martes, 23 de diciembre de 2014

La manzana en la cabeza



Generosa como es, me regaló una manzana. Conociendo su paladar de cristal, su apetito milimétrico, su afición al misterio gastronómico y al detalle natural, yo debería saber que se ha quitado un tesoro y estar más que agradecido. Pero no, no agradezco ni un poquito.

Horas después, mientras camino y devoro esa maravilla que un ignoto campesino sembró, nunca para mí, yo reboso ingratitud.

De a poquitos, la fruta perece en mi boca y solo pienso en que quiero que ella me obsequie un campo infinito —en el que se pierda la vista y hasta se pierda la vida— donde me invite a legalizar, una por una, toda  manzana prohibida del mundo.

martes, 9 de diciembre de 2014

Colores del invento



A inventar no hay quien nos gane. ¿La efectividad del invento? Bueno, eso es otra cosa. «Vengo de allá de la ciénaga», les confieso parodiando al poeta, y en mi tierra de origen, que quiero tanto y que a veces también me corresponde, descubrieron un día que los CVPs —miembros del Cuerpo de Vigilancia y Protección de empresas y establecimientos diversos— no hacían del todo bien su trabajo.

Resulta que los insomnes guardianes cerraban las puertas y se acostaban a dormir a pierna suela en el sofá más cómodo que encontraban. Y los ladrones, delicados como son los ladrones cubanos, tenían el cuidado de no despertarlos mientras hacían su incomprendida labor.

Bueno, para no aburrirlos, les cuento el final: alguien tuvo la genial idea de crear un equipo de guardia que chequeara al CVP, o sea, una guardia que le hiciera guardia a la guardia. Esta guardia también podía quedarse dormida o algo así, de manera que yo, que ya no estoy cerca, tampoco estoy seguro de que no hayan inventado otro mecanismo para controlar la segunda línea de combate.

Una amiga mía tuvo una experiencia más directa. A la vista de una construcción que se levantaba, ella quiso, en broma, probar a un CVP.

—¿Cómo consigo una de esas tejas? –preguntó en un susurro la mujer.

—Yo quisiera «ayudarte», pero ya no se puede. Aquí resolvíamos hasta que pusieron a los azules y nos trancaron la jugada.

En efecto, mi amiga conversaba con un CVP «carmelita» —por el tono de su uniforme—, sin embargo, como la probidad de ese color se puso en tela de juicio, otro sesudo decidió colocar allí un cuerpo de CVPs «azules» cuya misión esencial era vigilar a los «carmelitas». ¿Quién sabe si a esta altura hayan incorporado otro color?

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿Pequeña?

El tiempo, que parece haberla colocado en medio de sus poderosas prensas, encoge a mi madre. Cada vez que la veo la encuentro más pequeña.

Sin cesar,  mi madre me recuerda a la suya, una abuela que siempre creí de juguete. Casi una Pulgarcita, abuela Cacha tenía, sin embargo, la autoridad del amor: aconsejaba y sumaba; pedía y conquistaba; besaba y simplemente había que rendirse. Abuela, siempre tierna, hablando siempre de un Dios que solo sentí creíble cuando salía de su boca.

Mima no tiene menos jerarquía. Y si su talla pierde centímetros, esas estrellas que solo los buenos llevan dentro y nadie más que los buenos alcanzan a ver en el firmamento de un pecho ajeno sugieren que, con todo y su escasa cultura, sus larguísimos silencios y su absoluto desinterés por las órdenes, mi madre puede mandar a un ejército.

Yo la veo, cada vez menos alta, y me preocupo a medias: por un lado temo que llegue el día en que se agote la longitud de su vida y se lleve con ella todas mis medidas, pero también pienso que, en este mundo tan deficitario, puede que alguien esté traficando a muy buen precio esos centímetros de bondad que, como de todo manantial verdadero, brotan sin pausa de mi madre.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Espejo


Tras una vida ya larga sin mirarlos, hoy tropecé en algún lugar con un espejo. Tropezamos los dos: el otro y yo, y en ambos descubrí idéntico recelo. Él me miraba a hurtadillas; de soslayo espiaba yo sus movimientos. Y en el centro, aquel doble agente que nos vigila a todos sin servir a ninguno, pues no acepta gobierno.

Mientras los dos callábamos, el cristal, mediador vanidoso,  se puso a despotricar a ambos extremos: habló de mis canas, apurada blancura en mi cabeza que amenaza tragarse el ya menguado negro; y de su delgadez de azogue que le hace difícil hallar adecuada talla de espejo. Habló de mis prisas eternas que lastiman su ególatra calma de bello feudo; y del ancestral cansancio de su vida que contradice el extendido discurso del festejo.

Por un instante, el frívolo calló y miró. Miró y pensó. Pensó y halló una coincidencia que nos hacía gemelos:

—Los ojos, los ojos son —dijo con doctísima pose, con calma y sin pudor, sin ningún miedo— dos pares de tazas café, de idéntica amargura. Tal vez ella quisiera si fueran otros ojos, tal vez…

Fue entonces que ambos, sin dejarlo acabar, salimos disparados en sentido contrario, seguramente a buscarnos nuevos ojos para seguir mirando tercamente a la misma mujer.   

lunes, 24 de noviembre de 2014

Táctica y estrategia


Los padres de Asdry van a salir a ver a unos vecinos y usan con ella, sin éxito, el viejo recurso de que, si no se cepilla los dientes, se queda en casa. La chiquilla no cede y, al cabo, ellos se marchan y la niña responde con su arma secreta: se pone a llorar.

Yo quedo a cargo de la situación y, pese a que soy el verdadero rehén  de la historia, trato de negociar. 

Desde el portal se ve a un viejito jardinero haciendo su trabajo con todas sus herramientas. Frente al cuadro lacrimógeno, el hombre, solidario, echa mano a una antigua estratagema:

—¿Cuál es el niño que está llorando por aquí?, para llevármelo en mi saco.

En efecto, tiene un saco blanco en el que recoge la hierba, y tiene también inmensas tijeras de podar, y guantes de lona y un machete con su lima y un rastrillo. Todo un extraterrestre, para un niño. Hago de canciller:

—No, yo no he visto a ningún niño llorando.

—¡Ah, bueno! –responde con un guiño y sigue su faena.

Aprovecho el trance y le aconsejo a Asdry que se cepille porque ese hombre es muy malo con los niños que lloran por gusto y que no se cepillan los dientes. «Dicen —le explico con voz de tío— que les corta el pelo con sus tijeras y después se los lleva en el saco a un lugar donde no hay caramelos».

El truco funciona. Asdry entró diligente y en seguida me entregó su cepillo con pasta dental. La cepillé como nunca en su vida y, en pose triunfal, me puse a inventarle cuentos.

