle arriba por la rota acera de Cisneros mientras me dejaba la única pregunta mala que le he escuchado:
 
—Vine porque quería saber cómo era posible que un alumno se acordara de mí.

viernes, 30 de agosto de 2013

El Premio de un pupilazo

Los buenos blogueros, que a menudo son gente que anda el mundo sin un quilo en el bolsillo, se regalan un Premio por estos días. No, no hay dinero en la jugada, pero el asunto tiene un tono de abrazo que hace que cualquier puja valga la pena.

Les cuento: un día, navegando en el aire como suelo hacer, di con Rosana Berjaga y sin pensarlo una vez amarré su bitácora al hocico de mi caimán. Después descubrí que ella echó unas bolitas de pan desde su blog hasta el mío y le comenté a una amiga: “Está loca esa muchacha, mira que ponerme nada menos que al lado de Segunda cita”. El tiempo pasó, parece que se volvió cuerda o que este caimán cerrero se desenlazó con un coletazo y ya no estuvo ahí, pero el hecho es que la Rosana tuvo a bien sorprenderme de nuevo al nominarme para este premio de afecto que se llama Liebster Award y que yo le agradezco tanto como si lo mereciera o como si alguien fuera a dármelo.

Disciplinado como quiero ser, primero respondo las preguntas de Rosana.   

1)    Tu palabra favorita…
Límpido (a).
2) Un personaje que te parezca ha sido inspirado en tu vida
El hombre invisible.
3) Cinco verbos preferidos
Escuchar, compartir, honrar, buscar, amar...
4) Cuéntame un secreto
De niño leí muchos clásicos policiales y, como le pasó a Don Alonso con las  novelas de caballería, llegué a creer que sería detective privado. Ese fue mi primer interés vocacional. Menos mal que no me dio por coger una bicicleta y salir a La Mancha...
5) Si pudieras reencarnar en un escritor/a famoso/a, ¿a quién escogerías?
A Juan Rulfo.
6) Lo que más te identifica de tu país.
El mar y la constancia de la gente, valga la redundancia.
7) ¿Soledad o blog? ¿O las dos cosas?
No sé, pero un blog puede ser la primera compañía.
8)    Una causa que defenderías sin pensarlo dos veces
¡Arriba el que sufre!
9)    Una persona por la que darías tu vida (no se vale la familia)
Aquella que al menos una vez, pero de veras, haya llorado o reído por mí.
10)      Esta es una pregunta comodín: declárale tu amor a algo o alguien
Le diría: ¿Recuerda aquello que un día le escribí? ¡Lo mantengo todo!
 11) Si pudieras escoger un lugar para morir sería…
La casita de la calle Paula, el sitio donde todo comenzó a tener sentido para mí.

Bueno, la cosa no para ahí. Las bases exigen que el nominado nomine (esto parece una asamblea del Poder Popular) 11 blogs de pura raza y exponga sus porqués. Estas son bitácoras que yo cargaría si un día nos sorprende el apagón virtual. Díganme si no tengo buen gusto.

Me llevo conmigo:
Botellas al mar, de Leydi Torres, un blog que recibe y despide con la letra mejor: un abrazo.
Un pedacito de Mar, de Marian Velázquez, original en cada molécula.
Ojos a la N, de Nyliam Vázquez. La caligrafía auténtica de la ternura.
Microcrónicas, de Yuris Nórido, lo sencillo que conmueve, en pocas líneas y con una arquitectura especial.
Patria y Humanidad, de Luis Sexto. Un maestro que demuestra a los ciegos que sí: pasados los 60 se puede ser también un bloguero extraordinario.
Tintineos, de Yaíma Puig, por seducirnos con lo común que nos engrandece.
Cuba profunda, de Gisselle Morales, todo un ejemplo de que se puede pensar hondo con apenas veintipico.
La dicha verdadera, de Yanetsy León, una apuesta sobria y elegante por las raíces.
Cuba Juan, de Juan Morales. Lección patriótica, un blog de hermosos detalles de terruño.
Poesía de Isla, de Liudmila Peña. Una mujer con lupa busca en Cuba los versos de la vida. 
Los otros ojos de Eva, de Melissa Cordero, un espejo a un sui géneris mundo interior.

