jueves, 3 de marzo de 2011

Yo, Hannibal Lecter

Si llenara mi vaso con un jugo sacado en ayunas a la primera sonrisa de lunes de esa mujer…
 
Si sirviera en mi plato la ensalada de azúcar de sus pechos milimétricamente rebanados con el filo de fuego de vistazos oblicuos…
 
Si lograra que sus ojos me miraran, ciegamente propicios, oculares turistas —alojados con todos mis gustos pagados— en la copa ubicada como Norte magnético al centro de mi mesa…
 
Si pudiera catar con calma y con colmos esos muslos crujientes, al seguro trincados con tridente de dedos…
 
Si consiguiera que su voz hecha música concluyera mi cena con un:
 
—¿(Me) quieres más…?
 
Entonces, lo juro, yo diría que en este jodido mundo la comida ha mejorado. ¡Sustancialmente!

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