Al rato, el jardinero pasó de nuevo y Asdry, como si lo conociera desde siempre, salió corriendo a su encuentro.

—Hombre del jardín, hombre del jardín, ya me cepillé, pero mira, mi tío no, así que saca la tijera y llévatelo en el saco.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Calle Dolores


Estaba en una parada en la calle Dolores, en Lawton, y una viejita sentada a mi lado, a todas luces adolorida, se paró de momento y me rogó:

—Pásame la calle, que estoy ciega, y llévame hasta la otra esquina.

Claro que la conduje. Todo canas sobre su cuerpo de ébano, parecía un venerable piano de cola, apenas sin música. Fácilmente pasaba los 90. Caminamos despacio, a su paso, y el trayecto fue todo lamentaciones: su vista perdida, su asma constante, su ardor de estómago, su soledad… Tal parecía que ya sabía que no precisaba más para conmoverme.

Sorteando obstáculos llegamos a su esquina y, en lo que yo le describía el tramo que le esperaba, ella pidió otra cosa:

—¿No tienes dos pesos que me des?

Busqué en mis bolsillos. En menudo, no pasaba de peso y tanto.

—No tengo así –le expliqué mientras pensaba cómo cambiar para darle poco más del doble de lo que pedía.

Entonces, un par de vecinas que veían la escena mientras regaban sus plantas me alertaron:

—Tú verás... en un rato vuelve a la parada a hacer lo mismo. No le des nada, que está fingiendo.

En principio, la viejita controló su carácter y se limitó a defender su autenticidad, pero a medida que la denuncia de las mujeres avanzó, una energía insospechada recorrió todo su cuerpo hasta concluir en espetarles:

—¡Chivatas, no se metan en lo que no les importa…!

Aun le puse la mano el hombro y le aconsejé tuviera cuidado en el camino. Volví a mi parada, derrotado. Entre miles, una de mis ingenuidades es que nunca espero trampa de los ancianos. Y no me pesa.

Tal vez ahora mismo la viejita repita en la misma parada su tour mañanero, pero ningún tropiezo hará que mis manos dejen de conducir al que tiene ojos opacos o de buscar los últimos pesos que me queden y regalárselos a alguien para estrecharle al mundo cualquier calle Dolores.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El cuarto ángel


Asdry, mi sobrina de tres años, no conoce fronteras: lo toca todo y, cuando puede, lo rompe. Casi siempre puede. Cada muchas lunas, como especie de un cometa Halley en versión infantil, su mundo es impactado por un regaño. Ese es el caso: hace unas tardes la pequeña estaba sola en el baño. ¿Qué hacía? Se rasuraba el «bigote» con la máquina de papá. Milagrosamente, la mamá la sorprendió con la cuchilla en la mano, la censuró un tantico así y ella, intolerante a la crítica —como si a su edad ya dirigiera  una empresa—  vino a darme las quejas.

—Mi mamá me regañó, tío –dijo frunciendo el ceño con ese gesto digno de un cuarto ángel de Charlie.

—¿Y qué estabas haciendo? –pregunté haciéndome el despistado.

—Nada, yo nada más me afeitaba un poquito.

—¿Y tú crees que está bien lo que hiciste?

—Bueno… la crema sabía a vainilla.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Cuaderno de notas


Era una tarde cualquiera. La parada del P2 estaba llena de gente y aquí y allá se respiraba pesada angustia. La vendedora de cucuruchos de maní, radiante frente a semejante clientela, parecía el único ser feliz en aquel trance.

A mi lado, dos niñas de secundaria básica, en sus faldas amarillas,  sostenían a volumen público este diálogo que me hizo olvidar que la guagua demoraba:

—¡Me embarcaste! Me dijiste que besara a Kevin, que sus besos eran lo mejor de la escuela, y no sentí na' con él.

—Bueno,  yo prefiero descargar con Ernesto, ese sí te lo recomiendo.

—¿Tú sabes?, a mí me da un poco de asco la lengua. Yo criticaba mucho el piquete de mi hermano, que se pasan entre ellos a una chiquita ahí, y ahora estoy haciendo lo mismo.

—La que está escapá es Ana Lía. Imagínate, ella tiene una lista con tres filas: en una pone a los chiquitos con los que descargó, en otra a los que quieren descargar con ella, y en otra más a los que ella quisiera que le descargaran. Y todos los días escribe en la libreta.

—¿Y por qué tu dices que está escapá? ¡A ti no te falta na'! ¡Tú puedes hacer lo mismo que ella!

jueves, 30 de octubre de 2014

Cambios en Cuba


La gente, a veces, se impresiona por cualquier cosa. Hace unas madrugadas necesitaba leer un libro muy especial, tomar notas y hallarle al texto sus tiernas inferencias, y procuré el espacio en la casa donde vivo.

Tomé una silla plástica, la subí a empellones por delgadísima escalera y me aislé en un sitio tranquilo donde el silencio permitía hacer de cada letra idea andante.

Iluminado por una lámpara baja que aliviaba mejor la ligera penumbra de mis ojos, comencé a disfrutar, a beber líneas con el deleite con que seguramente otros, en otra parte, bebían a esa hora exacta las invisibles líneas de una copa.

Afuera salió el sol y trepó techos, de uno en uno. Ni el libro ni yo reparamos en las horas que pasaron por delante, pero al cabo escuché un murmullo que ascendía:

—Estos son los dos cuartos de arriba… -explicaba una mujer a otra hasta que, al acercarse, el susto la sacó de su labor de guía en una potencial compraventa de casa.

—¡¿Qué haces ahí…?! -exclamó dando un brinco, al hallarme, mi cuñada, como si hubiera visto la cosa más extraña de este mundo.

Yo era, lo juro, inocente de cualquier presunto intento de intimidación. Yo apenas leía cómodamente instalado, cual visitante al barbero. Yo solo tenía el libro en mi izquierda y, a mi diestra, apoyaba las hojas  de notas sobre un viejo lavamanos que desde hace mucho vio pasar sus mejores aguas. Yo simplemente descansaba mis quijotescas piernas sobre una taza que, evidentemente, personas no muy creativas de otro tiempo inventaron con fines menos elevados.   

Yo quise todo menos asustar, pero parece que a mi cuñada (¿será porque no ha vuelto la presunta compradora?) no le gustó ni un poquito que inaugurara, a sus espaldas, mi mejor biblioteca en el baño en desuso de la casa.

martes, 28 de octubre de 2014

Selección natural



Charles Darwin no hubiera podido aplicarlo tan eficazmente. Desde su puesto supremo en la cadena alimenticia, el sabio de ahora observa el panorama de todas las especies, ve aquellas infelices, de pobre adaptación —que trastabillan en la jungla de estos días y fallarán, sin dudas fallarán— y sigue de largo, parando su estampida más allá de la marca.