Claro, los que armaron el Premio Liebster sugieren que los autores de estos blogs que yo escojo respondan 11 preguntas que se me ocurran. Realmente, yo sé que muchos son tan buenos que serán nominados varias veces y no tendrán suficiente tiempo para este pregunteo y este formulario que parece trámite para viajar al extranjero, pero estaría feliz si alguno nos contara, por ejemplo:

1)    Si hubieras podido escoger tu nombre, ¿cómo te llamaríamos hoy?
2)    ¿Te pareces más a tu blog que a tus padres?
3)    ¿Qué es lo más loco que has escrito hasta ahora, más o menos...?
4)    ¿Y lo más cuerdo que te hayan comentado...?
5)    Te suceden muchas cosas, pero no todas se convierten en un post. Dime tres rasgos que deba reunir una historia para hallarla en tu blog.
6)    La palabra más repetida en tus post es...
7)    ¿Y la que nunca piensas escribir...?
8)    ¿Qué es lo que más te ha dado tu blog: lectores que te buscan, enemigos que te atacan, amigos que te quieren?
9)    ¿De qué manera te aseguras de que los amigos que encuentras aquí lo sean de veras?
10)    Hablando de amigos: menciona cinco de ellos, o seis o siete, en los que ves plena concordancia entre el escribir en sus blogs y el hacer en sus vidas.
11)    Yo creo en la rebelión de las máquinas y de la tecnología. Mi pronóstico: un día tu blog sabrá más de ti que tú mismo(a), decidirá tomar el mando y escribir sobre ti. ¿Qué te gustaría que dijera?



jueves, 22 de agosto de 2013

Hilos de infancia

Supongo que a todos nos persigue la infancia. La mía lo tiene más cómodo: me atrapa muy fácilmente porque, con mis problemas de huesos, muy poco puedo correr. Y así, a cada rato una historia del pasado detiene mi apuro y me ordena:

—¡Vamos a conversar un rato!

Hace poco, mirando lo que le pasó a mi Daniel en un intercambio de regalos con los niños de su aula, sentí como nunca que la vida es un círculo: igual que a él, muchos años atrás a mí me dejaron esperando mi obsequio.

Estaría en tercer o cuatro grados, de modo que no pasaría de los nueve años. Mi familia, más pobre que la sequía, hizo sus esfuerzos para que yo llegara esa tarde a aquella escuelita de Santa Cruz del Sur con un presente, pero el alivio me duró poco porque la niña que debía regalarme no fue ese día, ni el otro, ni el otro, ni el otro…

Esta tarde miraba un documental muy premiado hace una década. Me impresionó la historia de una solitaria pastora de carneros: mientras los animales hacen un verde festín, ella, trepada en un árbol, teje maravillas, mitad con sus manos, mitad de sus sueños.

Por un instante vi en aquella cara el soplo de brisa conocida, pero la hondura de la historia me impidió distraerme. Solo en los créditos finales, que uno lee para honrar en silencio a quien hace algo valioso, comprobé que aquella tejedora que la televisión devolvió al mundo era, en efecto, Nancy Barreiro, la niña que hace unos 36 años dejó una enorme espera en mis manos.

A veces, con todo y sus achaques óseos, es uno quien debe perseguir su infancia para enmendarle las grietas. No importa cuánto ella corra; en esos trances, debemos alcanzarla y exigirle:

—¡Escúchame tú…!

Esta tarde, mientras conocía por primera vez la historia de la pequeña Nancy, mientras me enteraba por sus labios que una madrugada se escapó de casa para irse con su abuela al campo y allí cuidarla, aprendí a apreciarla y sospeché que en aquella fuga pudo perfectamente irse a bolina mi regalo.

Pero no: cuando le vi el amor a sus animales y aprecié sus tejidos embelleciendo el viento cual banderas de paz en el potrero, cuando leí en su vida la rara poesía que escriben los dolores, cuando entendí que aun exiliada en el monte por pura voluntad la civilización tuvo que ir a mirarla y a indagar sus porqués, me di cuenta de que aquella pequeña rubia y colorada que alguna vez lloró en el aula no me debía nada.

