jueves, 1 de diciembre de 2016

Manera de morir


Aunque Cuba es ahora un pueblo en negación que no admite la pérdida física de su líder y que, por primera vez, parece dispuesto a discutir un acto suyo, la terrible verdad es que Fidel ha muerto. Desde el final de la noche del viernes la Isla ha sido un silencio sin fondo, un mutismo palpable, una pena masiva que no apela a palabras porque todas le sobran.

Quizás nunca como en estos días los cubanos, que usualmente chorreamos frases y ademanes y mostramos, ruidosos, los afectos, nos dejamos embargar por la contención y el recogimiento y confiamos en los ojos —con un brillo de variable tsunami— para contar largamente nuestra íntima historia con Fidel, cada una la misma-diferente.

Pero él está muerto. No tenemos derecho a negarle la muerte a Fidel Castro. Fidel siempre sabe lo que hace y, como dijo una vez su amigo Buteflika, va al futuro y regresa y nos cuenta los detalles. ¿Quién se atreve a negar que sea el caso? Entonces, hay que empezar por admitir que es tan grande, tan hombre, es tan cierto, que se ha muerto como uno más cuando todos le creímos eterno.

En abril nos había dado ciertas pistas: «pronto seré ya como todos los demás. A todos nos llegará nuestro turno», nos dijo en público en la clausura del Congreso, pero no nos decidimos a asumirlo. Y cumplió, como siempre. Se fue un día de noviembre al que le hemos buscado coincidencias como si ignoráramos que del primer 13 de agosto hasta ahora mismo, él no pudo cerrar un día sin gloria. En cada fecha zarpaba hacia el mañana.

Murió muy a su forma: no se fue en la fecha decidida en la agenda del imperio cercano ni en las múltiples veces que carroña vecina lo anunciara. Nos sorprendió a todos: a quienes le lloramos, lastimados, y a quienes no tuvieron más remedio que disfrazar con las ropas del odio el miedo que le tienen. ¡Grande el muerto que en su ruta vital no pierde al adversario!

De cara a esa muerte —que venció antes, mucho más que las 638 veces referidas—, Fidel habrá encarnado aquel si salgo llego, si llego entro y si entro triunfo con que mostró, del enrole del Granma al «desembarco» triunfal en plena Habana, que no sabía rendirse. Así que ya sabemos el final de esta salida suya.

Ha muerto Fidel Castro. Negaríamos su grandeza si lo privamos del nuevo desafío, el de la muerte, nunca último. Esta patria que hoy llora puede hallar un alivio: seguramente en la muerte, invicto, el jefe del Moncada prepara de nuevo la Revolución.   

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un pueblo a media asta


Es mayúsculo el dolor cuando la bandera enmudece y se para a mitad del asta. Cuando, cual madre que pierde a un hijo, se aparta desconsolada y solo atina a evocar. Cuando, transido de sufrimiento, su escudo palidece hasta fundirse en la estrella. Cuando se niega a subir el resto de su colina y aferra sus cinco franjas a una altura en medianía desde donde estar más cerca del líder que se despide.  

Que la enseña amada muestre sus lágrimas tricolores, como aquellas que vertió un infausto mediodía a la vera de Dos Ríos, parece solo el principio: en tierra, también la gente parece andar incompleta, buscando su otra mitad.

Desde el viernes 25, a cada cubano le falta un trozo: Fidel mismo nos enseñó cómo hacernos comandantes. ¿Quién puede derrotar a un país pequeño con once millones de comandantes tras un Jefe como él? Nadie ha podido. Pero ahora que el líder del Moncada toma a solas otro Granma para irse a Santiago, nos deja con la certeza de que estamos mutilados.

No hace falta palparnos: son fracturas del alma. Hay un quiebre dentro de usted y de mí, del otro y de hasta del que no ha llegado aún. Un sismo en la identidad. Un cambio climático. Un calentamiento espiritual. Nos embarga la pena; podemos proclamarlo porque solo un pueblo que pare héroes semejantes tiene derecho a llorar.

Todos los verbos cubanos se quedan en la mitad. En adelante, habremos de recuperar —como los músculos dormidos o el nervio sin conexión— las costumbres alegres. El Jefe no nos perdonaría la amargura perenne. Aunque un pedazo nuestro se ha ido con él, estaremos intactos: en su cotidiana vuelta, Fidel nos guiará, con la enseña, a lo más alto del asta.          

martes, 31 de mayo de 2016

Cuando se encoge La Habana


Parece que a mí, que no la conozco, ya me sirve cierto estribillo musical que dice «la Habana me queda chiquita». Resulta que, pese a sus dos millones y tantos de habitantes y a sus incontables visitantes de afuera, de adentro y de adentrísimo —¿de dónde si no sería, por ejemplo, un turista de Najasa, Moa o de Júcaro en el calor de La Rampa?— he vivido un auténtico milagro.

Unos 27 años después de despedirnos me encontré en una parada a un amigo de los días de Becas Quintero, en la santiaguera Universidad de Oriente. Se llama Osmany Guerra Chang y comenzó la carrera y se graduó un año antes que yo, pero como mi grupo, el suyo y otro más arriba eran uno y el mismo, todos nos sentíamos como hermanos de una familia numerosa. El pan, la cuerúa, el pru, el dulce para «bajar» un arroz imposible, la sopa sin fideos, las largas temporadas de calamar, la sequía, los temblores de tierra, los temas de periodismo y el afecto fueron compartidos por igual en aquella ciudad rodeada de lomas.