La parte de la muestra con características mejor adaptadas correrá por su vida. Llegarán velozmente y, en férrea competencia, harán valer su condición de machos dominantes: individuos alfa llamados a perpetuar sus rasgos mejorados, por los siglos de los siglos. El chillido tambórico será parte importante de la prueba.

Son esos, los seres vigorosos, los que pueden soñar con fértil descendencia. Su dominio les permite total acercamiento, consentido o no, a las hembras presentes en el reino del sabio. Ellas, a su vez, habrán lidiado con múltiples congéneres para demostrar en combate la mejor condición. Y juntos, darán esos hijos fuertes que desde edad temprana consiguen cazar a la vera del sabio mientras los críos débiles de parejas infautas estarán obligados a andar lejos de la manada.

¡Oh, misterios de la gloria! ¡Oh, injusticia en los libros! ¡Oh, la maledicencia! ¡Oh, los pies en las nubes! Todos hablan de Darwin, pero nadie repara en el ser que a diario nos da mil clases prácticas de la aguda teoría del inglés. ¿Dónde están los científicos que no han visto los valiosos aportes del guagüero?      

lunes, 20 de octubre de 2014

El adivino


A veces miro el parte del tiempo y algún meteorólogo que jamás me ha visto se me planta en frente y se pone a hablar de tardes nubladas, de depresiones, de truenos perdidos y aisladas tormentas eléctricas… entonces, no puedo dejar de preguntarme cómo es que sabe tanto de mí.

lunes, 13 de octubre de 2014

Malvinos


Ella me discute que sea yo Malvino Fortuna, le cambia el sexo al mote y sostiene que, sin duda alguna, Malvina Fortuna es su nombre y no el mío. Me relata, como argumento, un pasaje de su sábado demasiado largo, que la ha cansado hasta un bostezo lleno de aromas.

Su ternura me hace ceder y pasar por alto la identidad del personaje a que aludimos en otro pacto con el teléfono. Aquel desventurado muchacho (delgado, mestizo, escandalosamente irrespetuoso de sí mismo, por más coincidencia) que en una serie de los ‘80  se convirtió en la estampa del infortunio, se sigue pareciendo más a mí, en hechura y hechos.

Porque ella, con ese rostro de arco iris y un alma limpia como caricia, no podrá convencer a nadie de que tiene mala suerte.

Colgamos. Me quedo pensando/la (perdonen la redundancia). ¿De cuántas suertes se hará la Suerte? Llega mi madre a mi cabeza y recuerdo los muchos diálogos sobre la estrella oscura que nos orbita.

—No nos suelta, mima -le comento a cada rato.

Y, si no el nombre, también mi madre me ha disputado la condición. Pero esa noche, mientras cerraba un día en que había hablado con ellas dos, entendí que a veces Malvino Fortuna puede ir a la cama con la cobija de una sonrisa. 

lunes, 6 de octubre de 2014

Orfeo

Evidentemente, todavía, todos le piden autógrafo a Ulises. Todos mantienen la fascinación homérica por el hombre que  armó el caballo del engaño para galopar sobre los muros de Troya y mató y venció y se fue de vuelta de vuelta a casa sobre la marea más larga que se haya conocido.

Todos se inclinan ante el macho que desafió a Poseidón y navegó seguro, en medio de las angustias, porque sabía que una reina esperaba por él trenzando los rarísimos hilos del amor (escasos ya en esa época). 

Todos quisieran tocar su barba marinera y hacerle una interview de cuatro páginas ahí mismo, al pie del muelle de Ítaca,  para preguntarle al hombre qué significó el viaje para él, atleta tan cercano del podio de los dioses.

Reconozcámoslo: ni usted, ni el otro, ni aquella… ni yo, nos apartamos del coro. Alabamos sin fin el clásico ardid del guerrero que para evadir los cantos de sirenas se amarró al mástil y taponó con cera sus oídos.  

—¡Qué maravilla, Uli! –repetimos por siglos, en pose de íntimos.

Entre las infinitas reimpresiones de La Ilíada, nadie parece acordarse de Orfeo, un griego de otra historia, que solo con su lira enamoró a la bella Eurícide y, cuando fue al mismísimo inframundo a rescatarla, adormeció a Cerbero con pura melodía. Gracias a Orfeo los argonautas de Jasón  pasaron ilesos por entre las sirenas, no porque se taparan los oídos o se ataran con cuerdas sino, por el contrario, porque hicieron una fiesta de sensibilidad.

Orfeo venció el arrullo de las sirenas tocando una música más hermosa que la de ellas. Aunque no le persigan paparazzis, Orfeo tiene mucho que enseñarnos. El mero melodrama no parece rendirse, el público se derrite con la hazaña bélica y ama la espada y la sangre y la lágrima de artificio, pero lo esencial casi nunca está ahí. A menudo,  lo que más hace falta es una lira.

jueves, 2 de octubre de 2014

París era otra fiesta


¿A qué negarlo? Es uno de los traumas de mi vida. Hace muchos años soñé que estuve seis días en París. La nitidez de las imágenes era asombrosa —se supone que si sueñas con la Ciudad Luz, tu sueño esté más que iluminado— y la gente parecía auténtica. Estuvimos, porque no anduve solo en mi aventura y otros estarán ahora rumiando ensoñaciones parecidas, en esos lugares que casi todos los terrícolas desean visitar pero que los más pobres de este mundo cabeza abajo apenas pueden tocar en postales estrujadas o fotos digitales pixeladas de tanto replicarse.

En fin que a veces, como si recibiera un golpe en la cabeza, me regresa el sueño francés y me veo de nuevo en el Museo de Orly, trepado en la Torre Eiffel, sumergido en la paz de Notre Dame o interrogando de cerca la sonrisa de una Mona Lisa que, si no ocultara bastante con la anécdota que dio paso a la más célebre sonrisa del arte, sigue negada a revelar del todo —con el mayor respeto a sus derechos de género— su identidad sexual.

El otro día, repentinamente, retornó mi crisis: creía yo que estaba trabajando en La Habana, en una cobertura de mucho ringo rango y, de momento, regresó París. Soñé que un importante científico cubano ofrecía en perfecto francés —en mi sueño yo sentía orgullo de tener compatriotas así— la información requerida por un visitante ilustre.

Todo estaba muy bonito, en colores y hasta en la esquivísima 3D, pero había un problema. Siempre hay un problema: los periodistas que cubríamos el asunto éramos  cubanos y, evidentemente, no estábamos al tanto del idioma de Víctor Hugo. Al principio nos miramos un tanto desconcertados, como preguntando en lenguaje sin señas: «¿no es un chiste?», pero muy pronto dimos al asunto la respuesta mambisa: «hay que meterle el pecho al problema».