Yo he sido sin dudas el más afortunado de mi grupo de tercero o cuarto. A mis 45 años, acabo de abrir en mi televisor el portentoso regalo de Nancy Barreiro.

jueves, 15 de agosto de 2013

La música láctea


Parece que es serio: Camagüey se ha propuesto regresar a sus buenos tiempos ganaderos, no porque monte su panza de provincia mayor en la máquina de H. G. Wells (que si pasara por aquí, tendría serios problemas para mover semejante multitud de interesados) sino porque comienza a rescatar, poste a poste, la red de vaquerías más extensa de Cuba.

Se piensa en grande. En unos tres años, se aspira a rescatar del abandono, la maleza o la mediocridad productiva unas 370 vaquerías típicas y unas 500 rústicas. En su época dorada, cada una de las típicas podía entregar al año 200 mil litros de leche. Con el tiempo, las cifras mermaron como mismo bajó el nivel en las jarras domésticas.

Hace poco estuve en una de estas vaquerías: la 5-15, que en 1971 fue inaugurada por el mismísimo Fidel Castro. Ahí están las fotos en que el Comandante cubano conversa de tú a tú, como siempre hizo, con los guajiros. Uno de ellos, Oscar Castillo, le respondió que para trabajar él solo necesitaba un caballo, una montura y un lazo, pero Fidel le dio mucho más: empezó a fomentar la cuenca lechera, un proyecto como Dios manda, en caso de que el Creador se dé sus tragos de leche.

Bueno, les cuento: en la 5-15 hay de nuevo cercas electrificadas, panel solar, calentador de agua y hasta sala de ordeño con aire acondicionado. Vaya, que uno, que vive con sus zozobras, siente deseos de convertirse en "vaco", seducir a una de aquellas afortunadas y permutar para allá. Sin embargo, lo que realmente me dejó pasmado fue un detalle: las bocinas. Porque hasta ponen música indirecta para que las vacas se concentren y, como suelen decir en cámara los deportistas cubanos, den lo mejor de sí.

Todo muy bonito, pero me fui con una preocupación. ¿Qué vaca escoge la música? Porque si en la rampa de ordeño coinciden la mulatísima Rosalinda, que gusta de la buena rumba; la romántica Perla Yerbina, seguidora de la trova; la recatada Ubre Franca, amante del bel canto; y la picantosa Fogaje, fanática al reguetón, la disc jockey a cargo puede vérselas en aprietos. Es que los cubanos somos así de apasionados: un simple desacuerdo musical puede llevar a la huelga en la sala de ordeño y este hermoso proyecto de rescate pararía en un naufragio.

viernes, 2 de agosto de 2013

La agente especial


Dicen que una vez que cuatro soldados bajaban a tierra sus más de 300 libras, al general William Rufus Shafter tenían que moverlo de punto a punto en el campo de batalla acostado encima de una puerta y cargado por dos mulas que del tiro se volvieron proespañolas.

El gordito y sus men, sobre todo los oficiales racistamente sureños que llegaron a Santiago, quedaron “horrorizados” cuando el 22 de junio de 1898 se reunieron en Daiquirí con las fuerzas cubanas y vieron el cuadro de treinta años de lucha: aun varios jefes estaban medio desnudos, mal armados, descalzados... pero lo que más sofoco les produjo a los recién llegados (más que el calor del verano y que la gota que aquejaba a mister William) fue la piel oscura de buena parte de los mambises de más rango.

Ahí mismo decidieron que ese no era un buen color para pelear a su lado y comenzaron la tenebrosa exclusión de los cubanos, que apenas fueron tenidos en cuenta en el asalto final a un ejército que ya tenían a punto de mate.

No, estos cubanos no pueden gobernarse -pensaron desde entonces en inglés, ignorando un clarísimo detalle: el 80 por ciento de los combatientes mambises tenían abuelos en África.

Siempre se habla de la carta de Calixto García, pero el desagravio del agravio no fue solo su carta: una pálida muchacha que no había nacido en Cuba, pero que aquí se había instalado con todas las condiciones, entendió desde el principio que los nuevos invasores eran aun peores que los primeros y decidió actuar: ella sola ajustició a más de 2 800 norteamericanos, entre soldados, oficiales y funcionarios.