Pues bien, agobiado por uno de esos trámites burocráticos que te recuerdan que estás en Cuba y no en otro sitio de la galaxia, llegué el lunes a aquella parada del reparto Santos Suárez a esperar la ruta 174 y vi allí a un hombre bajito, de estampa familiar, que leía mientras aguardaba la suya. Lo estudié discretamente, asombrado porque hacía apenas dos días había escuchado su nombre en la radio y me había propuesto —al constatar que no estaba fuera de Cuba— localizarlo en La Habana.

«Escaneé» la cara y apliqué la máquina del tiempo al ignoto lector: le quité canas, le alargué un tanto el pelo, le resté algunas libras, puse en su rostro un semblante un tanto adolescente y bonachón… le resté, en fin, 27 años y, en efecto, según del DNI del aprecio, parecía mi amigo Osmany. No obstante, fui cauto y le pregunté si él era él. Era, así que cuando, escuchado mi nombre, él echó a andar su propio proceso arqueológico sobre mi figura, empleó a mi estampa el método del Carbono 14  y verificó mi identidad, la alegría fue mutua.

—Suave con el abrazo, que estoy pasando una sacrolumbalgia tremenda-, le dije. 

En efecto, no soy el que en aquellos tiempos corría varios kilómetros diarios ni el que aprovechaba su delgadez extrema para tandas de ejercicios vedados a otros. Hoy soy lo que se llama un hombre maduro que ha pasado y pensado mucho, a veces demasiado. Por eso mismo, hago una fiesta con silente algarabía cuando la gran ciudad que me cobija deja sus ínfulas metropolitanas, se achica y se pone humildemente a mi tamaño para que encuentre de nuevo a esa gente valiosa que hace, a fuerza de bondad, que este mundo complicado no se escore del todo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Gritos


Se supone que para eso se crea la técnica: todos los videos debían ser símbolos del colorido, pero no… uno francamente negro circula en las redes sociales. Da igual si es auténtico o una broma macabra. Se dice que fue tomado desde una de las infinitas islas griegas y que recoge los últimos segundos del vuelo MS804 de EgyptAir siniestrado ayer; por eso, aunque duela, tengo que verlo. Muestra un punto de luz discontinuo que salta nerviosamente sobre el tapiz de la noche. 

Ya se recuperan los primeros restos humanos y los peritos investigan la causa de la tragedia. Seguramente en poco tiempo también dirán si la imagen que me sacude es falsa o real, pero yo he hallado en ella la prueba primordial: he sentido el pavor de 66 almas, me han mojado sus lágrimas, he observado en sus pupilas a tantos seres queridos en un emergente adiós de la vida, he escuchado estos gritos desesperados que nunca podrán ser acallados, ni siquiera por la negrura voraz del Mediterráneo.   

miércoles, 4 de mayo de 2016

Huellas


Como si me siguiera por la arena fangosa del litoral pesquero en que nací, pisando una tras otra mis múltiples huellas de animal marino, Daniel se me parece en todo, en los gestos y en los actos, en el aspecto y en el corazón, hasta en la propensión al dolor y en esa incomprensible puntería para los trillos difíciles. 

Con pies del tamaño de los míos, mis marcas por la vida le ajustan perfectamente, suerte de zapato al tobillo de un niño modesto que esconde dentro un buen príncipe.

Pichón emplumado ya, un día mi hijo emprendió el vuelo y empezó, en la playa compleja que es la vida, su propia marcha: se inclinó por la Física y desde entonces vimos en la orilla hoy lejana de mi Santa Cruz del Sur —origen y metáfora eterna de mi existencia— que mis talones y los suyos dejaban trazas cercanas pero distintas: rastro de aprendiz de escriba, el que estampo; estela de joven de ciencia, la que imprime.

Daniel ha dedicado todo su preuniversitario, que ya acaba, a prepararse para concursos  que ha ganado y perdido, como todo campeón. Cierta vez me contó, con esa grave seriedad que nos invade, que en esa escuela suya por la que yo antes pasé, más de un amigo le decía Irodov, en alusión a un gran físico ruso que no conozco, autor de libros que jamás vi y que no me desvivo por comprar. Me lo reveló mi hijo y, frente a su cara de reserva, no pude menos que sonreír, orgulloso de ser «papá» de un ruso desconocido.

Hace pocas noches, para que viera que en el mundo también hay una belleza enorme que no cabe en números, no vive en laboratorios ni acepta leyes estrictas, le di a leer relatos de Monterroso seleccionados por mí. Nada de El dinosaurio: yo no quería espantarlo. Él tomó el libro con cierta precaución, como un objeto que requería examen muy detenido. Yo lo observaba como si fuera el científico de la familia: se sonrió con El eclipse y con La oveja negra. Y Mister Taylor le pareció algo raro. ¿Ves qué rareza divina?, le dije, y ahí dejamos el experimento. 

Ahora que apunta a la universidad, mi muchacho consiguió el segundo lugar en la preselección que prepara a jóvenes seleccionados de toda Cuba y lo abracé varias veces, honrado de que me deje parecerme a él, de que perdone mis malacrianzas y de que me haya formado como un buen padre. En unos meses, Daniel pudiera viajar el mundo —haciendo del vuelo con alas más que una metáfora— para representar en un evento importante a este país de tanta playa. Para cuando lo haga, yo solo pido que nunca pierda en la arena las huellas de su padre.