Confieso que en mi sueño dudé. Primero cerré la agenda, pero como entendí que no habría concesiones a Cervantes y que mi periódico no perdona la falta de iniciativa, me dispuse a pellizcar, de sílaba a numerito, algunas ideas de una presentación digital también escrita en la culinaria lengua de Doña Galia.

Pasó el tiempo, terminó la charla y me fui al trabajo con una curiosidad: ¿cómo se verían, al otro día, las notas escritas por nosotros, simples hispanorreporteros? Pensé que la resultante de un periódico a otro, de un canal a la radio, sería un cadáver exquisito —cadavre exquis, aclararía en seguida el ponente de esa tarde—, con frases inconexas de este y aquel y secuelas hilarantes, pero también pensé que si metía la pata más de la cuenta, el muerto, como decimos en buen  «cubano», lo pondría yo sin muchas exquisiteces.

Por fortuna, la sangre no llegó al Sena. Cuando vi la nota impresa y esperé un tiempo prudencial eventuales protestas que no se produjeron, me di cuenta de que los periodistas cubanos tenemos, entre muchos otros potenciales que el mundo no atina a ver, enormes aptitudes plurilingües. ¡Ni qué decir para el francés...! También me di cuenta, como en el otoño de 1995, de que el de ahora no había sido un sueño. Había vivido otra estampa francesa, aunque esta vez, más allá de la gracia de la anécdota, París fuera una fiesta peligrosa.

martes, 23 de septiembre de 2014

Las dos flores


Caminaban. En algún sitio con hierba silvestre y encantada, ella la vio:

—Quiero esa flor, tan sola y amarilla –pidió.

Tuvo en la mano la flor que siempre tiene dentro. Alumbró su cabeza, que ya llevaba toda la luz que pueda concebirse, y siguieron andando.

Horas después, él pensaba en las dos y sonreía a solas, seguro de que ella jamás conocería lo que la flor —que estaba allí emboscada, esperando aquel paso de huella cristalina— suplicó al viento que siseaba, a cambio de su polen:

—Quiero ser bella. Quiero que pongas encima de este pétalo a esa muchacha que con su rostro opaca mi hermosura. 

jueves, 31 de julio de 2014

Irse


Juro que nunca pensé irme, pero lo hice. Nunca pensé correr la ignota suerte del emigrado, y aquí estoy. Dejé casi todo atrás; atrás me dejé a mí mismo para venir. No sé qué estará delante. Como tanto recién llegado, he trabajado un mes “por la izquierda”, buscando unos quilos para no vivir en lo que “llegaban” los papeles.

Llegaron ayer. Desde ayer tengo un carné de identidad con dirección de La Habana. Claro que me dolió dejar el otro, condenar al destrozo el viejo carné que por tantos años soportó mis cuitas camagüeyanas. Era tan noble el viejo que falleció sin una multa pintoresca, sin extravío de fiesta, sin un ahogo en lavadora, sin un despegue siquiera. Yo creo que, en el fondo, mi carné era mejor tipo que yo, pero aun así era él quien debía inmolarse: exigencias de la norma burocrática. En otro país me hubieran cambiado a mí y dejado intacto el documento; aquí es distinto, por suerte, todavía.

"¿Va a donar órganos?", preguntó una mujer y dije que sí, aunque sé que, ni en vida ni en muerte, ninguna de mis piezas le serviría a alguien para algo. En todo caso, en lugar de contribuir a un programa de donación, mis órganos pueden ayudar a elevar la productividad de un programa de eutanasia.

En resumen, dos horas bastaron para el cambio. Debo decir, en defensa de lo pocas veces defendible, que me asombró la eficiencia del mecanismo. Tanto me asombró que al final casi le pido a la empleada que añadiera a mi nombre este alias: “el hombre del gato”, pues llegué allí con la esperanza maldita de que no se pudiera hacer o demorara un tiempo imposible de esperar.

Yo creía que obtener la residencia oficial requería pasar un curso para entender y hablar el idioma habanero —hay quien consigue una cosa, hay quien la otra; hay quien no logra ninguna de las dos—, o aprobar un riguroso examen de Historia que pregunta, por ejemplo, cómo fue que Industriales salvó la Guerra de los Diez Años. Pero no, pasé ileso el trámite y al final del proceso una morena de enormes uñas azules me dio el nuevo documento.

Lo miré extasiado: ¡ahora puedo viajar! En efecto, con el nuevo carné de identidad puedo volar a Camagüey, aunque pasaría por la tentación de tantos que se quedan al primer viaje. ¿Ustedes se imaginan viajar a Camagüey y regresar?      

Camagüey tiene mi mayor raíz (mi madre) y mi mejor rama (mi hijo); Camagüey guarda muchos de mis afectos. En La Habana he hallado de todo, desde amigos todo abrazo hasta gente cegada por el odio. Por compleja que sea la balanza, traté de venir para quedarme. De todos modos, no quisiera por ahora viajar a Camagüey: yo no sé si sean tan fuertes mis “principios” como para no quedarme allá.

martes, 3 de junio de 2014

Chávez al rey


El cuento es más largo. Había una vez en Santiago de Chile, por allá por noviembre del 2007, una Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y en uno de los debates el rey Juan Carlos I de Borbón le espetó a Hugo Chávez la famosa frase:

̶¿Por qué no te callas?

Llovieron en el mundo las bromas, parodias, mensajes, programas... que tapaban boca y dejaban mal parado al hijo de Sabaneta. A poco, el presidente venezolano declaró no haber escuchado el insulto, pero yo (que confío cuerdamente en su palabra) creo que esa vez mintió.

Yo prefiero imaginar que, mirando desde el Cielo a tanto joven español sin trabajo ni esperanza, el polemista llanero, que llevaba más de seis años pensando una respuesta, le susurró a la ajena Majestad:

̶¿Por qué no abdicas?

viernes, 23 de mayo de 2014

Retando a la po... esía


Paso por la bodega el miércoles en la tarde. Mayo envejece, la mayoría de los vecinos sacó sus “mandados” a inicios de mes, así que yo, que prefiero dejarle la cola a los más impacientes, llego, cuando ha bajado la marea, a comprar lo que me toca a bajísimo precio. Por mi derecha, un hombre se va satisfecho con el que parece ser el producto estrella del inmueble: ron liberado; a mi izquierda, una anciana cuenta y recuenta sus pesitos para pedir finalmente varias cajas del otro fulano que aspira a pelear por el trono de ventas: cigarro liberto.

Cada uno está en lo suyo cuando saco la tarjeta de abastecimiento. ¡Ah, la tarjeta, ese marcador genético de todos los cubanos! Hay quien se mata sacando pasaporte… ¿para qué quiero otro si ya tengo la tarjeta? Estés donde estés, si llevas encima una tarjeta no hay aduanero del mundo que te confunda.