A mediados de 1900 mataba a unos 200 efectivos de ocupación por día. Hasta que consiguió lo que no pudieron hispanos ni criollos: Shafter se tuvo que llevar de vuelta a su país sus libras, su puerta y sus soldados, sobre todo sus soldados. Las mulas seguramente desertaron antes. Por todo ello corríjase la Historia: que en adelante nadie niegue que, a su manera, la fiebre amarilla fue una gran patriota.

domingo, 28 de julio de 2013

Dos hermanas

De las dos hermanas, prefiero la chica.  Es cierto: no lleva el atuendo envolvente de la otra, ni conquista con danza sinuosa, ni muestra rizos de azul esbelto; mucho menos podría caminar sobre los enormes tacones de coral con que la mayor pasea a diario por la orilla.

Pero qué le voy a hacer: con toda su miseria de muchacha de los suburbios, me gusta más ella porque, acabada la fiesta elegante en que la otra revuelve pejes gordos, la pequeña, la baja marea, nos dice de veras qué tenemos en la costa.

domingo, 21 de julio de 2013

La venganza de Troya

Acostumbrada a desconfiar, no bien pasados los primeros días del regreso de Ulises Penélope se dio cuenta del peligro: el gran guerrero ya no era del todo su marido. 

El hombre que por fin amanecía a su lado sobre el manto cuidadosamente tejido, primorosamente deshecho, debió ser burlado por alguna troyana que planeó entrar en las noches a las sábanas más blancas de Ítaca y torcerle las ganas con su vientre de vértigo, su cintura filosa, con sus ojos de lidia y sus labios de miedo. 

Ulises, el astuto Ulises, no sabía que, al volver a casa, en el pecho de querer a su reina le habían puesto un caballo de madera.

viernes, 19 de julio de 2013

Mi Congreso


Más de un amigo que quiere mi bien me pregunta por los saldos concretos del Congreso de los periodistas. Yo miro al cielo, hago como si supiera silbar y aprovecho una buena oportunidad para quedarme callado. A los más cercanos, a esos que les debo y cumplo mayor sinceridad, les respondo que no sé cuáles hubo, pero que, terminando el otro, comenzó mi congreso personal.

Así como les digo: hubo un IX Congreso general que otra vez reconoció lo que todos saben: los periodistas somos de los profesionales que, a pura conciencia, más respaldan el proceso cubano. Pero como eso no basta, yo estoy ahora mismo en medio de mi congreso. Sin palacios, sin convenciones, sin ponencias y sin quitancias.

Soy a un tiempo delegado y presidencia; me canto a mí mismo y a mí mismo me conduelo; tomo acuerdos y bebo olvidos. Me felicito y critico. Disculpen si no los atiendo como ustedes merecen: estoy usando la palabra en medio de mis sesiones. Hago ahora mismo una intervención medular. Espero que al final me sirva para algo.

lunes, 8 de julio de 2013

La firma

Alguna vez escribí de ellas. Expliqué entonces cómo a cada rato me rescatan. Sin embargo, para variar y hacer lo mismo siempre, Leydi, Marian y Nyliam saben también las técnicas de un buen secuestro.

Lo acaban de hacer. Yo estaba en casa, recién relegado (fíjense que relegado es más o menos lo contrario de delegado) de otro evento por el egoísmo de las tantas mismas veces, y ellas tres (juntas no para abusar sino para acabar rápido con mis fantasmas) me abdujeron hasta allá a puro pensamiento. Entonces resultó que, como la jurásica mascota del viejo Monterroso, estuve allí justo donde no se supuso que estaría.

Esa fue apenas su travesura del comienzo: en medio de una velada dedicada al baile, las intrépidas acapararon un teléfono para coser de nuevo los cristales de mi noche. ¡Ay de quien quisiera quitarles el auricular!  Son conocidas las inclinaciones asiáticas de Nyliam, las destrezas de Marian en judo y la tendencia de Leydi a empuñar una botella con filo cuando algún virtual conflicto lo merece.

