miércoles, 7 de mayo de 2014

Célula Madre


Un día de estos vamos a revelar los expedientes M de la ciencia. Habrá que empezar por admitir que toda mujer vuelve a crear el mundo en cada parto. Habrá que decir que cada bebé acunado por ella es el comienzo de la Humanidad y con su risa y su llanto las leyes físicas se ponen de cabeza.


Mirándola, hay que preguntarse cómo se las arregla para guardar la llave del planeta en el bolsillo de su bata de casa y andar así, como si nada... ¿Qué rara energía no descubierta aún, de musa por amor al cuadrado, la hará optimista incluso cuando el cielo parece derrumbarse?


Es que la evolución solo pudo arrancar después de aquel primer abrazo maternal. Es que ninguna cordillera alcanza su estatura y ninguna bajeza merece recordarla. Es que el calor y el frío se deciden en las estaciones precisas de sus manos. Es que el Hombre solo aprendió a volar cuando una de ellas, silenciosa, había marchado al cielo poco antes, desolándolo.


Un día vamos a aclarar las cosas. Podremos resolver del todo la polémica: el Hombre fue a la luna, ya no hay dudas, pero cuando el primer astronauta puso un pie en suelo selenita seguramente vio en la luna misma inconfundibles, miles, finas marcas de tacones.


Cuando toda la ciencia buscaba en gruesos microscopios, el real ADN de esta especie se mapeó siguiendo pasos suyos, desvelada, de la cuna al balance de cargarnos. Por ahí va el mundo. No hay más laboratorio que su amor ni mejor Consejo de Seguridad que la más breve oración de su paciencia.


Un día, cualquiera de ellas cambiará para bien los currículos científicos y cuestionará más de un Nobel con la yema amorosa de sus dedos. Un domingo de estos, especiales, esa “vieja” que aviva nuestras vidas revelará en doméstico susurro que el severo Big Bang que inició el universo no fue más que inmediata reacción, corajuda y poética, de la madre común que creyó en peligro a su criatura.

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