La dependienta comienza a hacer cruces en la frágil anatomía de la tarjeta y a mecer alimentos en la pesa, cosa difícil con los frijoles porque, los pobres, no atinan a bajar el plato de la balanza y casi tengo que pedirles que trotaran sobre el aluminio para que pudieran zarandearlo. En eso llega el carnicero de al lado.

El hombre la llama y comienzan a cuchichear. Se apartan y sostienen un suave abejeo. Hay ceños fruncidos, manos en la boca, como en grandes ligas, e inflexiones suaves pero moviditas. Me pongo a elucubrar: ¿De qué hablarán tan misteriosamente esos dos? Como a veces sufro inesperadas isquemias de lucidez, no tardé mucho en colegir el tema de los arrullos.

Mirándolos, estaba seguro que él le susurraba al oído:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

Por la cara que ponía ella, a no dudar le estaría ripostando:

Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca demorada, y casi sin por qué, casi por nada, te toco con la punta de mi seno.

Después del diálogo en clave, la mujer continuó despachándome. Le pagué, le di las gracias, tomé la ligera jaba con mis víveres del mes y me fui a casa, sonriendo: ¡vea esta gente, que se cree que uno es bobo!

En ambiente tan bucólico como aquel, entre frijoles y arroz, azúcar y fósforos, aceite y café, ¿de qué otra cosa iban a murmurar tan sigilosamente que no fuera de poesía?

viernes, 16 de mayo de 2014

Figo


Figo es uno de los mejores amigos que he podido tener. Con su principal “dueño” en África y el otro en Sudamérica, este can y yo nos hemos estrechado las patas en un pacto de afectos que crece por día. Cuando me acerco al barrio en que vivimos una cola en zigzag me anuncia que en este mundo se me quiere todavía.


Sin que él sea “mi” perro —¡vana manía humana de poseerlo todo!— soy yo quien lo baña cuando “le toca” y él, tranquilo, se deja asear con tal de no parecerse a ciertas personas que ladran por ahí. La cosa, sin embargo, no es tan sencilla. El día del mes en que voy a confrontarlo con el agua y llamo: “¡Figo...!”, de alguna manera él adivina mis propósitos, se hace el desentendido y agacha aún más su salchíchico cuerpo, pegado al suelo, para refugiarse bajo una cama.


Nosotros hablamos mucho. Además de las mismas percepciones sobre el amor y el egoísmo, sobre el dinero y la virtud y otras antinomias que muerden la sociedad y hasta contagian la rabia, los dos tenemos otras cosas en común. La columna, por ejemplo. Los veterinarios —que debían tratarme a mí, de vez en cuando— dicen que su columna alargada es vulnerable a las lesiones y las hernias de discos. ¡Ni que estuvieran hablando de mí...!


Además de la salud, Figo y yo hablamos de otras cosas perronales. Hace poco se me quejó de sus dueños. Resulta que, en equivalencia humana, Figo, que tiene 11 años, ha vivido unos 64 abriles, lo que sugiere que ya se adentra en la vejez. La cuenta, es bueno aclararlo, no es esa socorrida multiplicación “por siete” que casi todos creen. Y a sus 64, cuando debía dejársele en paz leyendo en el periódico las crónicas de su amigo, a este perro le han hecho pasar por trances inimaginables.


Primero le trajeron a casa por un día y pico, para “hacer aquello” que ustedes imaginan, una perrita, dizque salchicha y señorita ella, en su celo inaugural. Y Figo, sin saber del asunto —porque nunca había encontrado una buena muchacha de buena familia y talla acorde con sus intereses—, sin haber recibido educación sexual ni tener a la mano un colega de tragos con el que evacuar las dudas, no quiso, no supo o no pudo pasar del intento. ¡Debe ser triste no poder hacer su papel de perro! ¡Después —me confesó compungido— vinieron mil ladradurías por ahí!


Aquello lo deprimió, según me dijo desconsolado, pero aun sin recuperarse del golpe, resulta que Kathelyn trajo a casa un cachorro loco, chau chau nada menos, que le hace la vida imposible a nuestro anciano.


Cristiano (Ronaldo), que así se llama el nuevo inquilino, no respeta la solemnidad de mi amigo ni sus años de antigüedad laboral y roba impunemente su comida, le muerde la cola, le ataca el hocico y rompe su siesta como si tal cosa. En fin, que a pesar de sus nombres, no creo que Figo le pase la bola al nuevo delantero.


Aunque sus bautismos tengan idéntica inspiración futbolística y similar origen portugués, yo no veo para nada un espíritu de equipo entre esos dos. De hecho, si fueran a Brasil en este junio seguramente uno de ellos le anotaría autogol al otro con tal de fastidiarle el juego.


En cambio Figo y yo sí tiramos la brazuca a la misma portería. Se lo he dicho: si un día me fuera del barrio, él sabe que, así viejo como está, es libre de olfatear mi ruta e ir a mi casa a tomar una ducha, a filosofar un poco, a repasar los manuales para un eventual segundo intento con aquella muchachita color café o a tomar una clase de can-fu para enfrentar en un duelo a ese loco adversario que crece por minuto con ínfulas de balón de oro. Yo siempre se lo he dicho en tono de compadres, con mi pata derecha sobre su hombro:


—Dime sin pena, Figo, que para eso están los amigos.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Célula Madre


Un día de estos vamos a revelar los expedientes M de la ciencia. Habrá que empezar por admitir que toda mujer vuelve a crear el mundo en cada parto. Habrá que decir que cada bebé acunado por ella es el comienzo de la Humanidad y con su risa y su llanto las leyes físicas se ponen de cabeza.


Mirándola, hay que preguntarse cómo se las arregla para guardar la llave del planeta en el bolsillo de su bata de casa y andar así, como si nada... ¿Qué rara energía no descubierta aún, de musa por amor al cuadrado, la hará optimista incluso cuando el cielo parece derrumbarse?


Es que la evolución solo pudo arrancar después de aquel primer abrazo maternal. Es que ninguna cordillera alcanza su estatura y ninguna bajeza merece recordarla. Es que el calor y el frío se deciden en las estaciones precisas de sus manos. Es que el Hombre solo aprendió a volar cuando una de ellas, silenciosa, había marchado al cielo poco antes, desolándolo.


Un día vamos a aclarar las cosas. Podremos resolver del todo la polémica: el Hombre fue a la luna, ya no hay dudas, pero cuando el primer astronauta puso un pie en suelo selenita seguramente vio en la luna misma inconfundibles, miles, finas marcas de tacones.