Hay más: L, M y N me enviaron El cochero azul, un libro de Dora Alonso que por alguna razón se me escapó en la infancia, y me piden a mí, cochero silencioso, que desande con ellas la autopista de los sueños, que sea ola y trafique botellas de cariños. Yo no me sometería a tal peligro, pero qué voy a hacer si me sobornan con besos XL y abrazos infinitos.

Al pescante del coche cuelgan un contrato: se comprometen formalmente a ser tres mosqueteras y me ofrecen a mí, usual desempleado en estas cortes, ocupar la plaza de novato, nada menos que el codiciado puesto de Dartagnan. Al pie del papel, sus firmas y el espacio para asentar la mía.

Yo leo y doy gracias a quien sea que esté a cargo allá arriba por compensar cada gesto sucio con una gran grandeza. Yo leo y releo sus notas, desentraño sus caligrafías de niñas buenamente sabias. Yo pienso dónde ubicar este monumento de límpida amistad para rendirle tributo en cada aniversario cada día.

Como si llegara a palacio con la joya precisa de la reina, estoy sumergido en todo eso, armado con un bolígrafo que parece fusta celeste de cochero, espada de salvador de honras. Yo pienso, triplemente satisfecho. ¿Qué creen que voy a hacer con semejante arma…?   

martes, 2 de julio de 2013

Un tipo integral

Mis habilidades culinarias están aun por descubrirse. Hace poco compré un aguacate tan recomendado por el vendedor que uno no sentía ganas de comerlo sino de adoptarlo.

Ya en casa, para quitarle la cáscara tuve que pelarlo con un cuchillo, como si fuera una naranja.

—¡Uhhhmmm, parece que no estaba a punto! -me dije, una vez más burlado por el mercado.

Lo más curioso no fue eso, sino que a la hora de probarlo me di cuenta de que aquello sabía a mango verde. Pero no pierdo la fe: decidí pensar que todo el rollo lo produjo la versatilidad del aguacate

viernes, 28 de junio de 2013

La Historia y la muela

Es ella de nuevo, mi sobrina Chanel, que no deja de sorprenderme. Acabo de visitarla y su cariño me demostró otra vez que vale la pena sufrir la maldad circundante si el pago es seguir vivo para disfrutar a seres de su talla.
 
Chanel me encargó tareas de padre: una tarde me pidió que al otro día la esperara a su salida de clases para mostrarme su escuela. Estuve puntual en nuestra cita y al verla tomé su mano, orgulloso, como si condujera a la hija hembra que debió complementar a mi Daniel.
 
Otra vez, me pidió que le forrara un libro de texto que quería entregar impecablemente vestido para que el niño al que le tocara el próximo curso “la pasara muy bien”.
 
Después tuvo fiebre y fui con ella al policlínico. El médico indicó un leucograma, pero hacerlo no fue tan sencillo como escribirlo en el papel: casi tenemos que llamar a las tropas especiales para que aquel técnico anciano y circunspecto pudiera perforar el pulgar de Chanel con aguja de mosquito. Cuando la vi en semejante pánico la sentí más sobrina mía que nunca. ¡Qué orgulloso estuve esa tarde!
 
Chanel me repite que me quiere y antes de irme siempre le escucho la misma pregunta:
 
—¿Cuándo vuelves?
 
Eso es ya un contrato inviolable. Hay que volver, aunque sea solo para verla. Vale la pena llegar a la imprecisa edad de los tíos para recibir regalos semejantes.
 
A veces no sé si a sus once años ella es más cándida que ocurrente. Para su prueba final de Historia de Cuba me pidió que la ayudase a estudiar. Lo hice. Intentaba comentarle las notas del libro de texto. Le decía, sobre la tan llevada y raída República Neocolonial, que tratados como el de Reciprocidad Comercial ataron más a esta islita a los yanquis y la empobrecieron, entre otras desgracias, con la monoproducción azucarera.
 
—Es verdad, tío –concordó Chanel en pose de Doctora del programa Escriba y lea-, con azúcar nada más, seguro que todos los cubanos de esa época tenían caries.

jueves, 6 de junio de 2013

¿Por qué no me inyecto?

Yo no serviría para drogadicto; no solo por las drogas, sino por eso de andar con agujas. No podría llevar en el saco (bueno, tampoco tengo saco) una jeringuilla. ¿Imaginan si se dispara y me mata? 

Reparé en el asunto cuando descubrí que mi columna vertebral no quiere andar conmigo. No sé qué le hice, pero el hecho es que no quiere saber de mí, y como no encuentra recurso mejor en su rechazo, simplemente decidió dolerme. Lo hace, lo hace a conciencia en cada instante de su vida, así que los amigos me sugieren médicos, tratamientos y remedios que casi siempre terminan en un punto:

—¿Por qué no te inyectas…?

Les respondo que lo haría, pero el asunto es un poco complicado. Verán: para inyectarme un antiinflamatorio, un analgésico o algún batido de vitaminas de esos que los cubanos preparan como un coctel del bar Floridita, no bastaría con la jeringuilla y la enfermera despampanante.

—Necesitaría un psicólogo, que me convenza del indoloro beneficio del pinchazo en la parte meridional de mis espaldas. Necesitaría un psiquiatra, que reparara los daños que el impacto punzante traería a mi sistema nervioso por los próximos cincuenta años. Harían falta cuatro o cinco costureras (artistas marciales, por si acaso) que me ajustaran generosamente la mejor camisa de fuerza disponible en el mercado; y por supuesto, yo exigiría que primero me pusieran anestesia.

Porque eso es otra cosa: ¡tanto desarrollo que tiene la Medicina y nadie parece darse cuenta de que quien va a sufrir una vacuna necesita un buen sedante! De veras que sí, yo me inyectaría de buena gana, pero como me dijeron que la anestesia se pone con agujas…  

miércoles, 22 de mayo de 2013

El proceso



Seguramente la gran prensa no hablará de su desgracia: tomaba el sol en Tijuana y, sin más ni más, la secuestraron a lo alto. Luego la condensaron sin ningún miramiento para dejarla caer estrepitosamente. Cuando al fin pensaba descansar, fue esposada y detenida por agentes federales que quieren saber cómo ella, la gota de agua, entró sin documentos a territorio estadounidense.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Réquiem por una crónica azul

Mi crónica azul ayer se me perdió. Pastando la dejé… ya ustedes imaginan el resto. Hace algún tiempo la crónica no viene a mis cuartillas, parece no gustar de las carnadas que le pongo junto a la máquina de escribir —mi computadora de la tercera edad no es sino una buena máquina de escribir— y se va a cenar, y a ser cenada, en los predios de otros colegas.
 

Creo saber por qué me abandonó la crónica: por intentar sumergirme en su teoría para ciertas ponencias inciertas, por descubrir indiscretamente sus secretos cuando su esencia misma es el misterio. A ella no se le podría reparar como al motor de un auto o a la lavadora doméstica, porque se rompería definitivamente.
 

Parece que lo intenté y me respondió: se fue molesta, medio cubierta y medio desnuda, que es lo mismo y ruboriza igual. Se fue ofendida y ahora yo, que le llevo flores y le hablo de Martí y Rulfo, de Camba y Sexto, no logro convencerla. No la seduzco siquiera leyéndole dulcemente, maríamente leyéndole, los versos de la Loynaz.
 

La crónica es género orgulloso: ninguno exige tanta entrega del autor, tanta fidelidad acuartillada, tanto detalle de novios recientes. La mía, que es una sola con muchas anécdotas, viste de azul, no de mezclilla sino de cielo, que es el único tono que parece sentarle. Y azul se me perdió.
 

Yo estoy aquí, especie de Penélopo que espera que su reina escrita vuelva tras una cronisea homérica que, seguro, incluye en su periplo batallas, naufragios,  peligros, cantos de sirenas, amores y otras letras. Y tejo y destejo otros trabajos esperando que ella vuelva para evitar que nuevas pretendientes —la información formal, el reportaje de un solo tajo, la entrevista sin vista…— ocupen su espacio.    
 

Mi crónica azul ayer se me perdió. Desapareció a mi vista, mientras pastaba en mi pecho. Aunque no tengo maneras de pagar cualquier información, solo espero que, si no vuelve, haya ido a cabalgar en el unicornio de Silvio.