Cuando toda la ciencia buscaba en gruesos microscopios, el real ADN de esta especie se mapeó siguiendo pasos suyos, desvelada, de la cuna al balance de cargarnos. Por ahí va el mundo. No hay más laboratorio que su amor ni mejor Consejo de Seguridad que la más breve oración de su paciencia.


Un día, cualquiera de ellas cambiará para bien los currículos científicos y cuestionará más de un Nobel con la yema amorosa de sus dedos. Un domingo de estos, especiales, esa “vieja” que aviva nuestras vidas revelará en doméstico susurro que el severo Big Bang que inició el universo no fue más que inmediata reacción, corajuda y poética, de la madre común que creyó en peligro a su criatura.

miércoles, 30 de abril de 2014

Dos duelos

Hay tardes como esta en que llego a casa derrotado y me voy a un rincón del rincón donde vivo a rumiar las preguntas que nadie nunca podría responderme.  

Sí, hoy supe de la muerte de una amiga y pensé otra vez en la seria tontería de este mundo —perdónenme, terrícolas felices— que no alcanzo a entender por mucho que no intento.


Se llamaba Zoila, y no era la nuestra una amistad de álbumes escolares ni fiestas ni salidas. Fue una amiga sencilla, de esas que uno ve poco y fugazmente pero que siempre supo sonreír y ser afable y ganarse, a silencio, limpio aprecio. Una amiga que pudo ser mi hija o pudo dejarme ser su padre y en cambio optó por poner en la mesa eventual el gen de los aprecios.


No entiendo nada. No hay derecho a llevarse de la vida a alguien que apenas tenga 25. No entiendo que ella tan tranquila, tan sana, tan amable, no le cantara a la Muerte las cuarenta y dijera que no, que no le daba la gana de marcharse. Pero esta muchacha que en las tardes solía encontrarme en una acera —en el intento común de conseguir transporte— fue montada a la fuerza en el silente bus que guía Doña Parca y nos dejó plantados al borde de la calle, apenas rezagados, diciendo adiós un poco atónitos y un tanto en desconcierto.


No acepto nada. No hay justicia, ni gloria, ni hay sentido en quitarle la vida a quien la ampliaba: fue cosa de parto, y de dolor donde se espera la alegría, de dividir la multiplicación y de teñir de oscuro las flores que aguardaban.


Aquí en mi casa, cantando en voz troyana la derrota que siento cada vez que veo caer a alguna gente plena, yo dudo de mí y desconfío de muchos. En momentos tales descreo de la ciencia y del Hombre, un pobre egocentrista. En instantes así le susurro a Dios —tan buena gente, dicen— que aún no me convence.  


En zozobras semejantes le recuerdo a la autora de estos pasajes que un día vengaré a los buenos por ella secuestrados: una tarde de azules rabias, como esta, dejaré a un lado mi mesura y mi paz y sostendré a nombre de todos un duelo a muerte con la Muerte.

lunes, 21 de abril de 2014

Historias amarillas

Llamo por teléfono a un gran amigo y, al responderme, me saluda apurado, casi bruscamente:
 

—Tengo que salir a buscar a mi abuelo…
 

—¿Se te ha perdido un abuelo…? –bromeo para ayudar.
 

—El único que me queda. Tiene 94 años y a cada rato se escapa a buscar mujeres. Nadie sabe por dónde anda.
 

—Uhmmm… es fuerte el hombre –agrego irónico.
 

—¿Fuerte…? Ven que anda solo, lo engatusan  y le quitan el dinero.
 

Prudente, hablo poco para que mi viejo camarada de estudios haga a tiempo su rescate. Lo animo y corto. Entonces no puedo menos que sonreír al imaginar a aquel viejito pícaro buscando muchachas entre los flamboyanes de un pueblo vaporoso de polvo eterno y repentinos aguaceros. Después hay crédulos que aceptan ese cuento de que García Márquez murió.

lunes, 7 de abril de 2014

Matemática discreta


Cuando uno cree firmemente que no lo ha visto todo, le ponen la certeza por la televisión. Así, como de pasada, en la simple referencia de presentación de un entrevistado, me enteré a estas alturas de que hay algo que se llama Matemática discreta. Ella no tenía que haber sido tan discreta para que yo la ignorara, pero ahora que se me insinuó corrí a buscar explicaciones de esta nueva máquina de tortura universal.

Científicos del mundo, perdonen a este hereje que no cree en la divinidad de los números y mucho menos en que ellos sean el centro del universo. Para mí, La Palabra es eso: cosa de letras. ¿Habrá algo más sagrado? En lo que a mi fe respecta, hasta las células están compuestas de letras.

Yo tengo mis traumas matemáticos, y no los oculto. Cuando me bequé con 11 años en una de las mejores escuelas de Cuba —así era entonces— y uno de mis primeros lances académicos fue desaprobar en toda la línea la pregunta escrita inaugural de Matemática, entendí claramente que aquel duelo desigual apenas comenzaba.

No ponché más, porque los milagros existen, pero siempre tuve claro que la que yo di era una Matemática absolutamente escandalosa, malediciente, en fin, totalmente indiscreta. Discretas, lo que se dicen discretas, eran mis notas.

Ahora leo que esta ciencia analiza, entre otros grandes problemas, el de los puentes de Koningsberg. Dicen que, en oposición a la matemática continua, que estudia conceptos como la continuidad, la discreta se ocupa de procesos contables.

Está bien, me convencieron, pero con todo respeto les cuento mi esperanza: aprovechando eso de la “oposición”, me gustaría fomentar alguna indiscreción de pizarra conyugal para hacer que las dos se enfrenten, dinamiten los puentes del señor mencionado, los exploten y caigan a un abismo insondable —como un día parecieron caer Sherlock y el profesor Moriarty con todo su genio al agua— para ver si de un cálculo salimos de ambas matemáticas.

martes, 1 de abril de 2014

Historias en azul claro



                                                          1
Luis Daniel hace un espacio en su apretada agenda de niño de nueve años y concede la primera entrevista de su vida. “¿Quieres sandwich de galleta?”, pregunta como si él fuera el periodista: “¿Qué es esto?”, interroga tocando el aparatico de una reportera, y cuando le responden, grabadora, él acota: “¡Vaya!”

¿Qué tú amas? -siguen los grandes, curioseando, y el pequeño confiesa que ama cosas: “Una pistola y un robot. Me gusta todo: los pajaritos y los globos. Me gusta ver a Bob Esponja”. ¿Y los maestros? “Un poquito...”

A Luis Daniel parece agotársele su tiempo; se interesa por cómo funciona la grabadora, deja la charla a medias y se va, sin reparar en protocolos, a juntarse o separarse a su antojo en un grupo de niños especiales que esa tarde nubosa convocaban a los mayores a amar, amar y ya, como absoluta prioridad del mundo.

                                                   2  

Con Alexis fue silente el encuentro, y más rápido, demasiado quizás. Minutos antes lo habían montado en su caballo, después estuvo un largo rato a solas frente a un juguete, antes de ponerse a correr. En un momento de su carrera el niño de apenas siete años dio conmigo: ¿aquello fue un abrazo o un simple tropezón? Después siguió su andar un poco accidentado bajo los cuidadores ojos de abuela y de mamá.

                                                  1.2

Se llama Ángela Quesada Illa y es la mamá de Luis Daniel. Desde sus dos años y medio el pequeño fue diagnosticado. “¿Quién sabe -me pregunta- si el mundo correcto sea ese en que él vive y que yo solamente puedo imaginar? Luis Daniel recuperó el lenguaje y me dice cosas. Me abraza y me da un beso; a veces no, pero él es todo para mí”, revela con ojos cristalinos.

¿Por qué lo siente único?

—Fue un niño deseado. Nunca imaginamos el diagnóstico, pero desde entonces me hizo cambiar, para más locura y más amor, me hizo más humana y más sociable; soy mejor persona gracias a él. ¿Cuándo él crezca? Siempre aparecen personas incondicionales; yo quiero que mi hijo sea querido y, para eso, cariño le sobra.

                                                     2.2

Annia Rodríguez Molina es doctora que sufre con amor de madre. Desde hace tres años sabe con precisión científica qué le pasa a su Alexis. “Su trastorno se manifiesta con bajo coeficiente intelectual. Es muy inquieto; ahora ha comenzado a decir algunas palabras, pues después del año y tanto sufrió una regresión en su lenguaje”, revela sin quitar la vista a su pequeño.

Alta, firme, la doctora no puede ocultar su cara dolorosa. “No es fácil ver a un niño así, con un futuro incierto porque depende tanto del estímulo exterior. Es un reto para la familia entera; yo tengo que dar gracias por la que tengo: mi esposo, mi madre, mi hija grande de 18 años”.

¿Cómo Alexis le dice que la ama?

—Saber que me quiere a veces es difícil -contesta la mamá con ojos medio hermanos de los ojos de Ángela- pero sigo buscando y buscando, nadando para ver. Cuando menos lo espero viene y me da un beso, o le paso la mano y se va el llanto, o me siento con él y consigo que coma. Yo me respondo así, multiplicando el amor por cuatro y por cinco. 

                                                   3.todos

La logopeda Mirna Méndez González Pardo trabaja en el centro de equinoterapia Jardín de sueños. La joven especialista explica que allí funciona, desde hace tres años, una consulta infantil de autismo, atendida por un grupo multidisciplinario. Los terceros miércoles de cada mes son atendidos casos remitidos por las áreas de salud y los centros de diagnóstico y orientación o traídos por familias que a su modo dudan o sospechan.

Los estudios, las pautas, las técnicas y pruebas son amorosos y gratuitos, como el diagnóstico final y el seguimiento.

¿Cuáles son los alertas de autismo en un pequeño?

—Los bombillitos rojos son, entre otros, que el niño no hable y no se comunique entre los dos y tres años, que no mire a los ojos, que se aferre a un juguete, se aísle y tenga fobias específicas, conductas repetitivas y movimientos incontrolados.

En Jardín de sueños médicos, especialistas, técnicos y hasta vaqueros de ciudad atienden a cada niño diferenciadamente. “El caballo es un mediador importante -agrega Mirna- en nuestro trabajo de socialización, lenguaje y afectividad de los pequeños. Tenemos casos que guían, peinan y hasta alimentan a su caballo. Pronto vamos a incorporar al tratamiento una piscina”.

¿Qué tiene la salud cubana para encarar un trastorno tan impreciso y complejo como el autismo?

—Cuba tiene una gran organización desde el nivel primario, pero cuenta principalmente con sus profesionales, que aman a los niños por sobre todas las cosas.

Los niños de esa tarde, incluso si no hablaban, le daban la razón a la logopeda. Este 2 de abril es el Día mundial de la concienciación sobre el autismo. Edificios célebres del mundo se tiñen de azul remedando el color que se asocia a este trastorno —de la paz del lago al cielo borrascoso—, sin embargo todavía queda mucha gente incolora ante el asunto.

Yo quiero pensar que en mi modesto Camagüey, sin Taj Majal, sin torre Eiffel, sin inclinada Pisa ni casa de la ópera de Sidney que "pintar", todos nos pusimos el pecho un poco celeste mientras Ángela cuidaba la felicidad con la pistola idolatrada de Luis Daniel y la doctora Annia seguía nadando y nadando, buscando en otro mundo señales del amor de su muchacho.

lunes, 31 de marzo de 2014

La decepción de la empresa


He llegado a pensar que, como el diseño de arabesco de nuestras calles coloniales (según la leyenda), la recepción está ahí para perdernos, para que nunca lleguemos al objetivo o, en el peor de los casos, para propiciar que seamos emboscados.

Si un día me ofrecieran un papelito en una producción hollywoodense, me conformaría con ser filmado en un buen set hospitalario (¿qué tal crear un Doctor Jau?) en el cual vestir elegante camisa de fuerza y gruñir hasta los créditos finales este profundo parlamento:

I hate reception desk!, i hate reception desk...!

Mis expresiones facial y corporal serían tales que muy probablemente me dieran la estatuilla. O el ingreso médico real.

No es para menos. Son muchos años sentado en vano en la esperanza de una apreciable mejoría en el asunto. Les cuento: ayer traté de ver a alguien de una empresa respetable y a la recepcionista, muy ocupada ella en una charlilla personal, casi se le parten las mejillas por la contracción con que encaró —nunca el verbo me resultó más ajustado— las “Buenas tardes” que malgasté en su nombre y que ella no admitiría responder por nada del mundo.

—¡Dígame...! -ordenó a secas la mujer, mas yo enmudecí, y no precisamente emocionado.

Hace poco, en otra instalación muy bien considerada, esperé por otra persona en una recepción dominada por el cigarrético humo de dos trabajadoras. Una de ellas, en una compleja operación laboral, limpiaba el piso con la misma vehemencia con que ensuciaba el aire. Y siendo justo, he de reconocer que era igual de efectiva en ambas cosas.

Anécdotas van y anécdotas vienen. Yo no sé cuántas, pero son muchas. Recepciones que desconocen las letras de la cortesía, donde muchos gritan, donde tantos saltan. Usted entra al local y se encuentra a un fulano sentado en un buró, o si pretende hacer una pregunta tiene que esperar a escuchar la versión contada del último capítulo de la telenovela que, ingenuamente, pensaba haber evadido.

Hay de lodo en varias recepciones: los anfitriones bloquean la puerta con su tertulia y el visitante pasa apuros para entrar. Una vez dentro, al arriesgado le puede resultar difícil alcanzar plaza en una de las butacas de espera porque suelen estar ocupadas por aquellos que, se supone, están en horario laboral.

He ahí un detalle interesante: no es extraño que la parte ociosa del colectivo salga al recibidor, a exhibir su falta y lastrar con su ocio la imagen de la plantilla. Ya instalados, hablan con todo desenfado, delante de quien sea, el tema más soez o truculento. ¿La recepcionista? ¡Pues claro, ella está a cargo en su puesto, moderando la charla!

Por la sustancia de sus palabras, dignas de engrosar la tabla periódica del amigo Mendeleiev, una recepcionista con teléfono puede resultar un arma química (ojalá las potencias bélicas del mundo, tan empeñadas ahora mismo en medir fuerzas, no tomen nota de este post). A mí me han dicho “mi amor”, “papi”, “mi niño”, o por el contrario me han dado un auricularazo tremendo. Y del tuteo, ¿qué decir? Es Ley creída aunque naciera sin referendo.

A veces, por error, uno amanece inteligente y se da cuenta de que en más de un sitio la recepcionista es la verdadera jefa del jefe, a juzgar por la manera en que manda y “poncha” los contactos como mismo poncha una línea de la pizarra telefónica.

He llegado a entender que mi analogía de la mala recepción con las calles puede ser, como probablemente sea la interpretación popular de la trama urbana de Camagüey, fantasía pura. Si a los corsarios Henry Morgan y Jacques de Sores se les ocurriría regresar en el tiempo y atacar las recepciones de Camagüey, seguramente los asolados serían ellos.

Quién sabe si estos locales no pretendan perdernos, quién sabe si es lo contrario y en realidad la recepción ineficiente está ahí para ubicarnos, para decirnos claramente adónde hemos llegado y retratarnos con pincel fino la indolencia que nos aguarda pasillo adentro.

viernes, 28 de marzo de 2014

...en los tiempos del cólera


En el sueño conversaba en Santa Cruz del Sur con una amiga que casi nunca veo y que jamás ha estado en Santa Cruz. Como telón de fondo del diálogo estaba el playazo implacable que en mis días de infancia castigó con marca de fuego mi insolencia de caminante descalzo. Tras la reverberancia habitual del mediodía se insinuaba la sombra de una gran fábrica que aun no me he enterado qué fabrica (ya me lo susurrará otra almohada, alguna vez). Y más allá, para no variar, el mar.

Llegamos a aquella fábrica con onírica rapidez. Hierros grises, inmensos tanques, ruidos olorosos, vapores, gente que solo yo sueño... Todos estaban ocupados, así que era lógico que no se tomaran la menor molestia en reparar en nosotros; sin embargo, entre la masa absorta, una viejita, parada en un pasillo metálico, nos miraba con toda la atención que quedaba en sus ojos.

Mi amiga le correspondió, al punto que en el aire se sentía una corriente de pupilas pesadas que solo cedió un poco cuando, al cabo, llegaron sus lágrimas.

Es que esa viejita -me explicó entonces- fue el amor imposible de abuelo Francisco. Toda la vida.

sábado, 22 de marzo de 2014

Arsenal

La mañana era fresca. Todavía el rocío le ganaba su pulso diario al sol cuando, tras pequeño corre corre, la tropa quedaba formada, impecablemente alineada, a las 07:50, la precisa hora de siempre. Al frente, en una tribuna, se pronunciaban voces de mando que sugerían cercano zafarrancho.
 

Alguien les resumió operaciones vencidas y —sin mapas en la mano para evitar que se filtrara información— les habló de tácticas y estrategias a seguir. Para inflamar los espíritus, cantaron el Himno en lo que trepaba el asta, despaciosa, una bandera de cinco franjas bicolores que alumbraba su triángulo rojo con blanquísima estrella.
 

Estaban concentrados en la maniobra: indistintamente, daban paso al frente y recitaban, dramatizaban, cantaban… alguno más osado se atrevió a bailar. De vez en cuando asomaba en un rostro una risita, pero no parecía indisciplina que echara por tierra la misión.
 

Mirándolos como un espía, a la vera de sus líneas, pude descubrir el poderoso armamento de estos efectivos: refrescos, bocaditos, mermeladas, galletas, dulces caseros que junto con sus cuadernos, sacapuntas, cartabones, lápices y colores, llevaba cada niño en la jaba amorosamente preparada por mamá, esa jaba que ningún ejército del mundo podría arrebatarle de sus piernecitas. 

martes, 18 de marzo de 2014

Juan Preciado


Con no pocos malabares logro subir y sentarme en el alto sillón del limpiabotas. Es un viejo de carnes secas y rostro imperturbable, que nunca habla. Más de una vez tuve la impresión de que visitarlo era como hacer un viaje a Comala y que un muerto (¿de la tumba de al lado?) le hallaba el último brillo a mis zapatos en lo que recitaba escuetos murmullos pueblerinos sobre las correrías de Don Pedro Páramo.

Esta vez es distinto. Por alguna razón, el hombre se decide a conversar.

—Están terribles los zapatos -saluda irrespetuoso.

—Están... -le admito antes de explicarle que me los regalaron pero nunca me dijeron qué piel difícil es esa que no retiene el color ni acata las órdenes del cepillo.

“Juan Preciado” cambia el tema:

—¿Usted se imagina que por esta latica de betún me cobran 18 pesos? Es chino. Yo no creo que los chinos sean tan careros.

Tampoco yo, le comento, y él me cuenta que nació lejos, en una finca plantada entre Cienfuegos y Palmira (¿quién sabe si se llamara La media luna?), y que los chinos que vio en su infancia eran muy trabajadores:

—En un peladero hicieron un pozo... ¡y después a cosechar! Por eso los chinos avanzan, porque son trabajadores.

—Son inteligentes -le acoto.

—¡Que si lo son...! Pero a nosotros nos falta mucho. ¡Es complica'o; hay que pensar demasiado! A veces me acuesto y me desvelo largo, pensando. Menos mal que me doy cuenta y ahí mismo paro el reloj de pensar, porque si no, me fundo. Uno se entera de mucha gente con infartos de to's tipos. La pelona no entiende.

—No entiende -concuerdo bajando, con cuidado de espeleólogo, de su trono de rústica madera.

Yo, que a veces tengo problemas para apagar mi propia máquina de pensar, añado otra anécdota a mi cavilación rulfiana. Vuelvo al trabajo con la mente en China y en Comala. Llego, me siento y miro el resultado: estampado en los zapatos tengo el brillo de un hombre solitario de dedos manchados que antes de regresar a su silencio habitual tuvo el valor de desearme un buen día, aunque a él no se le veía muy convencido de tenerlo.